Imperios de arena

Capítulo 1: El choque de 2 mundos.

La Gran Manzana vibraba con esa energía eléctrica e inconfundible que solo Manhattan posee un jueves por la noche. Las luces de los rascacielos iluminaban el cielo como un enjambre de estrellas doradas, y para Alexis Crawford, ese ambiente era su hábitat natural.

A sus veinte años, Alexis no caminaba por las calles; desfilaba con una seguridad aplastante que hacía girar cabezas a su paso. Era la única heredera del imperio inmobiliario y financiero Crawford, pero jamás había permitido que el apellido de sus padres fuera de su única etiqueta. Con una melena rubia que caía en ondas doradas sobre su espalda y unos ojos azules deslumbrantes como el hielo bajo el sol, Alexis ya había posado para firmas de moda de alto nivel. Sin embargo, su verdadera pasión no estaba frente a las cámaras, sino en los libros y los debates. Cursaba el tercer año de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Universidad de Columbia, manteniendo un promedio impecable mientras equilibraba su incipiente carrera en el modelaje, las fiestas nocturnas con sus amigos y su trabajo activo en la fundación benéfica de su familia.

Esa noche, el espacioso penthouse de su familia en el Upper East Side resplandecía. En la habitación de Alexis, el caos ordenado del glamour occidental estaba desplegado: vestidos de alta costura sobre la cama, zapatos de suela roja y el aroma a perfume de jazmín y vainilla flotando en el aire.

—¡Lex, por favor! La fiesta de Vogue ya comenzó en el SoHo y tú sigues pegada a esa pantalla —protestó Chloe, su mejor amiga, dejándose caer sobre un sillón de terciopelo con una copa de champán en la mano—. Eres la única modelo millonaria de veinte años en todo Nueva York que prefiere revisar balances presupuestarios en lugar de estar en la zona VIP bebiendo Dom Pérignon .

Alexis no levantó la mirada de la laptop de última generación posada sobre su escritorio de cristal. Tenían puestos sus anteojos de descanso para la lectura y tecleaba con rapidez.

—Trabajo duro para poder disfrutar duro, Chlo, ya lo sabes —respondió Alexis con una sonrisa audaz mientras se quitaba los lentes y cerraba la computadora de un golpe firme—. Además, el informe para la gala benéfica de papá tuvo un desfase en la asignación de fondos para los programas educativos en Medio Oriente. Si no corregía los números yo mismo, la comisión internacional nos habría rechazado el proyecto. No voy a permitir que la negligencia de un analista arruine meses de trabajo.

—Tú y tu perfeccionismo —suspiró Chloe, aunque con admiración—. A veces olvido que debajo de esa cara de ángel y esos vestidos ajustados hay una mente diplomática dispuesta a devorarse al mundo.

—Las mujeres no tenemos por qué elegir entre vernos bien y ser inteligentes —replicó Alexis, guiñándole un ojo a su amiga mientras se ponía de pie. Lucía un vestido corto de seda azul noche que abrazaba sus curvas con elegancia, dejando al descubierto sus piernas largas y un escote sutil.

Para Alexis, la libertad era su bien más preciado. No le rendía cuentas a nadie, disfrutaba de la vida nocturna, de la música, de los cócteles y del coqueteo sin compromisos, pero siempre con una meta clara: graduarse con honores y tomar las riendas de la división filantrópica de la empresa familiar.

Al otro lado de la ciudad, en la suite presidencial del majestuoso hotel The Plaza , la atmósfera era opuesta. El silencio era denso, casi asfixiante, interrumpido solo por el sordo murmullo del tráfico neoyorquino a través de los cristales insonorizados.

De pie frente al ventanal que ofrecía una vista panorámica de Central Park, un hombre observaba la metrópoli con una frialdad capaz de congelar el ambiente.

A sus cuarenta y tres años, el príncipe Tariq Al-Zahran imponía respeto con solo poner un pastel en cualquier estancia. Poseía una presencia imponente, acentuada por una tez física atlética y firme, producto de años de entrenamiento militar y equitación en el desierto. Sus rasgos eran marcadamente árabes y escultóricos: una mandíbula amplia y cuadrada que mantenía casi siempre apretada, una nariz aquilina que denotaba nobleza y una barba perfectamente perfilada que no lograba suavizar la amargura de su rostro. Sin embargo, lo más impactante en él eran sus ojos: oscuros como la noche más profunda del desierto, penetrantes, severos y carentes de todo calor.

Habían transcurrido diez años desde la trágica muerte de su esposa en un accidente, un suceso que eliminó cualquier rastro de calidez de su vida. Desde entonces, Tariq se había sumergido de lleno en los asuntos de Estado de su nación, gobernando sus provincias con una disciplina militar e implacable. Sin hijos y sin deseos de volver a enamorarse, vivía solo para el deber, la tradición y el honor de su linaje. Estaba acostumbrado a un entorno donde las mujeres eran reservadas, sumisas y respetuosas de la jerarquía masculina tradicional. La idea de la frivolidad occidental le causaba un profundo rechazo.

Su presencia en Nueva York respondía a una agenda diplomática de alto nivel: cerrar acuerdos de inversión energética y supervisar la colaboración en la cumbre benéfica organizada por la Fundación Crawford para la infancia en Medio Oriente.

—Su Alteza —interrumpió Rashid, su asesor principal y hombre de confianza, haciendo una inclinación reverente mientras entraba a la oficina de la suite—. Los preparativos para la reunión preparatoria de mañana en el complejo de las Naciones Unidas están listos. Aquí tiene el expediente final de la logística.

Tariq se giró despacio. Vestía un traje de tres piezas en tono marengo, hecho a medida en Savile Row, que acentuaba su postura erguida. Tomó el documento con manos firmes y de nudillos marcados. Mientras ojeaba las hojas con ojo crítico, sus cejas oscuras se juntaron en un gesto de severidad.

—Alexis Crawford? —preguntó Tariq, con una voz grave, profunda y rasgada por el acento de su lengua materna—. Según este perfil, la responsable del comité de logística y reestructuración financiera tiene apenas veinte años. Y es la hija del magnate Crawford.




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