El salón principal del Hotel Plaza estaba transformado en un palacio de cristal y flores blancas. La élite financiera de Nueva York, embajadores, celebridades e importantes diplomáticos de Medio Oriente abarrotaban el lugar para la gran Gala Benéfica de la Fundación Crawford.
Para Tariq Al-Zahran, este tipo de eventos no eran más que una obligación protocolaria tediosa.
De pie cerca de la cristalera con una copa de agua con gas en la mano, Tariq destacaba entre la multitud. Vestía un esmoquin negro impecable que acentuaba su figura imponente y sus hombros anchos. Su rostro, dominado por sus rasgos marcadamente árabes, una mandíbula firme y esa barba impecable, proyectaba una distancia fría e inalcanzable. A sus cuarenta y tres años, no había mujer en la fiesta que no lo observara con disimulo, pero su mirada oscura como la noche permanecía seria, distante y aburrida.
Hasta que la vio entrar.
El murmullo en la entrada del salón se intensificó cuando Alexis Crawford hizo su aparición. Era la encarnación viva de la elegancia y la audacia neoyorquina. Llevaba un vestido de alta costura de seda azul medianoche que se ceñía a su silueta escultural como una segunda piel, con la espalda al descubierto y una abertura elegante en la pierna. Su cabello rubio caía en ondas deslumbrantes sobre sus hombros y sus ojos azules brillaban con la chispa de quien sabe que domina el lugar.
Tariq presionó la mandíbula involuntariamente. Por un segundo, el aire parecía faltarle. Odiaba lo que ese joven representaba: su juventud sin filtros, su libertad liberal, su forma desafiante de caminar sin pedir permiso a nadie. Pero odiaba aún más el hecho de que, en diez años de viudez y autocontrol absoluto, ninguna mujer había logrado acelerarle el pulso con solo poner un pie en una habitación... hasta ella.
—Su Alteza —dijo Arthur Crawford, el padre de Alexis, acercándose a Tariq con una sonrisa cordial—. Me alegra enormemente que nos acompañe esta noche. Permítame presentarle formalmente a mi hija, Alexis. Ella es la verdadera mente maestra detrás de la organización de este evento.
Alexis se detuvo frente a Tariq. Sus miradas volvieron a chocar con la misma intensidad eléctrica del día anterior.
—Su Alteza, un placer volver a verlo —dijo Alexis, sosteniéndole la mirada azul con una sonrisa levemente provocadora—. Prometo que esta vez no hay tráfico que me sirva de excusa.
Tariq hizo una inclinación de cabeza casi imperceptible. Su voz descendió a un tono grave y profundo, que solo ella pudo escuchar con claridad.
—Señorita Crawford. Veo que disfruta ser el centro de atención.
—No busco la atención, Su Alteza —respondió Alexis dando un paso más hacia él, desafiando la distancia protocolaria—. Simplemente no me escondo. En Nueva York no le tenemos miedo a brillar.
—En mi país, la belleza más valiosa es la que se guarda para la intimidad y el respeto, no la que se exhibe ante un salón lleno de desconocidos —replicó Tariq, con una frialdad calculada en sus ojos oscuros.
Alexis no retrocedió ni un milímetro. La audacia de sus veinte años y su mente brillante se encendieron.
—Qué lástima que estemos en Manhattan, príncipe Tariq. Aquí las mujeres no nacimos para escondernos en la sombra de ningún hombre.
Arthur Crawford, ajeno a la chispa peligrosa que acababa de saltar entre los dos, río entre dientes.
—Alexis siempre dice lo que piensa, Su Alteza. Espero que no le moleste su franqueza.
—Para nada, Señor Crawford —dijo Tariq, fijando sus ojos azabache en los de Alexis con una intensidad que hizo que a la joven se le erizara la piel—. La arrogancia de la juventud suele corregirse con el tiempo... o con las lecciones de la vida.
—Y la amargura de la edad suele corregirse disfrutando un poco más de la vida, Su Alteza —repuso ella al instante, con un destello felino en la mirada antes de tomar una copa de champán de una bandeja.
Cuando Arthur se alejó para saludar a unos senadores, Tariq y Alexis se quedaron solos por un instante en medio del bullicio de la fiesta. La tensión entre ambos era tan densa que podía cortarse con un cuchillo.
—Es usted una mujer peligrosamente insolente, Alexis —murmuró Tariq en voz baja, usando su nombre de pila por primera vez. El sonido de su nombre en la voz grave y con acento del príncipe le provocó a ella un temblor secreto por la columna vertebral.
—Y usted es un hombre absurdamente gruñón, Tariq —respondió ella, dando un sorbo a su copa sin quitarle los ojos de encima—. Pero no me asustan los hombres acostumbrados a que todos se arrodillen ante ellos.
Tariq dio un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que Alexis pudo percibir el aroma a madera de cedro, ámbar y fuego de su perfume. Era la presencia de un hombre maduro, poderoso y dominante.
— Deberías tenerme miedo, pequeña —dijo él en un susurro áspero y autoritario—. Porque jugando con un fuego que ni tu dinero ni tu orgullo saben estás cómo apagar.
Alexis sostuvo el aliento por un segundo. Su corazón latía a mil por hora, no de miedo, sino de una atracción abrasadora e incontrolable que la tomó por sorpresa.
—Pruébame, Su Alteza —desafió ella en un susurro audaz—. A ver quién se quema primero.