Imperios de arena

Capítulo 3: El fuego y la posesión.

La reunión a puerta cerrada en la suite presidencial del Hotel Plaza debía ser estrictamente profesional. Al menos, esa era la premisa con la que Alexis había cruzado el umbral a las ocho de la noche, portando una carpeta de cuero con los contratos definitivos de la fundación y las inversiones inmobiliarias conjuntas.

Pero la atmósfera dentro de la lujosa estancia no tenía nada de neutral.

Tariq Al-Zahran la esperaba de pie junto al ventanal. Se había quitado la chaqueta del traje; la camisa blanca de mangas largas estaba ligeramente desabotonada en el cuello, revelando la firmeza de su garganta y marcando con brutal claridad sus anchos hombros. Su rostro de rasgos esculpidos y su barba perfectamente recortada se perfilaban contra el tenue resplandor de las luces de Manhattan. Cuando oyó cerrarse la puerta tras ella, sus ojos oscuros como el carbón ardiente se clavaron en Alexis con la intensidad de un depredador que acorrala a su presa.

Alexis llevaba un conjunto de sastre en tono gris perla que combinaba la elegancia corporativa con una provocación sutil: la americana entallada ajustaba perfectamente a su cintura, y la falda lápiz resaltaba las líneas de sus piernas largas, enfundadas en tacones altos. Su cabello rubio caía lacio sobre sus hombros, enmarcando su rostro de facciones perfectas y sus ojos azules que brillaban con un desafío incombustible.

—Llega tarde, Señorita Crawford —comenzó Tariq, con esa voz grave, ronca y cargada de una autoridad áspera que vibraba en las paredes de la habitación.

—Llego a la hora exacta, Su Alteza —respondió Alexis con total desparpajo, arrojando su bolso de diseñador sobre el sofá de terciopelo y caminando con seguridad hacia la mesa de centro—. El tráfico en la Quinta Avenida es un caos, a menos que un viaje con escolta policial, lo cual me pareció innecesario.

Tariq dio un paso al frente, acortando la distancia con una rapidez imponente. Su mandíbula estaba tensa, los músculos de su cuello contraídos por la frustración de no poder controlarla como hacía con el resto del mundo.

—En mi presencia no se toleran las excusas, Alexis —dijo, usando su nombre con una familiaridad áspera que a ella le erizó la piel—. Y me refiero tanto a su falta de puntualidad como a su constante necesidad de desafiarme.

Alexis se giró lentamente, enfrentándolo sin retroceder ni un centímetro. La diferencia de altura era evidente; Ella apenas le llegaba al pecho, pero su actitud era la de una reina frente a un rey.

— ¿Desafiarlo? Solo digo la verdad, Tariq —respondió ella, retándolo deliberadamente al omitir su título—. Que en su país las mujeres bajen la cabeza y asientan en silencio no significa que yo vaya a hacerlo. Pertenezco a una familia que lidera un imperio empresarial global, ya mí nadie me impone silencio.

La mención de su independencia y, sobre todo, el que se hubiera atrevido a llamarlo por su nombre de pila sin autorización desató una tormenta en los ojos oscuros de Tariq.

—No estás en tus dominios, niña —gruñó Tariq, dando un paso más hasta quedar a escasos centímetros de ella. El calor de su cuerpo irradiaba autoridad y un peligro latente—. No pongas a prueba la paciencia de un hombre que no está acostumbrado a ser contrario. Crees que tu dinero, tu apellido y tu insolencia te protegen, pero ignoras por completo lo que despiertas cuando abres esa hermosa boca para retarme.

El tono de su voz cambió, volviéndose más oscuro, más denso, cargado de una posesividad cruda que hizo que el corazón de Alexis diera un vuelco violento. Un escalofrío de pura excitación recorrió su columna vertebral, aunque se obligó a mantener la máscara de hielo en sus ojos azules.

—Pues demuéstreme qué es lo que despierto, Su Alteza —susurró ella, desafiante, levantando la barbilla—. ¿O es que acaso la gran autoridad del desierto solo sabe intimidar con palabras vacías?

Fue el límite. El autocontrol de Tariq se quebró como cristal bajo un martillo.

Sus manos grandes y fuertes se cerraron de inmediato alrededor de la cintura de Alexis, aprisionándola contra su cuerpo duro como el acero en un movimiento tan rápido que ella apenas pudo jadear. La cercanía era insoportable, embriagadora. Olía a sándalo, a tabaco caro ya una masculinidad avasallante que la descolocó por completo.

—Cuidado con lo que pides, Alexis —murmuró él contra sus labios, su respiración caliente mezclándose con la de ella—. No respondo de mí.

Antes de que ella pudiera replicar, Tariq vendió sus labios sobre los de ella en un beso feroz, hambriento y posesivo. No fue una caricia suave; Fue una declaración de guerra y de deseo reprimido. Sus labios duros y exigentes devoraron los de Alexis con una urgencia que demostraba cuantas horas llevaba conteniendo la rabia y la fascinación hacia ella.

Alexis se quedó sin aliento por una fracción de segundo, pero la sangre indomable de los Crawford corría por sus venas. Lejos de asustarse, respondió al beso con la misma ferocidad, enredando sus manos en la solapa de su camisa y tirando de él, permitiendo que la pasión estallara sin frenos. Sus lenguas chocaron en una danza salvaje, un choque de dos mundos que por fin encontró un lenguaje común en el fuego de la carne.

Tariq la levantó ligeramente del suelo con una facilidad pasmosa, pegándola con más fuerza contra su pecho mientras caminaba hacia atrás hasta acorralarla contra la sólida madera de la puerta cerrada de la suite. Las manos del príncipe recorrían su espalda con desesperación, moldeando su cintura, sintiendo cada curva de su cuerpo liberal y joven bajo la seda del vestido, como si quisiera marcarla a fuego, reclamarla como suya y de nadie más.

Cuando finalmente se separaron por falta de aire, ambos respiraban agitadamente. Los labios de Alexis estaban hinchados, enrojecidos, y sus ojos azules echaban chispas de pura adrenalina y éxtasis. Tariq la miraba con una mezcla de furia contenida y una devoción hambrienta que lo aterraba.




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