Imperios de arena

Capítulo 4: El destino en la arena.

La decisión no se tomó en una elegante oficina diplomática ni en un salón de conferencias, sino en el ambiente saturado de tensión de un estudio de trabajo privado en el Upper East Side de Nueva York.

La cumbre benéfica en Manhattan había sido solo el primer paso. El verdadero plato fuerte —el evento que definiría el futuro de las inversiones energéticas en el golfo Pérsico y la expansión filantrópica de la corporación Crawford en Oriente Medio— era la Cumbre Económica y de Desarrollo Social de Dubái . La fundación de los Crawford no solo aportó capital; aportaba la infraestructura de logística educativa que Alexis había diseñado minuciosamente.

El consejo de administración del imperio empresarial de su familia exigía la presencia de Alexis en la cumbre para firmar los acuerdos bilaterales de cara a la prensa internacional. Para Tariq, como príncipe heredero y representante oficial de su nación, su asistencia era un deber de Estado ineludible.

La noche en que todo se decidió, Alexis estaba de pie frente a los planos del complejo de la cumbre en el penthouse familiar. Tariq había ido personalmente a entregar las acreditaciones diplomáticas.

—No es necesario que viajes, Alexis —dijo Tariq esa noche, apoyado contra el marco de la puerta de caoba, observando con severidad cómo ella organizaba los documentos—. Tu equipo puede gestionar los firmados desde aquí. Dubái es mi terreno. Es un entorno conservador, diplomático y exigente. No es el ambiente liberal de Nueva York al que estás acostumbrado.

Alexis había levantado la mirada, ajustando sus anteojos de lectura antes de quitárselos con una parsimonia exasperante. Sus ojos azules centellearon con ese orgullo indomable que siempre lograba sacar de quicio.

¿Está intentando protegerme o simplemente le asusta que una mujer de veinte años le robe el protagonismo en su propia región, Su Alteza? —repuso ella con una sonrisa desafiante—. Fui yo quien estructuró este proyecto financiero desde cero. Ningún delegado va a firmar por mí. Voy a Dubái porque es mi trabajo y porque nadie decide dónde puedo o no puedo ir.

Tariq había dado dos pasos hacia ella, proyectando su sombra imponente sobre la mesa de cristal. Su mandíbula estaba tan apretada que los músculos de su rostro se marcaban con dureza.

—Crees que lo sabes todo, pequeña —murmuró él con una voz tan grave que le erizó la piel a Alexis—. Ignoras la magnitud de la presión que habrá allí. Si viajas, estarás bajo mi supervisión y bajo la mirada de un consejo tribal que no perdona la insolencia.

—Entonces asegúrate de tener suficiente paciencia, príncipe Tariq —desafió ella en un susurro, mirándolo fijamente a los labios—. Porque no pienso agachar la cabeza ante nadie. Ni en Nueva York, ni en el desierto.

Fue en ese instante de confrontación cuando la decisión quedó sellada. Viajarían juntos.

El vuelo privado transcurrió en un silencio denso y cargado de electricidad. Durante las catorce horas sobre el Atlántico y el Mediterráneo, Tariq y Alexis apenas compartieron un puñado de palabras formales sobre la agenda de la cumbre. Sin embargo, la cercanía en la reducida cabina del jet corporativo hacía que cada mirada, cada roce accidental al revisar los mapas del evento y cada respiración compartida fuera una tortura lenta.

Alexis miraba por la ventanilla el mar de dunas doradas que empezaba a dibujarse abajo. Sentía el peso de la decisión que había tomado. A su corta edad, heredera de un emporio empresarial que no le temía a nada, jamás se había sentido tan vulnerable ante la presencia de un hombre. Tariq, por su parte, permanecía sentado frente a ella con los hombros rígidos y la mirada fija en las nubes. El príncipe viudo, acostumbrado a la distancia y al control estricto de sus emociones, se descubría a sí mismo completamente desarmado ante la libertad y la terquedad de la joven neoyorquina.

Al aterrizar en los Emiratos, la comitiva oficial los trasladó directamente al complejo privado de Al-Qasr , una joya de la arquitectura árabe erigida a orillas del golfo Pérsico. Lejos de la prensa y de los miramientos del consejo tribal que comenzaría a reunirse al día siguiente, la villa ejecutiva reservada para la delegación principal les ofrecía una privacidad absoluta.

El aire de la noche en el desierto traía consigo un calor seco impregnado de aroma a jazmín silvestre y sal marina. Alexis cruzó el umbral de la suite principal, dejando caer sus tacones sobre las alfombras persas hechas a mano. Llevaba un vestido sencillo de lino blanco que resaltaba la solidez de su piel y la pureza de sus ojos azules.

Tariq entró detrás de ella, indicando a la guardia con un gesto de la mano que se mantuviera a distancia en el perímetro exterior. Cerró la pesada puerta de madera pulida y el eco del cerrojo resonó en la estancia como el sello de un pacto.

Durante unos minutos, ninguno de los dos dijo nada. Alexis caminó hacia la terraza que daba al mar, apoyando sus manos sobre la balaustrada de piedra. El viento nocturno agitaba suavemente las ondas de su cabello rubio.

Tariq se acercó despacio. Por primera vez en semanas, no llevaba traje formal ni la túnica de Estado; vestía una camisa de lino negro ligeramente abierta en el cuello y pantalones oscuros. Se detuvo a medio metro de ella, contemplando la curvatura de su cuello y el temblor casi imperceptible de sus hombros.

—Nueva York queda muy lejos ahora, Alexis —dijo él, con una voz profunda, ronca y baja que parecía retumbar en el pecho de la joven.

Alexis no se giró de inmediato. Inhaló el aire cálido y se armó de valor antes de encararlo.

—La distancia no cambia lo que ocurre entre nosotros, Tariq —respondió ella, sosteniéndole la mirada con esa audacia que siempre lo había descolocado—. Puedes poner océanos de por medio o esconderte detrás de tus protocolos y tus títulos, pero aquí estamos. Solos.

Tariq apretó los puños a los costados. La severidad de su rostro se vio matizada por la luz tenue de los faroles de bronce.




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