Los días posteriores en Dubái transcurrieron en una burbuja que parecía ciega contra el resto del mundo. Para Tariq Al-Zahran, el tiempo había recuperado un significado que creía perdido para siempre. Aquel hombre rígido, consumido por los deberes de su estirpe y la sombra perpetua de su pasado, se descubría a sí mismo sonriendo en la intimidad de las madrugadas, cautivado por la frescura y la inteligencia desbordante de Alexis.
La cumbre económica avanzaba con éxito, y en cada acto oficial donde las delegaciones internacionales se congregaban, Alexis deslumbraba. Ya no era solo la heredera de un imperio empresarial o una joven modelo acostumbrada a los focos; se movía entre ministros y diplomáticos con una seguridad pasmosa, defendiendo las proyecciones financieras de su familia con argumentos tan afilados que lograban ganarse el respeto de los miembros más tradicionales del consejo.
Desde su posición en la cabecera de las mesas de negociación, Tariq la observaba con una mezcla de orgullo feroz y una posesividad silenciosa. Cada vez que algún diplomático extranjero intentaba alargar demasiado la conversación con ella o le dedicaba una sonrisa que cruzaba la línea de la cortesía profesional, la mandíbula del príncipe se tensaba de inmediato y su mirada oscura se convertía en un aviso invisible pero letal.
Por las noches, lejos de las salas de conferencias y de las miradas curiosas, la dinámica entre ambos se transformaba por completa. Las altas exigencias del día se disolvían en la villa privada frente al golfo Pérsico.
Una noche, mientras la brisa cálida del desierto mecía las cortinas de lino de la terraza, Alexis estaba sentada en el regazo de Tariq, con los brazos entrelazados alrededor de su cuello, jugando distraídamente con los botones de su camisa.
—Estás muy callado esta noche, Su Alteza —susurró Alexis contra su oído, sintiendo el ritmo constante de los latidos del príncipe bajo sus manos—. ¿Te preocupa que el consejo recache la última propuesta de reestructuración energética?
Tariq rodeó su cintura con firmeza, atrayéndola todavía más contra su cuerpo mientras apoyaba la barbilla en su hombro, inhalando el perfume a jazmín y vainilla que se había vuelto su debilidad.
—El consejo aprobará la propuesta porque los números son impecables, y porque saben que si se oponen, tendrán que conmigo lidiar... y ahora también contigo —respondió Tariq con una voz ronca y divertida, rozando con sus labios la línea de su cuello.
—Y entonces ¿qué te quita el sueño? —preguntó ella con una sonrisa traviesa, girándose un poco para mirarlo a los ojos—. Porque sé perfectamente que hay algo en esa cabeza tuya planeando una estrategia militar.
Tariq suspiro, un sonido profundo que pareció sacar un peso de encima. Sostuvo el rostro de Alexis entre sus manos grandes y ásperas, mirándola con una intensidad que hizo que el corazón de la joven diera un vuelco.
—Pienso en lo que pasará cuando termine la cumbre, Alexis —confesó él, abandonando toda corazón—. En cómo voy a hacer para que dejes tu vida en Nueva York, tus estudios, tus proyectos, y acepta compartir un trono en un país que no es el tuyo. No quiero obligarte a nada, pero la idea de que cruce el océano de regreso y quedarme aquí sin ti me resulta insoportable.
Alexis suavizó la expresión. Comprendía el peso del mundo que cargaba sobre los hombros. Extendió una mano para acariciar la barba perfectamente perfilada de Tariq, trazando la línea firme de su mandíbula.
—No tienes que preocuparte por eso, Tariq —dijo ella con una dulzura firme que contrastaba con su habitual actitud desafiante—. Ya te lo dije: no soy una mujer que se deje encerrar ni que se reduzca a la sombra de nadie. Pero tampoco pienso ir a ninguna parte. Lo que estamos construyendo aquí va mucho más allá de un contrato diplomático.
Tariq la miró con una devoción absoluta, sintiendo que esa joven le había entregado el control absoluto de su alma. En ese instante, bajo el cielo estrellado del desierto, el príncipe tomó una decisión definitiva.
—Mañana por la tarde, en cuanto terminen las firmas oficiales con los inversores, cancelaré la agenda nocturna —murmuró Tariq contra sus labios, con una sonrisa de medio lado que rara vez mostraba al mundo—. Te llevaré a un lugar que nadie más conoce. Quiero mostrarte de dónde vengo antes de jurarte, ante mi gente y ante el mundo entero, hacia dónde vamos.
Alexis sintió un escalofrío de emoción recorrerle la espalda.
—Espero que no sea una cueva en mitad de la nada, príncipe —bromeó ella con los ojos azules brillantes de curiosidad.
—Es mucho mejor que eso, pequeña —respondió él antes de besarla con una pasión profunda, sellando una promesa que ninguno de los dos imaginaba cuán pronto iba a ser puesta a prueba por la oscuridad que ya comenzaba a moverse a sus espaldas.