El silencio en el gran salón del Museo de Arte Moderno era tan pesado que podía cortarse con un hilo. Los flashes de los fotógrafos internacionales continuaban disparándose a lo lejos, pero para las tres personas en el centro del salón, el resto de la alta sociedad neoyorquina simplemente había dejado de existir.
Tariq Al-Zahran permanecía petrificado. Sus cuarenta y cinco años de dominio, disciplina militar y ejercicio del poder no le sirvieron de nada ante la visión de la niña. La pequeña, aferrada a la falda verde esmeralda de Alexis, lo observaba con curiosidad pura, sin un ápice de temor en sus ojos azabache, los mismos ojos oscuros y profundos que Tariq veía en el espejo cada mañana.
—Es... es mi sangre —murmuró Tariq, con la voz rota por un impacto desolador. Intentó dar un paso hacia la pequeña, extendiendo una mano temblorosa de dedos largos que jamás había vacilado ante reyes ni ministros.
Antes de que sus dedos pudieran acercarse, una silueta elegante se interpuso en su camino con la velocidad de una tigresa defendiendo a su cría. Alexis no dio un paso atrás. A sus veintidós años, vestida de alta costura y con la cabeza erguida, proyectaba una fuerza que dejó al rey sin aliento.
—Te dije que no te acerques, Tariq —sentenció Alexis con una frialdad glacial en sus ojos azules—. Esta niña no te pertenece. No es un asunto de Estado ni una provincia de tu reino para que vengas a reclamarla.
—¡Alexis, por el amor de Dios! —exclamó Tariq en un susurro desesperado, con los rasgos marcadamente árabes desencajados por la angustia—. Mirala... Es idéntica a mí. Me ocultaste a mi hija durante dos años...
—¡Tú nos echaste de tu vida hace dos años! —le espetó ella en un susurro ardiente, tan bajo que solo él pudo escucharlo, pero tan cargado de veneno que hizo tambalear al monarca—.
Preferiste creer en los montajes de tu corte y en tus celos enfermizos antes que en mi palabra. Te arrojé tu anillo al pecho y te dije que no me buscaras jamás. Cumpli mi parte. Ahora cumple la tuya y apartate.
De entre la multitud, dos figuras de presencia imponente se abrieron paso con rapidez. Arthur Crawford, el magnate y patriarca del imperio empresarial familiar, junto a su esposa Eleanor, se colocaron de inmediato flanqueando a su hija. Arthur, un hombre de negocios canoso de mirada severa, miró a Tariq con un desprecio indisimulado.
—Su Majestad —dijo Arthur, marcando las palabras con una autoridad que no le envidiaba nada al título del rey—. Creo que mi hija era bastante clara. Está en territorio neoyorquino y dentro de las instalaciones de nuestra corporación. Le sugerimos que mantenga la distancia protocolaria.
—Señor Crawford, esto es un asunto estrictamente familiar y de mi linaje... —empezó Tariq, apretando la mandíbula mientras la furia reprimida y la desesperación luchaban en su pecho.
—Para nosotros, usted dejó de ser familia el día que acusó a mi hija injustamente y la expulsó de su país —interrumpió Eleanor Crawford con voz serena pero tajante, tomando suavemente la mano de la niña—. Alexis levantó nuestro imperio sin la ayuda de nadie y ha criado a esta niña rodeada de amor y protección. No le debemos explicaciones a ningún rey.
A pocos metros, Chloe, la mejor amiga incondicional de Alexis desde sus días de universidad y modelaje, junto a Julian, su leal diseñador de cabecera y confidente en los círculos de la moda en Manhattan, descubrió rápidamente para hacer escudo. Chloe se agachó con agilidad y tomó a la pequeña en brazos.
—Vamos, mi amor, vamos a ver los postres —le dijo Chloe con una sonrisa dulce a la pequeña, buscando alejarla de la tensión del ambiente.
—No... mami... —murmuró la pequeña con su vocecita dulce, señalando con su manita hacia el hombre alto de túnica negra y barba impecable que la miraba como si fuera el centro del universo.
— ¿Cómo se llama? —preguntó Tariq, dando un paso impulsivo, ignorando la barrera de los Crawford y de los guardias de seguridad. En sus ojos oscuros había una súplica que jamás ningún hombre le había visto antes al implacable monarca de Al-Zahran—. Dime su nombre, Alexis... Por lo que más quieras, dime cómo se llama.
Alexis miró a Tariq directo a los ojos. Sintió el temblor de su propio corazón, la cicatriz de la herida que nunca terminó de cerrar del todo, pero sostuvo la barbilla en alto con la altivez indomable de los Crawford.
—Se llama Amira —respondió Alexis, marcando cada sílaba.
El nombre retumbó en el pecho de Tariq como un golpe directo al alma. Amira . Un nombre de origen árabe que significaba "Princesa". Un nombre de su propio idioma y de sus propias raíces, elegido por la mujer que él había repudiado para criar a la hija de ambos en el corazón de Nueva York.
—Amira... —repitió Tariq en un susurro quebrado, mirando a la niña mientras Chloe la llevaba hacia una zona reservada del salón.
Tariq volvió la mirada hacia Alexis, y por primera vez en su vida, el hombre de cuarenta y cinco años, el rey acostumbrado a que imperios se arrodillaran ante su voluntad, bajó la cabeza con una humildad profunda y desgarradora.
—Fui un ciego, Alexis —dijo Tariq, ignorando que el resto de los invitados los observaban a la distancia—. Descubre la verdad. Sé lo que hicieron tu tío Richard y Yasmin. Los destruí a ambos por lo que nos hicieron... Sé que no tengo perdón por no haber confiado en ti cuando me entregaste tu vida. Pero no voy a renunciar a ti. Ni a Amira.
Alexis esbozó una sonrisa helada, cargada de de una ironía elegante.
—Tardaste dos años en descubrir la verdad, Tariq. Dos años en los que yo me gradué, tomé el control absoluto de mi imperio empresarial y lloré a Amira mientras tú te ahogabas en tus celos. Mi hija no sabe lo que es un rey, ni le hace falta.
—Aprenderá quién es su padre —aseguró él con la posesividad y la determinación volviendo a encenderse en sus ojos oscuros, aunque esta vez mezclada con un arrepentimiento voraz—. Mueve las influencias que quieras, usa el poder de tu corporación, pon a tus padres ya tus amigos entre nosotros si lo deseas... pero no me iré de Nueva York sin el perdón de la mujer que amo y sin el derecho de abrazar a mi hija.