Imperios de arena

Capítulo 10: La prueba del rey.

El Gran Salón del Hotel Plaza resplandecía bajo la luz de las arañas de cristal de bohemia. La crema y nata del mundo empresarial de Nueva York, embajadores internacionales, políticos de alto nivel y la alta sociedad estadounidense se abarrotaban para la Gala Benéfica Anual de la Corporación Crawford.

Para Alexis, esa noche no era un evento social más. Vestida con un deslumbrante diseño de alta costura en seda negra con corte de sirena y la espalda al descubierto, personificaba el poder y la elegancia del imperio Crawford. Su melena rubia caía en ondas impecables sobre sus hombros, y sus ojos azules despedían una frialdad calculada mientras conversaba con los miembros del consejo de administración.

A su lado, Arthur y Eleanor Crawford actuaron como los auténticos patriarcas de la dinastía. Chloe y Julian mantenían una guardia discreta cerca de Alexis, atentos a cualquier movimiento sospechoso en la multitud.

—Sigo pensando que fue una locura darle esa oportunidad, Lex —murmuró Chloe, ofreciéndole una copa de champán—. Es una monarca del desierto, un hombre acostumbrado a que ejércitos enteros se cuadren cuando camina. No va a saber cómo comportarse en una fiesta donde nadie está obligado a hacerle la reverencia.

—Precisamente por eso lo desafié, Chlo —respondió Alexis, dando un sorbo sutil a su copa sin perder la elegancia—. Si Tariq quiere un lugar en la vida de Amira, tiene que entender que en mi mundo su corona no le otorga ningún privilegio. Aquí es solo un hombre, y tendrá que ganarse cada milímetro de terreno desde cero.

Un murmullo arrepentido corrió por la entrada principal del salón.

Alexis giró la cabeza despacio y sintió que el aliento se le atascaba en la garganta.

Tariq Al-Zahran acababa de cruzar el umbral. Había cumplido su palabra con una rigurosidad milimétrica: no traía la túnica real de Estado, ni las insignias doradas de la corona de Al-Zahran, ni las diez escoltas armadas que solían rodearlo. Vestía un esmoquin negro impecable hecho a la medida en Savile Row que acentuaba su silueta imponente, sus hombros anchos y su postura dominante. Con sus rasgos marcadamente árabes, su mandíbula esculpida y esa barba perfectamente perfilada, su sola presencia irradiaba una masculinidad tan arrolladora que decenas de se fijaron en él de inmediato.

Caminaba completamente solo. Sin séquito. Sin títulos proclamados en la puerta.

Sus ojos oscuros como la noche ignoraron los murmullos de la multitud y se clavaron directamente en Alexis. El aire entre ambos parecía encenderse de nuevo con la misma electricidad peligrosa de hace dos años.

Arthur Crawford se tensó de inmediato al verlo avanzar, cruzando los brazos sobre el pecho con una mirada de absoluta hostilidad. Eleanor, más serena pero igualmente protectora, observaba cada movimiento del rey.

Tariq se detuvo a un par de metros del grupo familiar, haciendo una leve e impecable inclinación de cabeza.

—Señor Crawford. Señora Crawford —saludó Tariq con una voz grave, profunda y rasgada que resonó en el ambiente—. Les agradezco que me permitan estar en su evento esta noche.

—Nadie lo invitó formalmente, Su Majestad —espetó Arthur con una frialdad cortante—. Si está aquí es porque mi hija accedió a ponerlo a prueba. Pero le advierto que no voy a tolerar ningún espectáculo en nuestra gala.

—No vine a causar ningún espectáculo, Señor Crawford —respondió Tariq, manteniendo una calma y una compostura que desarmaron la agresividad del patriarca—. Vine como un ciudadano más, sin títulos ni demandas, a cumplir la promesa que le hice a su hija.

Tariq dio un paso hacia Alexis, quedando frente a ella. Los ojos azules de la joven sostuvieron los azabache del monarca sin pestañear.

—Cumpliste tu palabra —dijo Alexis en un susurro reservado solo para él—. Estás solo.

—Te dije que lo haría, pequeña —respondió él en voz baja, con un destello de intensidad en la mirada que hizo que a la joven se le erizara la piel—. Por ti y por nuestra hija haré lo que sea necesario.

Sin embargo, la noche apenas comenzaba y la prueba no sería fácil.

Apenas media hora después, mientras Tariq conversaba a distancia con un grupo de inversores bancarios que intentaban extraer información sobre los mercados de Medio Oriente, un apuesto y joven magnate de la tecnología de Nueva York, de unos veintiocho años, se acercó a Alexis. El hombre, hijo de un importante socio de los Crawford, no ocultó su fascinación por la heredera y se inclinó demasiado cerca para susurrarle algo al oído, haciéndola sonreír.

Desde el otro lado del salón, Tariq presenció la escena.

Los celos territoriales y salvajes que formaban parte de su naturaleza más pura despertaron como un monstruo dormido en su pecho. Sus dedos apretaron la copa de cristal que sostenía hasta que los nudillos de su mano se pusieron completamente blancos. Sus ojos oscuros e inyectados en un fuego peligroso se clavaron en el joven empresario. En su reino, un hombre que se acercó de esa manera a la mujer que él consideraba que suya habría pagado un precio muy alto.

Tariq dio dos pasos impulsivos hacia adelante, llevados por la rabia primitiva de separarlos de un tirón. Pero a mitad del trayecto, los ojos de Alexis se cruzaron con los suyos.

Alexis lo miraba fijamente desde la distancia, con una ceja rubia levemente alzada y una mirada que contenía una advertencia clara: Si pierdes el control por tus celos, te vas.

Tariq se detuvo en seco. Cerró los ojos por un segundo, obligando a su mente militar ya su orgullo herido a acallarse. Respiró hondo, soltó el aire despacio y aflojó la tensión de su mandíbula. En lugar de ir a irrumpir con violencia, caminó con elegancia y serenidad hacia ellos.

—Buenas noches —dijo Tariq al llegar a la mesa, situándose junto a Alexis con la compostura de un caballero perfecto, sin tocarla pero marcando una presencia imponente que hizo que el joven empresario diera un paso atrás por puro instinto—. Veo que la señorita Crawford está muy solicitada.




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