La torre de la Corporación Crawford era un monolito de acero y cristal que dominaba el horizonte financiero de Manhattan. Desde su despacho en el piso ochenta, Alexis Crawford manejaba los hilos de un imperio multimillonario con la misma precisión milimétrica con la que había aprendido a blindar su propio corazón.
Alexis estaba de pie frente al ventanal, observando el tráfico de la ciudad. Sin embargo, su mente no estaba en los equilibrios trimestrales, sino en la sombra que se cernía sobre ella.
El timbre de su escritorio sonó con insistencia. Alexis pulsó el intercomunicador con el ceño fruncido.
—¿Sí, Elena? Dije expresamente que no quería llamadas durante la revisión del presupuesto de infraestructura.
—Lo sé, señorita Crawford —respondió la voz de su asistente, temblorosa al otro lado de la línea—. Pero no es una llamada corporativa. Es... el piso de negociaciones. Un inversor internacional acaba de adquirir el treinta por ciento de las acciones preferentes de nuestra filial energética con un fondo de Dubái. Y el representante legal del consorcio acaba de entrar a la planta principal exigiendo una reunión urgente con usted.
Alexis sintió que el aire se le congelaba en los pulmones. Un presentimiento oscuro y furioso le recorrió las venas.
—Dile que suba de inmediato —ordenó con una voz que cortaba el hielo.
Pasaron apenas dos minutos antes de que la puerta doble de su despacho se abriera de par en par. No era un simple emisario corporativo.
Tariq Al-Zahran entró en la habitación con una calma imponente y absoluta. Vistiendo un traje oscuro hecho a medida que destacaba sus hombros anchos y su postura dominante, el rey de Al-Zahran parecía haber conquistado el edificio entero con solo cruzar el umbral. Su rostro irradiaba una confianza peligrosa, y sus ojos oscuros se clavaron en los azules de Alexis con un brillo de desafío y triunfo.
— ¿Qué demonios crees que estás haciendo? —se estalló Alexis, dando un paso al frente y golpeando la superficie de su escritorio con las palmas de las manos, incapaz de contener la rabia—. ¿Comprar acciones de mi filial energética? ¿Utilizar fondos de tu reino para infiltrarte en mi corporación? ¡Te dije que esto no es Dubái, Tariq! ¡No puedes venir a mi empresa a jugar al magnate hostil solo para obligarme a verte!
Tariq cerró la puerta a sus espaldas con parsimonia. Caminó despacio hacia el escritorio, sin apartar la mirada de ella, midiendo cada uno de sus movimientos con la paciencia de un cazador que sabe que su presa está acorralada.
—No he venido a jugar, Alexis —respondió Tariq con esa voz grave, ronca y rasgada que retumbaba en las paredes de la oficina—. He venido a asegurarme de que mis intereses estén protegidos. Y en este momento, mis mayores intereses tienen tu apellido y viven en este mismo código postal.
—¡Esto es un abuso de poder! —exclamó ella, rodeando el escritorio para plantarse cara a cara con él. La diferencia de altura era evidente, pero la furia de Alexis la hacía parecer un gigante—. ¿Crees que porque me acorralas en los negocios voy a ceder ante ti? ¿Crees que comprar un paquete accionario va a borrar el hecho de que fuiste tú quien dudó de mí?
Tariq se detuvo a escasos centímetros de ella. El aroma a sándalo, ámbar y fuego de su colonia envolvió a Alexis de inmediato, grabándole con una traición involuntaria la forma en que su cuerpo reaccionaba a su presencia.
—No compré esas acciones para intimidarte, Alexis —dijo él, bajando el tono de su voz a un susurro profundo y cargado de una sinceridad abrasadora—. Las compré porque quiero estar en tu mundo. Quiero demostrarte que no soy solo el rey que gobierna en el desierto, sino un hombre dispuesto a construir codo a codo contigo. Tu padre me odia, tu familia me desconfía, y la alta sociedad neoyorquina me ve como un intruso. Pero no me importa nada de eso. Si tengo que comprar esta torre ladrillo por ladrillo para ganarme el derecho de estar en tu vida y en la de mi hija, lo haré.
Alexis sintió que el corazón le daba un vuelo violento. Las palabras de Tariq no eran una amenaza vacía; Eran una declaración de guerra y de amor desesperado, el reflejo de un hombre acostumbrado a mandar que estaba aprendiendo a suplicar a su manera.
—Eres un hombre imposible... —jadeó ella, sintiendo que la ira se desvanecía lentamente para dejar paso a una debilidad peligrosa—. Me manipulas, me persigues, me pones el mundo de cabeza...
—Y tú me vuelves completamente loco —la interrumpió Tariq con brusquedad, levantando una mano grande y áspera para sujetar su barbilla con firmeza, obligándola a mirarlo a los ojos—. Desde el primer día en que te vi cruzar esa puerta en Manhattan, supe que mi vida ordenada había terminado. Eres mía, Alexis. Y lo sabes tan bien como yo.
Tariq no le dio tiempo de replicar. Inclinó la cabeza y unió sus labios con los de ella en un beso hambriento, posesivo e incontrolable.
Al principio, Alexis intentó resistirse, tensando los hombros y empuñando las manos contra el pecho de su camisa, pero la presión de los labios duros y expertos de Tariq, la urgencia con la que él la reclamaba y el calor de su aliento borraron cualquier resistencia. Con un suspiro entrecortado, Alexis se rindió: abrió los labios, enredó sus dedos en el cabello oscuro y espeso de la nuca del rey y le devolvió el beso con la misma intensidad voraz, un choque de dos almas indomables que se consumían en su propio fuego.
Tariq la levantó ligeramente del suelo, apretándola contra su cuerpo con una fuerza desesperada mientras la arrinconaba contra la sólida madera del escritorio, haciendo volar los expedientes y carpetas por los aires. Las manos del monarca recorrían su cintura y su espalda con la urgencia de quien ha pasado años muriéndose de hambre en el desierto.
Cuando finalmente se separaron por falta de aire, ambos respiraban de manera agitada. Los labios de Alexis estaban enrojecidos, hinchados, y sus ojos azules brillaban con una mezcla de éxtasis y rendición que ella intentó en vano ocultar.