Ordené distraídamente uno de los estantes de mi tienda de artículos de fiesta. Había decidido cerrar por unos días; Alma tenía siete años y estaba de vacaciones, y después de tanto trabajo, nos merecíamos tiempo a solas. Desde que estaba embarazada me había dedicado en cuerpo y alma a organizar eventos, construyendo un nombre desde cero.
Al girarme, noté que el silencio era demasiado profundo.
—¿Alma? —exclamé buscando su silueta entre globos y guirnaldas.
La encontré junto al gran ventanal de cristal. Estaba inmóvil, observando con fijeza a una niña que caminaba por la acera de enfrente, aferrada con fuerza a la mano de su padre. Me acerqué y puse una mano sobre su hombro.
—Cariño, ¿no me vas a ayudar a terminar de organizar la tienda? —pregunté con suavidad.
Ella me miró con sus enormes ojos verdes, brillantes y cargados de una seriedad impropia de su edad.
—Quiero tener un papá —soltó sin filtro, como si fuera la petición más sencilla del mundo.
El corazón se me encogió.
—Ya hemos hablado de esto, cielo. Tienes un papá, solo que está muy lejos, en África... —intenté repetir la vieja mentira, pero ella me interrumpió con un gesto decidido.
—Ya soy grande, mamá —se cruzó de brazos—. El padre de Alicia vive en otro continente y la llama todos los días. Quiero saber quién es mi papá y quiero que dejes de mentirme.
Me quedé helada, sin saber qué responder. Por suerte, la campana de la entrada tintineó, rompiendo la tensión. Una mujer rubia entró con la seguridad de quien es dueña del mundo; vestida completamente de rosa y sobre unos tacones de infarto, parecía recién salida de una revista de moda.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla? —pregunté, recuperando mi máscara profesional
—. Tenemos todo lo que busca para decorar cualquier evento.
—Escuché que la dueña de esta tienda es la mejor organizadora de la ciudad.
—Soy yo, pero me temo que hoy cerramos por vacaciones...
—Necesito que organice mi boda —me interrumpió con una sonrisa gélida—. En dos meses, quinientos invitados. Le pagaré lo que pida.
—Lo siento, puede contactarme cuando terminen las vacaciones —insistí, pero ella no aceptaba un "no".
—Le pagaré doscientos cincuenta mil dólares. Y puede llevar a su hija —le guiñó un ojo a Alma—. La mansión está frente a la playa y tiene piscina.
—¡Eso suena genial! —exclamó la pequeña, olvidando por un segundo su enfado.
—Es una propiedad hermosa —continuó la mujer—. Se pueden quedar allí los dos meses mientras preparamos todo. Quiero que sea perfecto. Una amiga me dijo que usted es la única capaz de lograrlo. Además, habrá gente muy importante; este evento le abrirá puertas que ni se imagina.
Miré a Alma, que me rogaba con la mirada, y luego pensé en la cifra. Era la oportunidad de asegurar su futuro. Suspiré, dándome por vencida.
—Está bien. Acepto.—respondí mientras conversamos una hora entera sobre los detalles de la boda.
—Entonces fírmeme aquí—dijo sacando unos documentos luego de que nos pusimos de acuerdo en como serían las cosas y me encojí de hombros pues nadie nunca me había echo firmar un contrato donde decía claramente que no podía renunciar hasta que la boda terminara.
—¿Un contrato? —cuestioné leyendo el documento que era corto pero preciso donde decía claramente que en caso de renuncia a no ser por un caso severo de salud de la empleada o de alguien cercano como padres o hijos si renunciaba debía pagar la misma cantidad que ellos me habían ofrecido.
—Es una boda de alguien importante por eso debe ser todo legal—dijo con tranquilidad—imagina que renuncies un día antes de la boda, sería un caos. Ademàs soy flexible si lees bien si te enfermas tú o tu hija o tus padres puedes renunciar y no tienes que pagar nada.
—Ya firma mamà—susurró Alma mientras releía el contrato que ya me parecía raro—quiero pasar unas vacaciones en la playa—murmuró y firmé, la chica sonrió complacida .
Dos horas después, nos encontrábamos frente a los imponentes portones de una propiedad de ensueño. La brisa marina golpeaba mi rostro, pero no lograba calmar el extraño presentimiento que me revolvía el estómago. Alma miraba todo el lujoso lugar asombrada.
Entramos a la sala principal, un espacio de techos altos y mármol pulido, pero la elegancia del lugar fue interrumpida por un grito ensordecedor que bajaba por las escaleras.
—¡NO! ¡DIJE QUE NO! ¡NO QUIERO QUE TE CASES!
Un niño de unos siete años, con el cabello alborotado y el rostro rojo de furia, bajaba los escalones a toda prisa, perseguido por una empleada. Se detuvo en seco al vernos, jadeando.
—¡Diego, compórtate! —bufó la prometida, rodando los ojos—. Gina, ignora esto. Es solo un berrinche más.
—No dejaré que te cases con papà—gritó el niño cruzàndose de brazos y ahora entendía por qué me hizo firmar el contrato.
—Ya van 4 organizadoras que renuncian por él—suspiró la chica que se llamaba Lorena—solo estoy esperando casarme para enseñarle modales. Mi futuro esposo llegará en un segundo para poner orden.
Escuché unos pasos firmes descendiendo por la madera. Alcé la vista, lista para presentarme profesionalmente, pero las palabras se me atascaron en la garganta. El aire se volvió denso, casi irrespirable.
Ahí estaba él. Los mismos hombros anchos, la misma mirada penetrante que me perseguía en sueños, el mismo hombre que me había dejado marcada hace siete años. El mundo pareció detenerse cuando sus ojos se cruzaron con los míos.
Era él. El dueño de la mansión. El novio. El padre que mi hija acababa de reclamar.
#1442 en Novela romántica
#513 en Chick lit
amor y odio, reencuentro amor drama, ceo romance millonario amor prohibido
Editado: 19.04.2026