PARTE I
¿Te ha pasado que estás tranquilamente viendo tu serie favorita en Netflix, o simplemente existiendo dentro de la calma de tu cuarto, y de repente una lágrima resbala por tu mejilla?
Sin aviso. Sin una razón clara.
Simplemente cae… como si hubiera esperado toda una eternidad para salir.
Alguna vez, alguien me dijo que esas lágrimas inesperadas son llantos que pertenecen a nuestras vidas paralelas.
Que en algún otro lugar, en otro tiempo, estamos sintiendo algo tan intenso… que logra romper las barreras de este mundo y alcanzarnos.
Antes, me costaba creer en algo así.
Me parecía demasiado… imposible.
Pero ahora entiendo que el amor no conoce límites.
Que puede existir de formas que ni siquiera comprendemos.
Cuando alguien a quien amas fallece, no dejas de amarlo solo porque ya no puedes verlo.
No niegas su existencia solo porque ya no está.
El amor no desaparece.
Se transforma.
Se vuelve algo más grande… algo que trasciende fronteras que ni siquiera sabíamos que existían.
Y aun así, hay personas que no están listas para amar… ni siquiera en esta vida.
Recuerdo la primera vez que escuché la palabra “apapachar”.
Un mexicanismo derivado del náhuatl que significa: “acariciar o consolar con el alma”.
Y fue entonces cuando entendí que amar va más allá del amor que conocemos.
Significa que hay almas destinadas a encontrarse.
A reconocerse.
A unirse más allá del tiempo, del espacio… y de la vida misma. Que son capaces hasta de amarse sin haberse visto. Simplemente reconocen el brillo que toda su vida estuvieron buscando.
Almas que van a buscarse en cada universo, en cada historia, en cada existencia, hasta encontrarse de nuevo.
No importa quién seas.
No importa cómo suceda.
Hay destinos de los que no puedes huir.
Porque aunque creas haber encontrado a tu alma… si no es la correcta, la vida, de una u otra forma, siempre se encargará de llevarte hacia la que realmente te pertenece