PARTE I
No sabes cuándo es el final de algo, hasta que duele...
(Se escuchan ambulancias a lo lejos)
★★★
—¿Estás segura de que empacaste todo? —preguntó Logan, observando las maletas sobre la cama, que le daban a la habitación una apariencia caótica.
Beth caminaba de un lado a otro, nerviosa, con esa energía inquieta que la acompañaba desde los diez años cada vez que algo importante le provocaba ansiedad. Él se acercó por detrás y la abrazó por la cintura, dejándose caer con ella sobre la cama. Ella intentó incorporarse, pero no se lo permitió. Solo quería ayudarla a relajarse, a bajar el ritmo, a respirar.
El día de mañana tenían una reunión importante. El rector de la preparatoria donde Beth daba clases la había recomendado para una universidad privada en New York. Mucho más prestigiosa y mucho mejor pagada.
Pero retrocedamos un poco.
Beth y Logan se conocieron en la universidad, aunque probablemente sus almas ya se conocían desde antes. La primera vez que hablaron, ella discutía con una amiga sobre por qué el frío era mejor que el calor. Un cliché. Logan se acercó para opinar que el calor era mejor, sobre todo porque las bebidas frías eran sus favoritas.
Ella lo analizó con superioridad, para luego darse la vuelta e ignorarlo por completo.
Desde ese día, él quedó enamorado.
A partir de entonces, ella no pasó desapercibida ante sus ojos. La veía en todas partes: en clase, en el comedor, en la cancha, donde era pésima atrapando pelotas, pero había sido una experta atrapándole el corazón.
Le había impresionado la facilidad con la que captaba la atención de la gente, hablando de temas interesantes desde un escenario durante las conferencias que los maestros le asignaban. Mientras todos escuchaban el contenido, Logan solo la miraba a ella.
Ella nunca lo supo, pero él asistió a todas sus conferencias. Sus amigos se burlaban de él; pero claro. Ellos no tenían ni la menor idea de lo que era estar enamorados.
Le fascinaba que no le temiera a nada, que pudiera hablar sin parar y aun así sostener la mirada de todos.
Tal vez hablar de constelaciones o de bases militares en la luna resultara interesante, pero Logan estaba convencido de que ella podría quedarse en silencio y, aun así, seguiría captando toda la atención... sobre todo la suya.
Era su alma gemela. Desde el momento en que la vio, supo que jamás podría dejar de mirarla.
—¿Y si no es lo mejor para nosotros? —preguntó ella, casi desanimada.
—Lo será —aseguró él, tomando su mano.
Dos cuerpecitos saltaron a la cama y se dejaron caer sobre ellos.
—¿Podemos ir con ustedes? —preguntó Dylan, su hijo mayor.
Cuando ambos terminaron la universidad, ella quería conocer el mundo, viajar, vivir las mejores experiencias de su vida, para después pasar su vejez en las montañas y tener un perro al que pudiera sacar a pasear cada mañana. Pero sus sueños se vieron interrumpidos cuando, a los veintitrés años, quedó embarazada.
Durante algunos meses creyó que había arruinado la mejor etapa de su vida. Sin embargo, era una mujer de carácter, y decidió que, aunque no recorrería el mundo de forma literal, ser madre también sería un mundo nuevo para ella que también le emocionaba descubrir.
—Corazón, sabes que mañana tengo una entrevista de trabajo —dijo Beth, atrapando a Dylan con los brazos y recostándolo a su lado—. Además, ustedes pasarán un día extraordinario con la abuela.
—Pero la abuela no nos deja ver televisión —se quejó Dylan.
—A mí sí me gusta estar en su jardín —añadió Kath, su hija menor.
Katheryn había llegado apenas dos años después que Dylan. Al parecer, ser papás había sido lo mejor que habían podido hacer y no esperaron demasiado para traer al mundo a un segundo bebé.
—Bien —intervino Logan—. Entonces le pediré al tío Rob que los acompañe. ¿Les parece?
—¡Sí! —gritaron de emoción.
—Llevaré mis juguetes para jugar con él en el jardín —dijo Dylan, saltando de la cama.
—¿Yo puedo ser la princesa de las lombrices, Dy? —preguntó Kath, siguiéndolo.
Los padres se miraron en silencio y luego se echaron a reír.
A la mañana siguiente, llevaron a los niños a casa de la abuela; la madre de Beth. Los niños estaban felices de no ir a la escuela, como cualquier niño de su edad, y los padres felices de pasar un día a solas, como cualquier pareja con dos hijos.
Ahora, todos los días parecían de risas y diversión, ya que los niños se encontraban en su momento más ocurrente. Como que el tío Rob era perseguido por figuras de dinosaurios y un puñado de lombrices que Kath llevaba en la mano.
Desde que sus hijos nacieron, los nervios eran algo nuevo para Beth. Hablar frente a otros ya no le resultaba tan sencillo. A eso se había sumado un miedo nuevo: ser mamá. El mayor reto de todos. Ser madre exigía casi todo su tiempo, sin contar el esfuerzo diario que hacía por mantener, no solo a uno, sino a dos humanitos. Capaces de convertir un juego infantil en una prueba de quién sobrevive más tiempo.
Sus prioridades han cambiado. Ya no le importa hablar frente a un podio. Sus miedos ahora eran otros: que los niños durmieran temprano, que la comida estuviera lista o que sus hijos no la juzgaran por ver Grey's Anatomy.
Y aun así, amaba ser mamá. Amaba peinar a Kath cada mañana y cada noche, ayudar a Dylan con la tarea o arroparlo antes de dormir. Amaba llegar a la cama y encontrar a Logan esperando para esas noches en las que solo se concentraban en ellos dos y en recordar por qué se habían enamorado.
Logan sabía que a ella le gustaba dar clases. Desde que supieron de la entrevista, estaba convencido de que amaría enseñar en la universidad, con jóvenes más centrados en sus metas y en su futuro.
Durante la entrevista, Beth le pidió que esperara en el coche. Así lo hizo. Esperó más de una hora, distraído con un sudoku, hasta que levantó la vista y la vio regresar.