Impredecible

Capítulo 2

EL INICIO DEL FIN

Un dolor profundo le recorría desde el cráneo hasta el pecho y se extendía hacia la espalda, despertando a Logan.
Le dolía todo el costado; podía sentir las costillas astillándose contra su piel por dentro, como si algunos de sus huesos ya no encajaran. Escuchaba ruidos sin sentido, voces lejanas, murmullos que iban y venían, haciendo eco en su cabeza adolorida. Intentaba abrir los ojos, pero la luz lastimaba sus pupilas, como si quemara.

—¿Logan? —escuchó una voz familiar. Era Amber. La oía cerca, aunque al mismo tiempo se alejaba, como si estuviera dentro de un túnel—. Está abriendo los ojos —añadió.

Enseguida sintió unas manos frías tocando su cuerpo.

—Señor Logan, ¿puede escucharme? ¿Puede abrir los ojos?

Hizo el esfuerzo y unque lo logró, su vista era borrosa. Parpadeó varias veces hasta distinguir una silueta que poco a poco se fue aclarando.
Era Beth.

Sonreía. Su cabello caía libremente sobre sus hombros.

Él sonrió al verla. Visualizó cuando ella tomó su mano, pero su tacto no era el de Beth. Sus manos estaban frías; no eran las mismas manos cálidas y curiosas que conocía. No era ella.

Parpadeó varias veces y su imagen se desvaneció, como si se tratara de un fantasma.

Una enfermera ocupaba ahora su lugar.

—¿Entiende lo que le digo? —preguntó.

Logan asintió lentamente con la cabeza. Se sentía desorientado; no entendía qué estaba pasando ni por qué su cuerpo dolía de esa manera.

Cuando por fin pudo abrir bien los ojos, vio a Amber de pie, recargada en el marco de la puerta. Su semblante era agotado, con el rostro y la postura tensos, pero con una sonrisa esperanzadora al verlo despierto.

—¿Cómo estás, cariño? —preguntó suavemente mientras se acercaba al borde de la cama.

Logan notó sus ojos hinchados y las lágrimas que amenazaban con caer.

—¿Qué pasó? —preguntó con la voz ronca, casi inexistente.

—¿No lo recuerdas?

Trató de buscar recuerdos, pero todo era borroso.

—Tuviste un accidente...

—¿Un accidente? —repitió incrédulo—. ¿Dónde está Beth? ¿Está con los niños?

Amber dudó.

—Logan... ella estaba contigo en el auto.

—Dios, Amber... —intentó incorporarse, pero un dolor punzante en el costado lo obligó a retroceder y volver a recostarse.

—Tranquilo, Logan —intervino ella, ayudándolo—. Ella está... está bien.

Él bajó las manos que cubrían su rostro, ya húmedo de lágrimas.

—Quiero verla, Amber.

—Lo sé. Pero necesitas recuperarte primero, ¿de acuerdo? Tienes varias costillas fracturadas, no puedes ponerte de pie aún. Le diré que despertaste...

Aunque eso le dio algo de alivio, seguía sintiendo una necesidad desesperada de estar con ella.

Los días pasaron. Logan se recuperaba con dificultad y sin haber podido ver a su esposa. Amber le explicaba una y otra vez que Beth también estaba en recuperación y que pronto se verían. Pero eso no lograba tranquilizarlo.

★★★

El día del alta llegó. Estaba ansioso por volver a casa, aunque tendría que permanecer algunas semanas más en reposo y evitando caminar demasiado, de preferencia debía moverse en silla de ruedas. Sus costillas debían sanar por completo para evitar una lesión mayor.

—Amber, dime por favor en qué habitación está Beth.

—Logan... ella aún no podrá salir...

—Lo sé, ya me lo dijiste. Pero quiero decirle que vendré a verla todos los días.

Amber lo observó en silencio. Dudó. Finalmente asintió, rendida ante su insistencia.

Caminaron por varios pasillos hasta llegar al elevador. Subieron al quinto piso. El hospital era grande, uno de los mejores de la ciudad, pero aquel piso era distinto.
Un silencio abrasador. Apenas algunas enfermeras. Ninguna conversación. Solo sus pasos apresurados y respiraciones agitadas.

Al entrar a la habitación, la culpa lo golpeó con fuerza.

Beth estaba conectada a varios aparatos. Delgados tubos salían de su nariz y el monitor marcaba un ritmo cardíaco tranquilo, constante.

—¿Está dormida? —preguntó mientras se acercaba a la cama—. Hola, cariño...

Tomó su mano. Estaba fría.

Amber no respondió. Logan giró y la vio llorar en silencio.

—¿Amber?

En ese instante supo que algo estaba mal.

Salió apresurado de la habitación, buscando respuestas.

—¿Qué pasa con mi esposa? —preguntó sin aire a una enfermera detrás del mostrador.

—Voy por la doctora, señor. Espere aquí, por favor.

Trató de mantenerse sereno. Amber dijo que estaba bien, se repetía, aferrándose a esa frase para no caer en pánico.

Minutos después, una doctora se acercó.

—Señor Logan, soy la doctora Méndez. ¿Cómo...

—¿Qué le pasa a mi esposa? —interrumpió, ya desbordado.

—La situación de su esposa es delicada...

—¿Delicada? ¿A qué se refiere?

—Sufrió una lesión cerebral traumática. El golpe afectó varias zonas importantes de su cerebro...

—Pero está viva... respira... tiene pulso. Yo la vi...

—Así es. Pero su cuerpo entró en un estado de protección. Es una reacción natural. Sus signos vitales son estables, pero no podemos saber con exactitud cuánto tiempo permanecerá así.

Cada palabra lo golpeaba más fuerte. Como baldes de agua helada que nublaban cualquier sentido.

—Es Beth... ella es fuerte. No puede dejarme... no puede dejarnos...

Las lágrimas no se detenían.

—Hay esperanza —continuó la doctora—, pero con este tipo de lesiones la verdad es que el pronóstico es incierto.

Logan se dejó caer al suelo. Ya no escuchaba nada más. Su mundo se desmoronaba. Ni siquiera sintió el dolor que debió sentir en su espalda al estallar en el duro suelo.

Recordó aquel día. Las imágenes le llegaban a la mente, sin parar. Uno tras otro. Golpeándolo como piedras en una cruel tormenta. Ahora el recuerdo era un castigo. La imágen de ella, tirada en el pavimento de la carretera. Él intentando alcanzarla al mismo tiempo que se retorcía del dolor que sentía en todo su pecho. Gritar su nombre una y otra vez para que despertara y luego caer en una oscuridad hasta despertar aquí.




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