Impredecible

Capítulo 4

LA ENFERMERA

Los días siguientes transcurrieron sin ninguna novedad. Beth seguía recostada, tal vez perdida en algún lugar al que nadie más podía llegar. Logan, en cambio, sí estaba perdido: atrapado entre recuerdos, sollozos y gritos silenciosos que le apachurraban el corazón y le contraían el estómago.
Trataba de seguir adelante, de continuar con sus días, pensando que en cualquier momento inesperado ella podría volver. Pero eso se quedaba solo en un deseo; al final de cada noche, Beth seguía dormida y él, más despierto que nunca.

—Dylan me contó lo que les dijiste —lo sacó Amber de sus pensamientos.

Se encontraban guardando en una maleta algunas cosas de Beth que debían llevar al hospital. Para este punto, algunos días habían pasado y ella está completamente estable, así que pueden acomodarla en una habitación más familiar

—Me pareció bastante correcto cómo manejaste la situación —continuó.

—Y él me contó lo que tú les dijiste —replicó Logan sin mirarla. Su vista seguía fija en la maleta llena de objetos personales.

—Logan...

—Yo debía decirles, Amber —la interrumpió.

—Lo sé, pero el niño estaba muy confundido. Pasaron días sin saber nada de ti... ni de ella. ¿Qué esperabas que hiciera?

—Era mi decisión dar esa información.

—Ibas a mentirles... ¿Cierto?

Él no respondió. Se quedó quieto, mirando a la nada, analizando.

—No puedes esconderles la verdad. Es su madre.

—¡Y también es mi esposa! —estalló. Su rostro se había enrojecido y sus mejillas estaban empapadas.

—Él quiere verla...

—Y le dije que no —respondió tajante.

—No puedes prohibirles eso, lo sabes —insistió—. Sé que te duele, pero no puedes ser egoísta. Ellos también la están pasando terrible. También la necesitan.

El trayecto al hospital fue lo bastante incómodo como para dejar que la canción de alguna estación de radio se apoderara de ellos. Una vez ahí, algunas enfermeras se encargaron de recibir la maleta.

La nueva habitación era más amplia y tenía una enorme ventana por la que entraba el sol en plenitud. Se posaba sobre ella como si le perteneciera, como si fuera consciente de la situación e intentara abrazar a Beth con su calor, atraerla con su luz.

—Buenas tardes. Soy Alice, la enfermera particular de Beth —se presentó una joven de al menos veintitrés años.

Logan la miró con sorpresa.

—¿Tú? No creo que sea un trabajo para alguien tan joven.

—Es hija de uno de los doctores de aquí —intervino Amber—. Sabe lo que hace, Logan.

—Pero está en coma... —murmuró él, bajando la voz—. Tendrían que haber enviado a alguien con más experiencia.

—Tengo la experiencia necesaria —respondió Alice con calma—. Su esposa está clínicamente estable. Me encargaré de monitorearla las veinticuatro horas, administrarle los sueros y todo lo que sea necesario. Trabajo en este hospital desde que entré a la universidad y he sido enfermera particular para varias familias.

—Te dije que sabe lo que hace —añadió Amber, guiñándole un ojo.

—Lo siento —admitió Logan, observando cómo ambas salían de la habitación mientras Amber le daba indicaciones sobre horarios y cuidados.

Ahora se sentía como un completo idiota, pero la situación no le permitía sentirse de otra manera.

Los días pasaban lentos y pesados ante sus ojos, sin ninguna sorpresa que pudiera aliviar su corazón. Navidad y Año Nuevo transcurrieron sin celebraciones: sin reuniones, sin decoraciones, sin maratones de películas. La vida de todos parecía moverse en cámara lenta mientras esperaban, cada día, que ese fuera el día en que ella despertara.

Los niños por fin regresaron a clases tras dos semanas de vacaciones. Logan prefería trabajar desde la oficina; no soportaba estar en casa, donde su mente lo arrastraba a un pozo infinito de recuerdos que le dolían en el alma.

Amber cuidaba de los niños algunas horas al día, hasta que él pasaba por ellos para llevarlos de vuelta a casa. Pero al llegar, la rutina era siempre la misma: cada uno se encerraba en su habitación para dormir. La pequeña tenía pesadillas con frecuencia y buscaba refugio en su padre, quien, incapaz de sostenerla, prefería decirle que regresara a su cuarto.

Cada día, Logan levantaba una barrera invisible entre él y sus hijos, hecha de culpa y resentimiento hacia sí mismo. Cada "ve a dormir" o "no puedo ahora" era un bloque más en esa muralla que parecía no tener fin. No era que no los quisiera; simplemente no sabía cómo lidiar con todo. No sabía cómo no verla en cada gesto de Kath, en cada palabra que le decía.

Vivía en una especie de shock que no le permitía notar que, además de hacerse daño a sí mismo, también se lo hacía a ellos. En su mente estaba sembrada la idea de que, si Beth no despertaba, los niños lo culparían por haber estado al volante. Algo que él ya hacía.
Por eso prefería guardar distancia y esperar a que ella regresara, convencido de que solo entonces podrían arreglarse las cosas que su ausencia había roto.

En el hospital, las cosas eran distintas. Más tranquilas. Alice se encargaba de limpiarla, administrarle los sueros y monitorearla constantemente. A menudo conversaba con Amber, quien acudía por las mañanas mientras los niños estaban en la escuela.

Sus conversaciones eran las de cualquier persona que se está conociendo por primera vez. Sin embargo, con el paso de las semanas, Alice se había convertido en una especie de salvavidas para Amber.
Le agradecía tener a alguien con quien hablar, alguien que la sacara de sus pensamientos más pesimistas.

Alice también hablaba con Beth. La mayor parte del tiempo estaban a solas, y ella sabía —de algún modo— que eso ayudaba. No sabía si Beth podía escucharla, pero esperaba que al menos pudiera hacerle la situación un poco más amena.
Le contaba lo que Amber le decía de sus hijos: cómo Kath había sacado un diez en su examen de matemáticas y cómo Dylan había entrado al equipo de fútbol de su escuela.




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