Impredecible

Capítulo 5

LA PESADILLA

Ambulancias. El motor de los autos pasando. El frío de la mañana cala en sus huesos heridos. Todo es borroso y confuso, pero entre todo el caos logra ver la claridad de Beth, su presencia. Está de pie frente a la escena, con los brazos abiertos y esa sonrisa perfecta.

La observa adolorido. Intenta correr hacía sus brazos que lo llaman, que lo incitan a seguirla y estar con ella, pero unas manos lo sostienen por el torso. Todo se vuelve caótico repentinamente. Grita y se mueve desesperadamente mientras trata de zafarse, pero por más que lucha no puede hacerlo.

Lo suben a la ambulancia. Lo recuestan en la camilla y abren su camisa con fuerza, dejando su pecho al descubierto.

¡Preparen el desfibrilador! —una doctora más se acerca, pero en esta ocasión es Alice, quien mantiene las palas en sus manos—. ¡Carguen a doscientos joules! —ordena.

—¡No, no, no, estoy bien, estoy despierto! —alega Logan desesperado.

¡Todos fuera!

—¡No, Alice!

¡Descarga!sonido del choque.

Logan grita de dolor, sintiendo cómo un ardor le recorre desde el pecho hasta la punta de los pies.

¡Cárgalo otra vez!

—¡No, por favor! —ruega.

¡Descarga! sonido del choque. El dolor arrasa por todo su interior. Siente como si sus venas estuvieran en llamas, quemándolo internamente.

¡No responde! ¡No se detengan! ¡Una vez más! —pide mientras los enfermeros realizan el mismo procedimiento —. Vamos... vuelve — ruega en un sollozo.

—¡Estoy aquí, carajo!

¡Descarga!

La sensación es tan inmensa que despierta sobresaltado. Tanto su cuerpo como sus almohadas están empapadas en sudor. Mira por toda la habitación, buscando rastro de los enfermeros, pero solo observa su cuarto vacío. Algunos rayos de sol ya entran por su ventana.

Mira su reloj.

7:49 a.m.

—¡Mierda! —se levanta rápidamente de la cama y se alista para ir al trabajo.

Están a pocos meses de que haya transcurrido dos años desde aquel acontecimiento. Las cosas no han cambiado demasiado: solo personas más adultas tratando de seguir con sus vidas, algunas sin tener demasiado éxito.

Ella sigue en aquel hospital, recostada, tan plácidamente como si solamente estuviera dormida. La familia decidió mantenerla ahí, pues se sentían más seguros de que tuviera una vigilancia médica constante.

La familia se ha unido más que nunca. Algunos de sus tíos lejanos vienen a visitarla de vez en cuando y dejan flores u obsequios. Amber está agradecida de no sentirse tan sola en esos días.

Rob tuvo un golpe fuerte de realidad. Nunca le había gustado demasiado la ciudad y la situación de Beth lo hacía cuestionarse sobre su propia existencia. Así que prefirió mantenerse un poco lejos de todo e irse a vivir a un rancho, en donde conoció a una mujer y ahora espera a su primer hijo.

Para los niños, todo ha sido más complicado. Cuando Beth quedó en coma fue un poco más sencillo sobrellevar la situación, pero ahora que son más grandes se cuestionaban muchas cosas. Como, por ejemplo, vivir con la idea de que, aunque tienen una madre, no pueden llevarla a los festivales escolares como los demás niños y, peor aún; que su padre prefiera pasar más tiempo trabajando que creando buenos recuerdos con ellos.

Pero no es su culpa sentirse tan apartados de una vida normal. No saben que su papá sigue pasándola mal, que cada día tiene pesadillas interminables donde la ve. Su dolor no para; parece que quiere verlo retorcerse de culpa, y lo logra. Sufre por saberse vivo pero sin motivo alguno.

Los niños tuvieron que ser transferidos a una escuela un poco más adaptable a su presupuesto, pues el hospital toma una gran parte de sus ingresos. La idea no les había agradado, pero protestar no sirve en estos casos. Están acostumbrados a las reglas de su padre, aunque no siempre las comprendieran. No hablar de mamá con él es una regla implícita, silenciosa. Él prefiere tocar esos temas con él mismo.

No quiere decirles algo que pueda hacerles daño, Quiere mantener esa esperanza de que todo está bien y que va a despertar, aunque en dos años no lo ha hecho.

—¿Ya están listos? Su abuela los recogerá en un rato —sale de la casa sin decir más.

Como dijo, aproximadamente diez minutos después, su abuela los recogió para llevarlos a la escuela.

—Hola, corazones, buenos días —saluda animadamente mientras ayudaba a subir sus mochilas a la cajuela. Terminado esto sube al auto y pone marcha hacía el colegio—. ¿Despertó tarde de nuevo? —cuestiona

—La pesadilla... —agrega Dylan molesto.

Algunas veces a la semana, Logan tenía el mismo sueño del desfibrilador. Su pesadilla más común y dolorosa, pues pasaba de un dolor emocional a ser uno completamente físico. Tal vez era la representación del dolor real que sentía por dentro cuando se encontraba despierto.

—Sé que su padre tiene errores, pero deben saber que hace todo por ustedes. Él los ama.

—¿Y a mí? —pregunta Kath esperanzada.

—Claro que a ti también, mi niña. Su padre sufrió mucho cuando pasó el accidente y eso lo ha llevado a tomar ciertas decisiones...

—Nosotros también sufrimos —interrumpe Dylan —. No tenía que hacernos a un lado.

Baja del auto en cuanto se detienen frente a la escuela. Kath duda un poco, pero al final también baja.

Al dejar a su hermanita en su aula, regresa casi por el mismo camino para llegar a la suya.

La mayoría de niños en el pasillo lo miran con curiosidad. Aunque ya ha pasado casi un año desde que fue el niño nuevo, el morbo que provoca su situación parece crecer y extenderse por todos lados, más de lo que le gustaría. Algunos otros son buenos con ellos, pero eso no basta para evitar que las personas hablen y opinen sobre algo que desconocen y que para ellos es un dolor latente.

Se adentra en su aula y, como siempre, escoge la banca al fondo del salón. La soledad se convirtió en su única amiga en estos tiempos, y no le agrada.




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