Impredecible

Capítulo 6

EXTRAÑOS

La vida parecía ser lo bastante dura para los niños pequeños. Que su juguete favorito se rompiera era toda la destrucción de su pequeño mundo.

Kath se sentía confundida. ¿Por qué papá no me mira como lo hacía? Se preguntaba con frecuencia, pero no parecía tener una respuesta a eso.

Ella no entendía el dolor inmenso que su padre sentía en el pecho, como cargaba con la vida de todos incluyendo la de él. Simplemente podía sentir el desprecio que este mismo le generaba. No lo entendía, pero se sentía feliz cuando papá entraba a su cuarto y simplemente la observaba. Ella fingía estar dormida, no quería que ese granito de felicidad se le fuera. Mientras él siguiera entrando a su cuarto a observarla, ella se conformaba.

La escuela no le interesaba demasiado, sus compañeros no la incluían en las actividades, pero no le importaba, prefería estar sola.

Todos los maestros se aferraban siempre a que trabajara en equipo, o que se relacionara con los demás. A ella no le interesaba y estaba segura de que a los demás tampoco.

-Hola -una de sus compañeras la saludó animadamente. Tenía una muñeca en la mano y esta le cepillaba el cabello. Kath ladea la cabeza mientras la observa-. ¿Te gusta mi muñeca? Mi mami me la compró -Kath asintió animada-. Mi mami dice que tu mami está en el hospital

-Eso creo -respondió tímida.

-¿Está muerta?

-¡Claro que no! -respondió alzando la voz y sintiendo su corazón en sus oídos.

-Mi mamá dijo que si lo estaba. También me dijo que te dijera que cualquier día ella podría ir a animar a tu papá -sin pensarlo dos veces, Kath se abalanzó contra ella, haciéndola caer al piso y tratando de arañar su rostro.

La maestra que apenas iba entrando al aula se acercó rápidamente a separarlas.

Llevaron a ambas a la oficina del director, el cual les puso una suspensión de un día de castigo.

Estuvieron casi media hora tratando de localizar a algún pariente de Kath que pudiera recogerla, pero no encontraron a nadie.

Después de una larga insistencia por parte de Kath, que la dejaran regresar sola a casa pues su papá estaba demasiado ocupado; el director accedió no muy convencido y la dejó ir.

★★★

Regresar caminando a casa era su actividad favorita del día. Aunque el día de hoy fuera gracias a una sanción.

Los días que Dylan la acompaña a casa no le gustaban demasiado. Caminaba con pereza y el camino a casa era bastante largo. Le gustaba mucho más cuando su hermano mayor tenía que quedarse en el entrenamiento de fútbol. Esos días sí que los disfrutaba.

Veía los árboles meciéndose gracias al viento, escuchar el aleteo de las aves apresuradas por alguna llovizna. Incluso bailaba sobre las hojas secas que caían al suelo en otoño. Era su sonido favorito en el mundo.

Nunca llegaba a casa de inmediato. Se tomaba la libertad de pasar al parque que estaba de paso. No hacía gran cosa. Muchas veces simplemente tomaba asiento en la banca y observaba a los demás niños. O compartía su sandwich que no había comido en la escuela, con las palomas que ahí vivían.

Este día, no fue la excepción. Llegó al parque y tomó asiento en la misma banca de siempre.

Esta vez tenía ganas de hacer algo diferente. Sacó su cuaderno, sus colores y empezó a dibujar.

El parque. Las nubes. Todos los niños jugando. E incluso se dibujó a ella misma sentada en la banca. Le pareció un dibujo bastante bonito. Hasta que notó la soledad que emanaba verse ahí, sola. También notó como se había dibujado sin una sonrisa. Solo un rostro neutral en un lugar en donde debería de sentirse feliz.

Decidió dibujar a mamá a su lado. Hacía tanto tiempo que no la veía, pero suponía que debía llevar el mismo color de cabello, sus mismos ojos y su sonrisa bonita y contagiosa.

Sonrió al ver su dibujo completo. Ahora ya no se sentía tan sola.

Miró en la orilla de su cuaderno, la esquina de un papel color rosa, estaba doblado y funcionaba como separador entre las hojas de su cuaderno. Lo sacó y leyó el nombre de un hospital.

Recordó el día en el que escuchaba sigilosamente una plática que había tenido su abuela con su papá. Necesitaban contratar a una enfermera, papá estaba molesto pues alegaba que él podía cuidar a Beth. Su abuela, en cambio; le decía que debía volver a su trabajo y tratar de hacer su vida normal, no debía seguir en esa depresión que lo mantenía encerrado por días en su habitación. Ese día hicieron tantas llamadas a diferentes enfermeras y se repitió tantas veces el nombre del hospital donde se encontraba Beth, que Kath ya lo había memorizado y lo había guardado como un recuerdo de su mamá.

-Que lindo dibujo -una voz grave la sacó de sus pensamientos. Un señor bastante adulto se encontraba sentado en la misma banca, a unos metros de ella. Kath lo ignoró por completo y empezó a guardar sus cosas en su mochila-. ¿Ya te vas?, pero si acabas de llegar. Déjame ayudarte.

El señor se acercó lo suficiente como para hacer retroceder a Kath y arrebatarle su mochila de las manos.

-Niña, ¿tu mami no te enseñó que debes ser obediente con los adultos? -ella en cambio no respondió. Se quedó inmóvil en el mismo lugar. Solamente sintiendo como su pecho subía y bajaba gracias a su respiración agitada.

La mirada de aquel hombre le parecía oscura, le causaba bastante miedo, pero se sentía pegada al suelo y no podía ordenar a sus pies huir de ahí.

En un movimiento rápido, intentó alcanzarla, pero ella fue más rápida y trató de correr, cuando aquel hombre había alcanzado a tomar una correa de su mochila.

Desesperada, se zafó de su mochila y por la fuerza con la que la tomaba, en cuanto se soltó cayó al suelo, haciéndose raspones en sus palmas.

-¿Qué pasa aquí? -una mujer que estaba en el arenero con su bebé veía de lejos la escena y se acercó. Analizó la mirada horrorizada que tenía Kath y supo que algo estaba mal-. Yo soy su madre -demandó con voz fuerte.




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