Hay días en los que ser psicóloga se siente como un trabajo mas bonito del mundo. Hoy no es uno de esos días.
Esta es la cuarta consulta que terminaba desde las ocho de la mañana. Tenia la espalda tensa, la cabeza llena de historias y confesiones ajenas y un café enfriándose sobre mi escritorio.
Deje el expediente a un lado, ya casi es hora de irme a casa. Al fin. Me frote los ojos con mucho cansancio.
-Necesito un descanso.... O un milagro.
Me levante decidida a ir al baño, pero tres golpes en la puerta me hicieron detenerme.
-Adelante.
La puerta se abrió y apareció Kamila mi secretaria. Su cabello negro, liso y a la altura de los hombros estaba tan impecable como de costumbre. Sus ojos color miel recorrieron mi despacho antes de detenerse en mí. Era alta de piel clara y tenia una elegancia que hacia parecer que nunca estaba despeinada, ni siquiera después de una jornada interminable. Llevaba varias carpetas entre brazos.
-Dra Vega, acaba de llegar una mujer. Dice que necesita una cita urgente para su hijo.
-Kamila mi turno termino, La última paciente era Valencia y ya se fue.
Mi secretaria asintió, entendiendo perfectamente.
-Lo sé, pero insiste mucho en verla, se ve bastante desesperada —exclamó mi secretaria.
Me quedo en silencio por algunos segundos. Esta es la parte en que mas me cuesta decidir, si seguir adelante con el paciente o no cuando mi jornada había acabado. No porque no quisiera ayudar, sino porque también soy humana. Estaba agotada llevaba todo el día escuchando problemas, emocionales y dolores que no eran míos, y se que alguna forma siempre terminaba pesando un poco sobre mis hombros.
Miro mi reloj, sobre mi escritorio, mi turno había terminado hace cinco minutos.
Estaba por decirle a mi secretaria que agendara la cita para el día siguiente cuando la puerta del consultorio se abrió sin previo aviso.No fue una entrada tímida.Fue una entrada que hizo que toda la habitación se quedara en silencio.
Una mujer alta apareció en la puerta con una seguridad que no necesitaba presentación. Su presencia era elegante, imponente. Tenia el cabello rubio ondulado cayendo sobre sus hombros, unos ojos azules intensos que parecía analizar cada detalle a su alrededor y pequeñas pecas que contrastaba con su piel clara. Su maquillaje era impecable, igual que su postura.
No necesitaba demostrar quien era. Su forma de caminar lo decía todo.
—Buenas tardes. Dijo con voz firme y segura —Soy Isabel Collins.
Mi expresión no cambio, pero por dentro me sorprendí. Un apellido que representaba poder, prestigio y una historia construida durante generaciones. Personas que no necesitaban presentarse demasiado, porque su apellido ya hablaba por ellas.No era común que alguien de ese nivel apareciera en mi despacho.
No porque mi trabajo no tuviera valor. Al contrario.Vital Institute of Psychology era una institución reconocida en la ciudad, formada por profesionales preparados y con una reputación construida durante años. Yo sabía el valor de mi trabajo y todo lo que había conseguido gracias a mi esfuerzo.
Pero también sabía que alguien como Isabel Collins podía elegir a cualquier psicólogo.Y aun así estaba aquí. Frente a mí.
—Mucho gusto, señora Collins —respondí finalmente, manteniendo la calma —¿En qué puedo ayudarla?
Ella no perdió tiempo. —Necesito una consulta para mi hijo—Tomé mi libreta. —Entiendo. ¿Desea reservar una cita?
—La necesito para hoy.
La miré durante unos segundos.
—Señora Collins, comprendo la situación, pero mi horario terminó. Puedo reservar una cita para mañana a primera hora y con gusto atenderé a su hijo.
Esperaba que lo entendiera.Pero la expresión de su rostro no cambió.
Era como si la respuesta que acababa de darle fuera algo que jamás había escuchado.
—Dígame cuánto quiere que le pague.
Parpadeé sorprendida. Durante un momento pensé que no había escuchado bien.
—¿Disculpe?
—Quiero que atienda a mi hijo hoy. Dígame cuánto cuesta que haga una excepción.
La forma en que lo dijo no sonaba como una petición. Sonaba como una orden.
Sentí una pequeña molestia crecer dentro de mí.
Me levanté de mi silla y la miré directamente.—Señora Collins, con todo respeto, yo no trabajo de esa manera—Ella me observó con una ligera sonrisa.
—¿Perdón?— dijo con incredulidad.
—Si usted necesita una cita, puede reservarla con mi secretaria. Estaré encantada de atender a su hijo cuando corresponda.
La señora Collins me miró durante unos segundos.—Después dirigió su mirada hacia Kamila.
Por primera vez, algo parecido a la sorpresa apareció en su rostro. Al parecer, no estaba acostumbrada a que alguien le dijera que no.
—Entienda, doctora Vega.Su voz se volvió más seria.—Quiero una cita para hoy-Hizo una pausa. -No mañana. No después. Hoy.—El silencio llenó mi despacho. Respiré profundamente.
Había aprendido algo durante mis años como psicóloga: muchas personas intentaban controlar una situación cuando sentían que estaban perdiendo el control de algo más importante.Y esa mujer, por muy poderosa que fuera, no parecía estar aquí por simple capricho.Parecía desesperada.
-Entonces dígame algo, señora Collins -respondí con tranquilidad-. ¿Qué está pasando con su hijo para que una mujer como usted haya llegado hasta aquí sin siquiera esperar una cita?—Durante unos segundos, nadie respondió.
Hasta que una voz masculina rompió el silencio.
—Madre.
Mi mirada se dirigió hacia laentrada. Y entonces lo vi.
Y esa mirada...
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Editado: 15.07.2026