Impulso

CAPITULO 4

El viernes transcurrió con la pesadez de las vidas ajenas. Estaba a mitad de la sesión con Daniel, cuyo divorcio se sentía como una herida que no cerraba.

—No puedo imaginar una mañana sin ella, doctora —repetía con la mirada perdida—. La casa se siente vacía.

—Daniel, el duelo es un proceso, no una carrera —le respondí con voz pausada—. Debes enfocarte en tus nuevas rutinas. Retoma el contacto con tus amigos y, sobre todo, no te aisles. Te veré el próximo martes a la misma hora, espero que para entonces hayas seguido mis recomendaciones.

Cuando finalmente cerré la puerta tras él, miré el reloj de mi mesita: 7:00 p.m. La jornada había terminado. Me sentía cansada, estaba exhausta de tanto trabajo. Al salir de la oficina, me despedí de Kamila con una sonrisa genuina. En mi celular, el grupo de WhatsApp con mis amigas; Niurka y Fiorella ya confirmaban su llegada al bar del centro.

Al llegar a casa, encontré a Clara, mi hermana, esperándome. Ella era un torbellino de energía: rubia de cabello corto —un cambio radical de su tono natural que heredó de papá—, con un cuerpo de curvas de infarto que sabía lucir a la perfección.

—¡Eli! —exclamó, lanzándose sobre mí—. Es una eternidad desde que salimos juntas. ¿En serio vas a seguir siendo la Dra. Vega toda la noche? ¡Es hora de que aparezca Eli, mi hermana, la mujer que sabe divertirse! Vamos a bailar hasta que el cuerpo aguante.

Me dejé convencer. Me puse una falda de cuero negra, corta y ajustada, y unas botas altas que realzaba el oufit. Elegí un top negro que se anudaba al cuello, dejando mi espalda completamente al descubierto. Un maquillaje intenso, labios rojos y el cabello suelto y rebelde terminaron de completar mi transformación.

El bar estaba a reventar. Luces de neón cortaban la oscuridad y la música retumbaba en nuestras costillas, una melodía pegadiza que te obligaba a moverte. Niurka, morena y con una cabellera chureada que le daba un aire espectacular, ya tenía una ronda de tragos en la mesa. A su lado, Fiorella, de piel pálida y cabello negro azabache, reía ante algo que Clara decía.

Bebí más de lo debido, sintiendo cómo el alcohol me liberaba del peso de los pacientes y los diagnósticos.

A medida que la noche avanzaba, terminé en la pista. Estaba mareada, feliz, perdida en el ritmo. Fue al girar, cuando una sombra en la zona VIP capturó mi atención. En una mesa apartada, un hombre bebía un vaso de whisky con una arrogancia que cortaba el ambiente. Sus ojos, azules y profundos, se clavaron en mí mientras me movía. El corazón se me detuvo por un momento. Era él. Matteo Collins. Me observaba con una intensidad que parecía juzgarme y al mismo tiempo asombrado. Pero, justo cuando alguien pasó frente a mí en la pista, cerrándome la visión, pestañeé. Cuando la persona se apartó, miré hacia la zona VIP, pero ya no había nadie. Supuse que mi borrachera me estaba jugando una mala pasada y, restándole importancia, me entregué a la música con mis amigas.

La noche terminó en una pijamada caótica en mi casa, entre risas que se apagaron conforme el cansancio nos venció. El sábado fue una tortura de resaca, seguida de un domingo de desayunos con las chicas y una tarde de shopping comprando ropa y accesorios.

El lunes, sin embargo, el mundo volvió a ponerse serio. Estaba sentada en mi escritorio, frente a Lucas. El chico, apenas un adolescente, tenía los hombros caídos y una expresión de derrota que me rompía el alma.

—A veces siento que, si desapareciera mañana, a nadie le importaría realmente, doctora —dijo Lucas, con la voz quebrada.Me incliné hacia adelante, tratando de proyectar la calidez que él tanto necesitaba.—Lucas, el dolor no es una prueba de que tu vida carece de valor, es una prueba de que estás lidiando con algo que pesa demasiado para una sola persona. Estoy aquí para ayudarte a cargar ese peso, no para que lo lleves solo —dije, buscando sus ojos—. ¿Has intentado hacer el ejercicio de escritura que te sugerí? Escribir lo que sientes antes de dormir puede ayudar a...

No pude terminar. La puerta de mi oficina se abrió de golpe, que hizo que Lucas saltara en su silla. El aire en la habitación cambió al instante, volviéndose denso y frío. Mis ojos viajaron hacia la entrada, viendo a una figura imponente que bloqueaba la luz del pasillo. Sus facciones duras, su traje impoluto y esa mirada azul que parecía capaz de perforar cualquier fachada de calma, lo delataron al instante. Era él. Matteo Collins.




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