Impulso

CAPITULO 5

El despacho era mi santuario. Las paredes de tono neutro y la puerta de madera maciza, de diseño moderno y elegante, cumplían la función de aislar el mundo exterior. Pero fue invadido por alguien que me hacía perder mi compostura.

Detrás de él, pude ver a Kamila, mi secretaria. La conocía lo suficiente para notar que su rostro estaba pálido y su postura tensa delataba el pánico de no haber podido detenerlo.

Mi sorpresa fue total. Sentí cómo la sangre se me subía al rostro, no por vergüenza esta vez, sino por una irritación profesional que intenté canalizar.

—Señor Collins —dije, enderezando mi espalda—. ¿Qué es esto? Estoy en mitad de una sesión.

Él no se inmutó. Matteo llevaba un traje gris que se ajustaba a la perfección. Su presencia era magnética, pero para mí, él era un paciente —uno extremadamente difícil— y nada más. Cuando caminó hacia mi escritorio, me invadió un aroma inconfundible: una mezcla de tabaco, Whisky y lavanda, un perfume caro que no lograba distinguir.

—Buenas tardes, Dra. Vega —su voz era grave— Mi madre insiste en esta "terapia", que no me ayudará en nada pero se lo prometí y soy un hombre de palabra.

—Si desea asistir a una sesión, debe seguir los protocolos —repliqué, manteniendo mi mirada fija en la suya—. Al lado está el Dr. Leo, un colega capacitado. Puede ir ahora mismo, mencionar mi nombre, y le atenderá con gusto.

—Si haré está farsa será con usted.

—Como ve estoy en una sesión, pero mi compañero es demasiado bueno.

—Dije que será con usted o con nadie —respondió él, cortante.

La irritación en mi pecho se convirtió en un desafío. Me giré hacia Lucas, intentando no transmitirle la tensión que yo misma sentía.

—Lucas, discúlpame por este inconveniente. ¿Podrías esperar un momento en el sillón de afuera? Kamila te atenderá mientras termino esta gestión. En unos minutos volveremos a retomar, te lo prometo.

El chico asintió y salió. Kamila cerró la puerta. Matteo se sentó en la silla frente a mi escritorio con una naturalidad. Sus ojos recorrieron mi oficina hasta detenerse en la estantería. Se levantó y caminó hacia ella, pasando un dedo sobre los lomos de mis libros.

Sacó un ejemplar de La autora Sophia Lark. —Interesante colección, doctora. Literatura erótica clásica—dijo leyendo el empastado— No sabía que sus métodos de estudio eran tan... impropios para un consultorio.

Sentí un calor abrasador subir por mis mejillas, me sentí profundamente avergonzada. Me llevé la mano a la cara instintivamente, odiando la forma en que mi cuerpo me traicionaba.

—Eso no tiene nada que ver con su terapia, señor Collins —espeté, intentando ocultar mi rubor—. Y le sugiero que deje de tocar mis pertenencias.

Él se giró con una sonrisa cínica que me hizo hervir la sangre.

—Oh, pero lo es. Como también es relevante el hecho de que su profesionalismo es bastante selectivo, Dra. Vega. Vi cómo bailaba el viernes en ese bar. Es curioso cómo una mujer que predica el control pierde toda compostura en cuanto suena la música. ¿Es ese su verdadero rostro? ¿La psicóloga seria de día y la chica que se contonea en los bares de noche?

Mis nudillos se pusieron blancos contra el escritorio.

—Lo que yo haga en mis días libres, mi forma de vestir o cómo decida pasar mi tiempo, no es de su incumbencia, señor Collins. Está aquí para retomar su terapia, no para juzgar mi vida privada. ¿O acaso su arrogancia le impide enfocarse en su propio bienestar?

Él soltó una carcajada seca, regresó a su asiento y apoyó los codos en la mesa, mirándome con una frialdad calculada.

—Muy bien, doctora. Veamos si su capacidad analítica es tan aguda como su lengua. ¿Qué preguntas tiene para mí hoy?—preguntó mirándome con cinismo.

Comenzamos un tira y afloja constante. Yo lanzaba preguntas sobre su ego y su control, y él las esquivaba con comentarios hirientes, probando mis límites en cada respuesta. Fue un duelo de poder agotador.

Cuando el tiempo se agotó, él se puso en pie. Se ajustó el saco de su traje, alisando la tela con una mano. Sin decir una palabra más, caminó hacia la puerta con un paso firme y seguro. Se detuvo en el umbral, con la mano apoyada en la manija de madera, y se giró solo lo suficiente.

—Nos vemos en la próxima sesión, doctora —dijo, sin dejar espacio para réplicas.

Cerró la puerta con un clic seco, dejándome en un silencio absoluto. A los pocos segundos, la puerta se abrió suavemente y Kamila asomó la cabeza, observándome con cautela.

—Dra. Vega, ¿está bien? ¿Quiere que cancele la sesión restante o desea continuar con Lucas?

Respiré profundo, tratando de recuperar mi cordura habitual mientras mis mejillas comenzaban, poco a poco, a perder ese ardor incómodo.

—Sí, Kamila —respondí, logrando que mi voz sonara firme—. Quiero seguir con la terapia. Tráeme a Lucas, por favor.




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