Elizabeth
El viernes amaneció con el sol pegando de lleno contra el cristal de mi ventana. Me levanté con la pesadez propia de quien sabe que le espera una jornada larga, pero con la cabeza despejada, enfocada únicamente en los objetivos del día. No había margen para errores; el consultorio exigía una precisión absoluta y yo estaba dispuesta a cumplir con ese estándar.
La mañana fue un ciclo constante de entrar y salir de la realidad de los demás. Atendí a mis dos primeros pacientes de la agenda, personas con nudos en la garganta y secretos que los atormentaban, en sesiones de una hora que se me hacían eternas. Al terminar, el silencio de mi despacho fue mi refugio. Me puse a trabajar en los expedientes, revisando cada hoja, asegurándome de que los diagnósticos y las notas estuvieran impecables. Esa era mi zona segura: el orden, los informes y la estructura.
A las dos de la tarde, el ambiente cambió. Salí de mi oficina y caminé por el pasillo hacia la sala de reuniones principal. Ahí estaban todos mis colegas, con sus carpetas bajo el brazo, y al frente, el dueño de la empresa. La reunión fue densa. Hablamos de números, de los presupuestos para el próximo trimestre y de los estándares de atención al cliente. El señor Adrián era un hombre de pocas palabras pero de exigencias altas, cualquier desviación en la calidad de nuestro servicio era un tema que él no pasaba por alto. Escuché, anoté todo lo necesario, manteniendo siempre la postura correcta. Fue una hora larga de debate y estrategia que terminó dejándome el cuello tenso y la mente agotada de tanto trabajo.
Cuando finalmente regresé a mi oficina, ya pasaban de las cuatro y media. Me dejé caer en mi silla, cerré los ojos un segundo y solté un suspiro largo. El despacho estaba en silencio, la luz de la tarde comenzaba a teñir las paredes de un tono más cálido y el aire acondicionado mantenía la temperatura perfecta.
Unos toques firmes en la madera de la puerta interrumpieron el silencio.
—Adelante —dije, levantando la vista.
Kamila asomó la cabeza, manteniéndose en el umbral como siempre.
—Dra. Vega, el paciente Lucas ya está en la sala de espera. ¿Prefiere que lo haga pasar?
—Sí, Kamila. Hazlo pasar ahora mismo —respondí, cerrando una carpeta.
Lucas entró con su habitual inseguridad. La sesión duró lo esperado, una hora y media donde tuve que volcar toda mi energía en guiarlo, en mantener el hilo de su discurso y en ofrecerle las herramientas necesarias para su avance. Fue agotador. Cuando finalmente salió del despacho, me sentí drenada.
Sin embargo, no era momento de descansar. Tenía una pila de expedientes que debían llegar a la administración antes de que cerraran el turno. Me puse a trabajar de inmediato, organizando los papeles, sellando sobres y redactando los informes de cierre. Estaba tan concentrada en terminar el papeleo rápido para cumplir con las exigencias de la empresa, que apenas registré el sonido de mis propios movimientos.
Fue en ese estado de fatiga, donde lo único que quería era terminar para irme a casa, que la puerta de mi oficina se abrió sin previo aviso. Ni un golpe, ni una espera.
Levanté la vista de los expedientes, frotándome las sienes con cansancio. No me sorprendió que fuera Matteo Collins, a esas alturas, su falta de modales era lo único predecible en él. Entró con ese aroma a lavanda que ahora comenzaba hacerse familiar, moviéndose con la misma arrogancia de siempre hasta dejarse caer en la silla frente a mi escritorio.
—Señor Collins, esto es un abuso —dije, sin ocultar mi hartazgo—. Estoy trabajando y tengo un horario que respetar. Usted no tiene cita hoy. ¿Qué hace aquí?
Él no se dio por aludido. Se recostó en la silla, cruzó las piernas y me miró con esa media sonrisa cínica que empezaba a ser un dolor de cabeza.
—Los planes cambian, doctora —respondió con una voz grave, desinteresada—. Tenía un par de dudas sobre nuestra sesión que no podían esperar al lunes. Supuse que me recibiría, ya que le gusta tanto la ética profesional.
Estaba abriendo la boca para lanzarle una réplica que lo pusiera en su sitio cuando mi teléfono vibró sobre el escritorio. Miré la pantalla por instinto. Era un mensaje de Cristian:
“Todavía tengo pesadillas con el Black Velvet que pediste anoche, esa mezcla es ilegal en tres estados. Si aceptas cenar conmigo, te prometo que esta vez yo elijo la bebida para que no necesites un exorcismo después. ¿Te apuntas?”
Al leerlo, mis labios se curvaron solos en una sonrisa. No fue algo profesional ni forzado, simplemente me salió. Habíamos estado hablando desde anoche y, aunque no quería admitirlo, el tipo me agradaba bastante. Tenía una forma de ver las cosas que me resultaba fresca, y el mensaje me dejó una sensación de ligereza que no tenía en todo el día.
Pero al levantar la vista, me encontré con la mirada de Matteo. Se había quedado helado. Su postura, antes desgarbada y cínica, se transformó en una línea tensa. Me miraba con una intensidad que no supe descifrar, y por un momento, el ambiente en la oficina se volvió pesado.
—Parece que el dispositivo tiene algo muy entretenido —dijo él. Su voz había bajado varios tonos, volviéndose más oscura—. No sabía que tuviera un lado tan... sociable, Elizabeth.
Mi nombre, pronunciado por él, me irritó. Puse el teléfono boca abajo, borrando cualquier rastro de mi sonrisa. La fachada de profesionalismo volvió a su sitio al instante.
—Señor Collins, le sugiero que mida sus palabras —dije, con el tono seco que usaba para marcar distancia—. Mi vida privada no es de su incumbencia. Si no tiene intención de comportarse, le pido que se retire. Mi tiempo es limitado.
Él se puso en pie lentamente, sin dejar de mirarme. No parecía intimidado por mi advertencia, sino más bien molesto, como si hubiera descubierto algo que no encajaba en su idea de mí.
—¿Elizabeth? —repitió, saboreando el nombre con una ironía que me puso los nervios de punta—. Es curioso que quiera controlarlo todo, que necesite parecer tan perfecta. ¿Es algún defecto de fábrica o simplemente una elección consciente?
Sentí cómo la sangre me subía a las mejillas. Él me observaba como si fuera un rompecabezas que le divertía desarmar, y esa calma suya me irritaba profundamente.
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Editado: 01.08.2026