Elizabeth
Llegar a casa fue un respiro necesario. El agua caliente de la ducha deshizo el agotamiento acumulado y, frente al espejo, elegí mi ropa. Me puse un vestido rojo, ceñido, y unos tacones negros. Me maquillé con cuidado, decidida a que la etiqueta de "aburrida" que Matteo me había colgado se desvaneciera en cuanto saliera por la puerta.
Al llegar al restaurante, localicé a Cristian rápidamente. Era un hombre alto, con un cuerpo trabajado que se adivinaba bajo su camisa impecable, un cabello rubio chocolate y unos ojos oscuros que parecieron iluminarse al verme. Se levantó con agilidad y me saludó con una caballerosidad que me hizo sentir especial.
—Estás muy hermosa, Elizabeth —dijo, y le agradecí con una sonrisa auténtica.
La cena fluyó con una naturalidad inesperada. Hablamos de temas triviales durante un buen rato, hasta que él me miró con curiosidad.
—¿Y tú a qué te dedicas exactamente, Elizabeth? —preguntó.
—Soy psicóloga—respondí, manteniendo la calma—. ¿Y tú? ¿A qué te dedicas?
—Yo trabajo en una corporación llamada Vincis —respondió él.
Puse una cara de duda, tratando de recordar si había escuchado ese nombre antes, pero no lograba ubicarlo. Cristian pareció notarlo de inmediato y soltó una pequeña risa.
—Es una empresa logística —explicó con paciencia—. Nos dedicamos a la cadena de suministro y transporte de productos alimentarios a gran escala. Movemos toneladas de comida fresca desde los centros de producción hacia diferentes ciudades. Es un negocio complejo, pero vital.
Mientras hablábamos de sus desafíos gestionando flotas y tiempos de entrega, sentí un escalofrío. Tuve la persistente sensación de que alguien me observaba desde la penumbra del salón. Discretamente, desvié la mirada hacia atrás, tratando de identificar a alguien, pero no vi a nadie.
Platicando de algo trivial cuando noté que Cristian, de repente, se tensó. Su mirada se desvió por encima de mi hombro hacia la entrada, su mandíbula se marcó y su expresión se endureció por un segundo antes de recuperar su máscara de confianza.
—¿Estás bien? —le pregunté, notando su cambio de actitud.
Él parpadeó, volviendo a enfocarse en mí con una sonrisa algo nerviosa, aunque intentó mantener su porte arrogante.
—Ah, sí, sí, sí. Estoy bien. Solo... supongo que el cansancio del trabajo empieza a hacer peso. ¿Quieres que te acompañe a tu casa?
—No, no hace falta, gracias —respondí amablemente—. Vine en mi propio carro, así que prefiero irme manejando yo misma.
—Entiendo —dijo él. Nos levantamos y nos dirigimos a la salida. Antes de despedirnos, me miró a los ojos con intensidad—. Me encantó la velada contigo. Espero que nos volvamos a ver para seguir conociéndonos.
En mi mente, una batalla se libraba en silencio. ¿Quiero esto? Mi vida era un calendario estricto y no había espacio real para el romance, pero Cristian era carismático y me inspiraba una confianza extraña. Me intrigaba seguir descubriendo su mundo, aunque fuera solo como amigos.
—Perfecto —dije con una sonrisa medida—. Espero que nos podamos volver a ver... como amigos.
Él me dedicó una sonrisa llena de significado. Me acompañó hasta mi carro y, antes de que pudiera abrir la puerta, tomó mi mano con elegancia y dejó un beso sobre ella. El gesto fue caballeroso, pero sentí una electricidad inesperada que recorrió mi brazo.
Al llegar a mi puerta, un destello de color me detuvo: un ramo de rosas impecables.
Intrigada, llamé a la puerta de mi vecina. Bri abrió enseguida con su habitual amabilidad.
—¡Oh, hola Elizabeth! ¿Cómo estás? ¿Qué te trae por aquí a estas horas? —preguntó con una sonrisa radiante.
—Hola, Bri. Estoy muy bien, gracias por preguntar —respondí, mostrándole el ramo—. Oye, ¿viste si alguien dejó esto en mi puerta?
Ella miró las flores y luego el pasillo, luciendo confundida. —¡Ay, pero qué hermosas! Pero pues no, Eli, no he visto a nadie. He estado todo el tiempo aquí en el salón con la televisión puesta y no escuché ni un solo paso en el pasillo. ¿Alguien te las dejó?
—No tengo la menor idea, pero gracias de todos modos —dije, sintiéndome extrañada.
Regresé a mi apartamento y cerré la puerta. Tras la rutina de siempre —alimentar a Nico, mi gato, servirme una copa de vino y cambiarme para dormir—, abrí mi laptop para organizar la semana. El silencio de la casa me recordó la realidad: el lunes a primera hora tenía la sesión con Matteo Collins. Revisé la fecha, sintiendo una punzada de ansiedad al ver su nombre resaltado. Apagué la computadora, pero la incertidumbre de quién había dejado las flores ahí seguía en mi cabeza.
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Editado: 01.08.2026