Impulso

Capitulo 9

Matteo

La reunión en la sede corporativa de la compañía había sido un desgaste innecesario, una prueba de resistencia para medir la paciencia de un hombre que no toleraba las tonterías ajenas. Tres horas enteras de negociación técnica sobre los estrictos protocolos de importación y la planificación detallada para los grandes proyectos de equipamiento integral que debíamos cerrar antes de que finalizara el trimestre. Estaba harto, asfixiado por el formalismo estéril de los socios y directores. Mi cabeza palpitaba con una insistencia molesta, una mezcla punzante y desagradable entre los tragos de whisky de la noche anterior y una irritabilidad interna que me quemaba por dentro, a punto de desbordarse.

Salí del edificio corporativo ajustándome la corbata de seda con lentitud milimétrica, deteniéndome apenas un segundo antes de ocultar mis ojos tras mis característicos lentes oscuros; el sol de la tarde londinense era un intruso impertinente que me fastidiaba la vista. Apenas puse un pie en el estacionamiento privado, el teléfono vibró de forma insistente contra mi pierna, interrumpiendo el silencio denso de mis pensamientos.

Miré la pantalla con fastidio. Era ella. Mi madre.

Deslicé el dedo por la pantalla y respondí con voz helada, sin la menor intención de fingir cortesía:
—Madre —dije, seco. Ya sabía exactamente hacia dónde se dirigía esa tediosa conversación antes de que siquiera abriera la boca.

—Matteo —su voz al otro lado de la línea era esa imploración elegante, ensayada y cortante que me crispaba los nervios de inmediato—. Sabes perfectamente a qué te estoy llamando. No me hagas perder el tiempo con evasivas.

Hubo una pausa calculada, lo suficientemente larga para escuchar su respiración controlada y altiva antes de continuar con ese tono que usaba para juzgar, medir y desaprobar todo lo que no estuviera a la altura de nuestro estatus:
—No eres el mismo desde lo que pasó en la gala. Solo pasas enojado, encerrado en tu estudio, trabajando como un maldito autómata y consumiendo alcohol sin control para adormecer tus frustraciones. Esa no es una vida digna de nosotros, de los Collins. Tenemos un nombre histórico que mantener, una posición social que defender con uñas y dientes a donde quiera que vayamos. Tú me prometiste ir a terapia, Matteo. Me diste tu palabra.

—Madre, estoy cerrando un negocio de importación de gran escala en este preciso momento, lidiando con millones de libras en contratos —respondí, caminando a zancadas hacia my auto y mirando de reojo a los guardias de seguridad del estacionamiento con un desdén absoluto; para mí, no eran más que estorbos humanos con uniforme que debían apartarse de mi camino de inmediato—. No tengo tiempo para estas niñerías de psicólogos baratos ni para perder el hilo de mis prioridades por tus caprichos.

—Tú me lo prometiste —insistió ella, fría e inflexible, ignorando por completo mi tono de superioridad corporativa—. En estos momentos acabo de ingresar al instituto para concretar personalmente tu cita de valoración. El director ya me atendió. Vas a ir hoy mismo, te guste o no.
Solté un suspiro largo, un gruñido ahogado cargado de veneno y rabia contenida. Maldije en voz baja, sintiendo cómo la sangre me hervía con violencia en las venas.

—Está bien, madre. Iré... pero la próxima semana, cuando mi agenda se libere. Solo dame tiempo para organizarme —repliqué intentando negociar lo innegociable.

—No, Matteo. No hay próxima semana. Vas a ir ahorita mismo, hoy. Estoy de camino a recepción en este instante —sentenció con voz de mando.

—¡No! —exclamé, furioso, pero el silencio seco y definitivo del otro lado de la línea confirmó que ya me había colgado sin dudarlo.
Mi mandíbula se tensó hasta doler, marcando una línea rígida en mi rostro. Sabía perfectamente cómo operaba mi madre: si no la interceptaba de inmediato, montaría un escándalo elegante pero destructivo frente a cualquier empleado, manchando el prestigio intachable de nuestro apellido por un berrinche clínico.

Conduje hacia casa a toda velocidad, pisando el acelerador como si la carretera entera fuera de mi propiedad privada, ignorando olímpicamente a los conductores mediocres y lentos que se cruzaban en mi trayectoria. Al llegar a la mansión, me deshize de la ropa de trabajo de manera brusca. No podía presentarme ante mi madre y ante algún desconocido viéndome como un hombre al que el estrés diario estaba venciendo.

Entré en el baño, abriendo la llave de la ducha al máximo para dejar que el agua helada terminara de despabilar mis sentidos y apagar el fuego en mi cabeza. Me vestí con la precisión milimétrica de quien sabe que su imagen impecable es su arma más letal en cualquier entorno. Elegí un pantalón de vestir de corte italiano impecable y una camisa de seda gris plomo, dejando los dos botones superiores desabrochados deliberadamente para proyectar esa indiferencia altiva y elegante que sabía portar mejor que nadie.

Me peiné con cuidado milimétrico, me coloqué de nuevo mis lentes oscuros —porque el mundo exterior de la plebe no merecía sostener la mirada de mis ojos— y salí disparado hacia el auto.

Mientras conducía de regreso hacia el edificio del instituto, los pensamientos más despectivos cruzaban por mi mente. Para mí, todos los que trabajaban en esos lugares no eran más que sirvientes emocionales, personas patéticas que cobraban un sueldo miserable por escuchar los traumas y patologías de gente débil que no tenía la fuerza, el dinero ni la alcurnia para resolver sus propias miserias en privado. ¿Un terapeuta intentando analizarme a mí? Qué broma tan patética.

Al llegar al Vital Institute, el edificio moderno y de cristales limpios me pareció una absoluta pérdida de tiempo. Entré con toda la arrogancia y el porte calculados que me hacían sentir infinitamente superior a los clientes y empleados, escaneando a la recepcionista con una mirada fría y distante; para mis ojos, ella era poco más que mobiliario con voz decorando la entrada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.