JULIO DE 1999
—¿Qué es lo que tiene Runar?
—Runar, pequeño, qué tal si vas con la enfermara y vas pidiendo tus medicamentos —el médico le entregó una hojita al niño quien la acepto gustoso y salió de la habitación.
—¿Es grave?
—Señora entiendo su preocupación por su hijo es por eso por lo que lo que le voy a decir quiero que lo tome muy en cuenta.
—¿Es grave? —volvió a preguntar la madre.
—No Úrsula, no es tan grave, solo es un resfriado que podría complicarse si no se lleva el tratamiento adecuadamente y siendo que tu cuidas de Runar, tengo la certeza de que no permitirás eso.
—Claro que no Fermín —negó con un leve tono de susto en su voz.
El médico, Fermín, se limitó a poner los ojos en blanco.
—Dime lo que tengas que decir porque tengo el día ocupado.
—Bien. —Tomó a Úrsula de los hombros y la acercó hacia él. —Deja de ser tan sobreprotectora con Runar es un niño y solo quiere disfrutar, descubrir lo que es la vida, y tú se lo impides.
—¿Cómo te atreves? ¡¿Qué vas a saber tú?! Eres un mocoso, no me dirás como cuidar a mi bebé.
—Úrsula, no solo te lo digo como especialista, sino también como amigo de la familia, especialmente de Runar.
Úrsula lo pensó por un momento, ella sabía muy en el fondo que en un pequeño espacio de su corazón iba a llegar el día en el que alguien le dijera la verdad que, por cierto, no quería aceptar.
—Lo tomaré en cuenta, gracias.
Tomó su bolso y salió de la habitación.
—¡Bien! Y por cierto ¡Tengo 25, ya no soy un mocoso! —exclamó antes de que se cerrara la puerta. El joven médico, mostró una sonrisa que muy en el fondo tenía rastros de preocupación.
Afuera, Runar esperaba a su madre con un caramelo en los labios. Exaltada, se lo arrebató de las manos y lo tiró al piso.
—¡Te he dicho que no comas basura!
—Solo fue uno pequeño —comentó Runar con la voz cortada.
—Vamos a casa.
—Mamá, tengo frio.
—Lo sé hijo, ahora te paso tu pañuelo.
La señora Úrsula estaba demasiado preocupada porque al pequeño Runar no le bajaba la temperatura corporal, y aunque no lo demostraba ni un poquito, se sentía culpable por cómo le había gritado esa tarde, ahora quería compensar su error, pero no sabía cómo.
Llamó a Fermín, su angustia no paraba, quería que su hijo se sintiera mejor, quería que su hijo dejara de sufrir por el dolor y aunque ella no pudiera controlarlo si pudo ayudar a que las cosas mejoraran un poco. Le dio el medicamento recomendado en lo que esperaba a Fermín.
—Mami… ¿escuchas ese ruido?
—¿Cuál ruido?
—Aquel que viene debajo de la cama. —Señaló el niño asustado.
Existen una seria de leyendas que a la mayoría de los niños les cuentan sus padres para que duerman rápido, o para que dejen de hacer travesuras, claro, la historia del monstruo debajo de la cama —un clásico— sirve para muchas cosas, algunas veces suele funcionar, suelen engañar a los más pequeños de cada familia.
Pero la situación se vuelve extraña cuando nunca le has contado a tu hijo de seis años algo que tenga que ver con algún monstruo o criatura extraña que habite debajo de las camas.
—¿Debajo de la cama?
El pequeño asintió levemente con la cabeza.
En su rostro —y en el de su madre— se notaba cierto temor; temor que es entendible si se habla de aquello que se encuentra en uno de los lugares que más miedo da cuando eres apenas un crio.
El timbre de la casa sonó un par de veces antes de que Úrsula abriera la puerta, del otro lado se encontraba Fermín,
—Llegaste, pasa, Runar está en su habitación —indicó Úrsula.
—¿Qué tal va con la temperatura?
—Mal, no deja de aumentarle, y ahora dice escuchar ruidos extraños.
Ambos entraron la habitación en la que se encontraba Runar.
El pequeño estaba acostado, sentía el cuerpo débil y no tenía muchas ganas de hablar, sin embargo, no quería preocupar de más a sus padres.
—¿Qué tal vamos? —preguntó Fermín al niño mientras sacaba un par de instrumentos que ocuparía para revisarlo.
—Bastante bien —contestó Runar tratando de sonreír.
—¿Qué clase de ruidos oyes?
—No logro distinguirlos.
—Bien —el joven sonrió y le pidió a la madre salir.
Una vez estando los dos solos Fermín habló.
—Oye, realmente tienes temperatura, pero no es tan grave como para que estés así, ¿Qué pasa? Sabes que puedes confiar en mí.
—Es solo que… mi madre se ha comportado extraña desde que fuimos con la abuela y su novio.
—¿Tu abuela tiene novio? —cuestionó divertido.
—Eso creo—se encogió de hombros y siguió hablando—. La abuela quiso hablar con mamá y papá y después de eso ambos salieron muy asustados, no sé qué pasó, pero ahora mamá se comporta peor que antes y no me deja comer nada de lo que me gusta.
Fermín lo oía con atención y en su rostro se notaba cierta diversión.
—¿Comiste algo indebido? ¿Te preocupa que lo descubra?
Runar asintió,
—Hace un par de días comí doble porción de papas fritas, pero no le puedo decir nada a mamá porque estoy seguro de que me regañará.
Fermín soltó una pequeña risa y comenzó a guardar sus cosas,
—Eso no te ha hecho daño quizá fue el cambio de clima o el estrés que estas cargando por todo lo que me cuentas, tranquilo.
Unos minutos después entró Úrsula a la habitación con una jarra de agua.
—Qué bueno que entras, estaba a punto de llamarte —habló el médico— Runar tiene la temperatura muy elevada, dale esto y se sentirá mejor.
Colocó el medicamento en las manos de la señora para después despedirse de Runar y salir de la habitación.
—¿Estará bien?
—Claro, solo hay que dejarlo descansar y los ruidos que oye pueden ser pequeñas alucinaciones que le está causando la temperatura, no te preocupes tanto.
—Gracias.
Pasó alrededor de una semana, o quizá más, el niño iba mejorando poco a poco, su madre era más comprensible con él y aunque seguía siendo algo gruñona, Runar se sentía más en confianza estando con ella.