In The Middle of The Night

| Capítulo: II |

Ryan Stocking:

Cerré la puerta con un cuidado milimétrico, intentando que el pestillo no hiciera ni el más mínimo ruido, pero el destino parecía estar en mi contra. El televisor estaba encendido, bañando la sala con una luz azulada y parpadeante que revelaba la silueta de mi padre. Estaba allí, como siempre: hundido en el sofá, con una botella de licor colgando de su mano y el aire a su alrededor apestando a alcohol y resentimiento.

Contuve el aliento, rogando porque se hubiera quedado dormido frente a la pantalla. Intenté cruzar el pasillo pegado a la pared, evitando las tablas del suelo que sabía que crujían, pero el sonido de un cristal chocando contra la mesa me detuvo en seco.

—¿Esas son horas de llegar, pedazo de basura? —su voz arrastrada y pastosa me erizó la piel. No necesitaba un motivo; el simple hecho de que yo existiera y estuviera frente a él era suficiente para encender su rabia.

Se giró lentamente, con los ojos inyectados en sangre y esa mirada perdida que anunciaba la tormenta. Al verme limpio y con la bolsa de comida en la mano, una sonrisa cruel se dibujó en su rostro.

—Mírate... —escupió, tambaleándose mientras se ponía de pie—. ¿De dónde sacaste eso? ¿A quién le andas dando lástima ahora?

Sabía lo que venía. El pánico empezó a martillear en mi pecho, y por un segundo, el recuerdo de la sonrisa de Justine y el sabor de la comida de Carin me parecieron un sueño lejano, una crueldad de la vida para recordarme lo que nunca podría tener. En esta casa, el silencio siempre se pagaba con sangre.

—Traje algo de comer, papá —dije apresuradamente, ofreciendo la bolsa como un sacrificio para calmar a la bestia.

Él miró el paquete y luego a mí. La idea de un plato de comida casera pareció frenar su impulso violento, pero no su mal modo. Arrebató la bolsa de mis manos y volvió a mirar la pantalla.

—¿Y eso debería importarme? —masculló entre dientes—. Mejor ve a buscar a tu madre. Tengo hambre de verdad y ella debería estar aquí sirviéndome. ¡Vete! —me ordenó con voz pesada.

—Está bien —susurré, sintiendo un alivio amargo por haber escapado de sus golpes esta vez.

Me dolió que ni siquiera se diera cuenta de mis moretones o de que apenas podía caminar erguido. Salí de nuevo a la calle, bajo la noche fría, con la misión de encontrar a la mujer que se suponía debía protegerme. La busqué primero donde Gigi, el lugar donde suele pasar el tiempo, pero para mi sorpresa no estaba allí.

—Gracias, Gigi... —alcancé a decir antes de marcharme.

Mi última esperanza era el bar donde trabaja. Pensé que tal vez se había retrasado por algún asunto laboral. Al llegar, su jefa me indicó que estaba en el baño. Caminé por el pasillo pegajoso, sintiendo un nudo en el estómago. Toqué la puerta, pero el silencio del otro lado me inquietó. Al no recibir respuesta, empujé la hoja de madera.

El mundo se detuvo.

La sorpresa se transformó en un vacío gélido al verla allí, entregada a un tipo que no había visto en mi vida. No tuve valor para confrontarla; ni siquiera pude gritar. De un momento a otro, todo empezó a suceder en cámara lenta. El aire del bar se volvió irrespirable y el mareo me obligó a retroceder hasta salir a la calle.

Corrí. Corrí ignorando el dolor de mis costillas y el ardor de mis heridas hasta llegar al parque más cercano. Me desplomé en un banco, tratando de procesar lo que acababa de presenciar. Estaba solo. Mi casa era un infierno y el refugio que creía tener en mi madre acababa de hacerse pedazos.

Justine Pov

Había conducido sin rumbo durante un buen rato, dejando que el aire frío que entraba por la ventana despejara mi frustración. El rostro de Ryan, marcado por ese orgullo herido y esa tristeza profunda, no salía de mi cabeza. Por azares de la vida, o quizás porque el destino se negaba a dejarnos así, terminé estacionando cerca del parque principal.

Fue entonces cuando lo vi.

Estaba sentado en un banco solitario, con los hombros hundidos y la cabeza entre las manos. Parecía una figura pequeña e indefensa bajo la luz amarillenta de la farola. Mi corazón dio un vuelco. Bajé del auto y caminé hacia él lentamente, intentando no asustarlo.

—¿Ryan? —susurré al estar cerca.

Él se sobresaltó y levantó la vista de inmediato. Sus ojos, que antes desprendían amargura, ahora estaban empañados y cargados de una devastación que intentó ocultar rápidamente, limpiándose el rostro con la manga de su sudadera.

—Justine... ¿qué haces aquí? —preguntó con la voz rota, haciendo un esfuerzo sobrehumano por disimular su dolor.

—No podía irme a casa sintiéndome así —admití, sentándome a una distancia prudente en el mismo banco—. Siento mucho lo de antes. Fui impulsiva y no debí presionarte.

Ryan soltó un suspiro largo, dejando que su armadura cayera por fin.

—No, la culpa fue mía —dijo con sinceridad, mirándome a los ojos—. Tú solo intentabas ayudar y yo... yo me desquité contigo. Lo siento de verdad, Justine. Es solo que no estoy acostumbrado a que a alguien le importe si estoy bien o no.

Le dediqué una sonrisa suave, una que esperaba le transmitiera algo de paz. El ambiente cambió; la tensión de la pelea se disolvió para dar paso a una charla amena y tranquila. Durante la siguiente hora, el parque fue testigo de cómo dos mundos opuestos empezaban a conocerse de verdad. Me habló de su beca, de sus miedos y de cómo se sentía un extraño en su propia vida; yo le hablé de la presión de mi apellido y de cómo mi abuela era mi único ancla en el mundo.

Por primera vez esa noche, el mal rato quedó atrás, reemplazado por una conexión que ninguno de los dos esperaba encontrar en medio de la oscuridad.

Nos quedamos en silencio un momento, escuchando el lejano rumor de la ciudad. Ryan parecía absorto en sus propios pensamientos, guardando para sí mismo el peso de lo que acababa de vivir esa noche, como si pronunciarlo en voz alta pudiera hacerlo real de nuevo. Aproveché ese espacio para abrir mi propia caja de sombras.




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