Ryan POV
En el momento en que su mano se cerró en un puño y el primer impacto me alcanzó, algo dentro de mí hizo "clic". Es un mecanismo que mi cerebro ha perfeccionado con los años, una trampilla de emergencia por la que mi conciencia escapa cuando la realidad se vuelve insoportable.
De repente, ya no era yo quien estaba en esa sala fría.
Me vi desde una esquina del techo, como un observador desinteresado mirando una escena borrosa y lejana. Desde allí arriba, Ryan —ese chico de hombros caídos que intentaba protegerse la cara— no parecía yo. Era solo un cuerpo, un saco de huesos y piel que recibía el impacto de la furia de un hombre que había olvidado cómo ser humano.
El sonido de los golpes llegaba amortiguado, como si estuviera bajo el agua. Podía ver el movimiento frenético de mi padre, el brillo del televisor reflejándose en las botellas rotas y el polvo bailando en el aire, pero el dolor... el dolor era algo abstracto. Era una señal eléctrica que no terminaba de llegar a mi mente.
—No estás ahí —me susurraba a mí mismo desde el vacío—. Estás en el parque. Estás viendo el reflejo de la luna en el retrovisor de un auto. Estás en un lugar donde el aire no huele a alcohol ni a miedo.
Me concentré en el recuerdo del olor a vainilla del auto de Justine. Me aferré a la calidez de la sopa de Carin. Usé esos fragmentos de bondad como un escudo, construyendo un muro entre mi alma y lo que ese hombre le estaba haciendo a mi cuerpo.
No sé cuánto tiempo pasó. Minutos, horas, una vida entera.
Finalmente, el ruido cesó. El peso de la oscuridad volvió a caer sobre la habitación y, poco a poco, la gravedad me arrastró de nuevo hacia abajo. Volví a mi cuerpo con una sacudida violenta, y entonces sí, el dolor me recibió como una ola de cristales rotos. Me quedé allí, tirado en el suelo frío, escuchando los pasos pesados de mi padre alejándose hacia su habitación, seguidos por el portazo final.
El silencio que quedó después fue el más doloroso de todos. Un silencio que me recordaba que, aunque mi mente hubiera escapado por un momento, seguía atrapado en la misma celda.
El frío del suelo fue lo que me trajo de vuelta. Abrí los ojos y la oscuridad de la sala ya no era absoluta; un tono grisáceo se filtraba por las rendijas de las cortinas, anunciando el amanecer. Me di cuenta de que me había desmayado en algún punto de la noche, cuando el dolor simplemente superó la capacidad de mi cuerpo para mantenerse consciente.
Intenté moverme y un grito mudo se quedó atascado en mi garganta. Cada músculo, cada costilla y cada centímetro de mi piel se sentían como si estuvieran bajo presión. Con una lentitud agónica, apoyé las palmas en el suelo sucio y me obligué a incorporarme. El mundo dio vueltas y el sabor metálico de la sangre llenó mi boca.
Miré el reloj de pared: 6:50 am.
El pánico, más fuerte que el dolor físico, me dio la descarga de adrenalina que necesitaba. Justine estaría aquí en menos de media hora. No podía permitir que se encontrara con mi padre, ni que viera este desastre. Si ella llamaba a la puerta y él despertaba de su resaca, la pesadilla de anoche se repetiría, pero esta vez con ella en medio.
Me arrastré hasta el baño y me eché agua helada en la cara. El reflejo en el espejo me devolvió a un extraño: un pómulo hinchado, un labio partido y una mancha violácea que ya empezaba a escalar por mi cuello. Era imposible de ocultar.
Con manos temblorosas, me puse la sudadera más holgada que encontré y subí la capucha lo más que pude. No busqué libros, no busqué comida; solo quería salir de esa casa antes de que el monstruo que dormía en la habitación de al lado abriera los ojos.
Bajé las escaleras de la entrada paso a paso, conteniendo la respiración con cada crujido de la madera. Cuando finalmente sentí el aire fresco de la mañana en mi rostro, me senté en el último escalón, temblando bajo la luz pálida del sol. Mis piernas se sentían como gelatina, pero estaba fuera.
A lo lejos, escuché el sonido de un motor que conocía bien. Eran las 7:15 am exactas. El auto de Justine apareció al final de la calle, brillando con una perfección que me hizo querer llorar. Ella venía por mí, tal como prometió, sin tener idea de que el chico que iba a subir a su auto estaba apenas sosteniéndose en pie.
ustine se detuvo frente a mí con una energía que me dolió. Bajó la ventanilla y empezó a hablar de algo sobre un castigo y su abuela, pero sus palabras eran solo un zumbido en mis oídos. En cuanto levanté la mirada y nuestros ojos se cruzaron, vi el momento exacto en que su sonrisa se borraba. Vi cómo su mirada bajaba hacia mi labio y luego hacia mi pómulo, deteniéndose en las marcas que la luz del sol estaba gritándole.
Ella abrió la boca, y supe que venía la pregunta que no quería responder.
—Vámonos. Por favor, Justine, vámonos ya —me adelanté, cortando cualquier intento de interrogatorio.
Me puse de pie con un esfuerzo que me hizo ver estrellas, ignorando la punzada en mi costado. No le di tiempo a decir nada más; caminé hacia el auto y me subí, cerrando la puerta con una urgencia que rayaba en la desesperación. Solo quería que el auto se moviera, que esa fachada desgastada desapareciera de mi vista.
Ella se quedó en silencio unos segundos, observándome con una mezcla de shock y preocupación que me hacía sentir desnudo. Arrancó el motor, pero no tomó el camino habitual hacia la escuela.
—Nuestra entrada es hasta las ocho —dijo ella, con una voz mucho más suave, casi contenida—. No te voy a llevar al campus todavía. Vamos a ir a mi cafetería favorita, está cerca. Necesitas desayunar algo y... necesitamos un momento antes de que empiece el caos.
Quise protestar, quise decirle que no tenía hambre o que simplemente me dejara en una esquina, pero el calor del auto y el aroma a vainilla que tanto me había servido de refugio anoche me vencieron. Me hundí en el asiento y subí un poco más la capucha, ocultándome de la realidad.