In The Middle of The Night

| Capítulo: V |

Habían pasado poco más de quince días. Dos semanas en las que el aire del instituto, aunque seguía siendo pesado, ya no se sentía como una sentencia de muerte inmediata. Los pasillos, antes escenarios de emboscadas, se habían transformado en un territorio de tregua incómoda. Matthew y su grupo se limitaban a observarnos desde la distancia; no habían dejado de odiarnos, simplemente estaban esperando. Esa era la sensación que no me abandonaba: el presentimiento de que estábamos caminando sobre un lago congelado, esperando el primer crujido.

Justine se había convertido, sin que lo hubiéramos planeado, en mi escudo. No necesitaba gritar ni pelear; su sola presencia, con ese temple serio y su mirada que parecía ver a través de las personas, mantenía a raya a la manada.

Esa mañana, el claxon de su auto sonó frente a mi casa. Pero cuando salí, mi padre ya estaba en el porche.

Dwayne no estaba gritando. No estaba ebrio todavía. De hecho, llevaba una camisa limpia y me dedicó una sonrisa que me heló la sangre por lo normal que parecía. Se acercó al auto de Justine antes de que yo pudiera abrir la puerta.

—Hola —dijo él, apoyando los brazos en la ventanilla con una cordialidad que yo sabía que era falsa—. Tú debes ser Justine. Gracias por traer a Ryan estos días. Es un buen chico, solo que a veces se pierde en sus propios pensamientos. Soy Dwayne, su padre.

Justine bajó un poco más el vidrio. Noté cómo sus dedos se tensaban sobre el volante. Ella no fue grosera; al contrario, le devolvió una sonrisa educada, pero sus ojos no se despegaron de los de él.

—Mucho gusto, señor Stocking —respondió ella, aunque su tono era cauteloso.

—Llámame Dwayne. Es un placer ver que Ryan por fin tiene amigos con... clase. Se nota que vienes de una buena familia.

Justine asintió lentamente, pero su cuerpo estaba rígido. Había algo en la amabilidad excesiva de mi padre, en la forma en que sus ojos analizaban el auto y la ropa de ella, que la incomodaba visiblemente. No sabía que él era un monstruo, pero sus instintos le estaban enviando señales de alerta, vibras extrañas que no lograba descifrar.

—Vámonos, Justine. Se nos hace tarde —intervine, abriendo la puerta con urgencia. Tenía una prisa desesperada por sacarla de allí, por alejarla de la sombra de mi casa antes de que Dwayne soltara algún comentario que lo arruinara todo.

Ella no protestó. Arrancó el auto y, mientras nos alejábamos, la vi mirar por el retrovisor hacia la figura de mi padre que se despedía con la mano.

—Tu padre es... muy amable —dijo ella, aunque su voz sonaba dudosa, como si estuviera tratando de convencerse a sí misma—. Pero tiene algo... no sé. Unas vibras raras.

—Es solo un tipo que intenta ser simpático —mentí, mirando por la ventana—. Vamos a la escuela.

Al llegar al campus, la atmósfera no era de película. No había abucheos ni gente señalando con el dedo, pero la percepción en los hombros era demoledora. Eran los murmullos bajos, las miradas que se apartaban rápidamente cuando pasábamos y ese peso invisible de ser "la nueva rica" y "el chico de los problemas".

Entramos al taller de Cordialidad Estudiantil. El silencio de la clase fue interrumpido por la maestra Vicky, quien caminaba entre las filas con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Yo estaba absorto en mi dibujo, una silueta de Samantha Benedict que intentaba capturar desde mi rincón al fondo. Samantha estaba sentada tres filas más adelante; el aroma de su perfume llegaba a mí con cada ráfaga de viento, alimentando mi pequeña burbuja de paz.

Pero la burbuja estalló cuando sentí que el papel me era arrebatado. No voy a mentir, mi mayor miedo después de eso era la humillacion que la maestra podria hacerme pasar mostrando a todos lo que habia dibujado pero para mi sorpresa esto no fue asi, en cambio solo me echo una mirada que escondia oscuridad.

La clase transcurrió como un desfile de conceptos vacíos sobre la empatía y el respeto, palabras que sonaban a hueco en las paredes de este instituto. Cuando el timbre sonó, anunciando el final de la jornada, sentí un alivio momentáneo que se evaporó de inmediato.

—Ryan, quédate un momento. Necesito hablar contigo sobre tu desempeño —dijo la maestra Vicky sin levantar la vista de sus carpetas.

Sentí la mano de Justine en mi hombro. Estaba rígida. Sus ojos, siempre analíticos, pasaron de la maestra a mí con una desconfianza evidente. Ella no quería dejarme solo; sus instintos, los mismos que habían saltado con mi padre esa mañana, estaban de nuevo en alerta máxima.

—Estaré bien, Justine. Adelántate al auto, no tardaré —le aseguré, forzando una sonrisa que no llegó a mis ojos. Ella dudó, apretó la correa de su mochila y finalmente asintió, saliendo del salón con esa lentitud que indicaba que se quedaría cerca, por si acaso.

Cuando la puerta se cerró, el silencio del aula se volvió asfixiante. La maestra Vicky se levantó y caminó hacia mi pupitre con mi dibujo en la mano. No gritó. Ni siquiera levantó la voz. Se limitó a dejar el papel sobre la mesa y a mirarme con una mezcla de lástima y desprecio que dolió más que un insulto.

—Ryan, Ryan... —suspiró, negando con la cabeza—. He estado observando tus dibujos. Esta fijación con la señorita Benedict, tu silencio constante... es preocupante. Pero no por las razones que crees.

—Es solo un dibujo, maestra —dije, tratando de recuperar el papel.

Ella puso su mano sobre el dibujo, impidiéndome tomarlo. Sus ojos se clavaron en los míos con una frialdad quirúrgica.

—Es un delirio, Ryan. Y mi trabajo en Cordialidad es prepararlos para el mundo real. Y la realidad es que tú no perteneces aquí, ni al lado de una chica como Samantha, ni quizás al lado de la nueva heredera, Justine. Eres un chico que viene de una casa rota, con un futuro que se ve igual de gris que tu presente. Dibujar estas cosas solo te hace daño porque te hace creer que tienes una oportunidad.




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