Justine Cumberbatch POV's
La mañana se sentía extrañamente ligera hasta que llegó la hora del almuerzo. Ryan me esperaba cerca de las taquillas, jugueteando con las correas de su mochila, con esa ansiedad que parecía formar parte de su piel.
—¿Vamos al jardín? —propuso con timidez—. Me gustaría... bueno, hoy no hace falta que vayamos a la cafetería.
Caminamos en silencio hasta el sauce que custodiaba el rincón más alejado del patio. Nos sentamos sobre el césped, ocultos por las ramas que caían como una cortina verde. Fue entonces cuando sacó un paquete envuelto en papel de cocina. Eran dos sándwiches, cortados con una precisión casi geométrica.
—Hice unos trabajos extra el fin de semana... limpiando unos jardines —murmuró, extendiéndome uno sin mirarme a los ojos—. Gané un par de dólares y, como has sido tan especial conmigo... quería compartir esto. Es lo menos que podía hacer.
Sentí una punzada de algo que no supe identificar en mi pecho. He estado en banquetes de gala donde la comida era una obra de arte, pero nunca me habían ofrecido algo tan valioso. Esto era su esfuerzo, su tiempo y su protección transformados en alimento. Tomé el sándwich y, por un segundo, nuestras manos se rozaron. Fue un contacto sutil, casi imperceptible, pero sentí una chispa eléctrica que me obligó a contener el aliento. Ryan no apartó la mano de inmediato; sus ojos buscaron los míos y, en ese breve silencio, el mundo exterior desapareció.
—Gracias, Ryan —susurré—. De verdad.
Comimos en una calma que se sentía sagrada. Había algo floreciendo entre nosotros, algo que no necesitaba palabras y que me hacía querer quedarme en ese rincón del jardín para siempre.
Pero la campana es implacable. Ryan se dirigió al gimnasio para Deportes y yo caminé hacia el salón de Arte. Al entrar, el único lugar libre era junto al chico que ahora sabía que se llamaba Rae. Me senté y, al verlo de cerca, los moretones en su mandíbula eran inconfundibles.
Un flashback me golpeó. Hace unos días, vi a Matthew y su grupo en el callejón trasero. Recuerdo el sonido de los golpes y a Rae contra la pared. Pero lo que más recordaba era que, a pesar de estar superado en número, sus ojos no tenían miedo. Tenían rabia.
—Te vi —dije en voz baja, mientras sacaba mis pinceles—. Hace unos días. Con Matthew.
Rae se quitó un audífono y me miró con una sonrisa ladeada, casi desafiante.
—Ah, el club de fans de Matthew. No te preocupes, no soy de los que se quedan con la deuda. Ayer le puse polvo pica-pica en su protector deportivo. Deberías haber visto cómo saltaba en el vestuario.
No pude evitarlo. Solté una risita corta, una risa de verdad que me sorprendió a mí misma.
—¿En serio?
—A ese idiota le sobran músculos y le falta cerebro —respondió él, volviendo a su lienzo—. Me dan palizas, sí. Pero siempre me cobro. Nadie sale limpio conmigo.
Su fuerza me fascinó. Rae era un superviviente que no se dejaba amedrentar, alguien que devolvía el fuego con astucia.
La clase avanzó y me perdí en el lienzo. Pinté un paisaje de Noruega, pero esta vez, puse en él una luz que antes no sabía pintar. Cuando la maestra Fara se detuvo detrás de mí, su voz sonó genuinamente impresionada.
—Justine... esto es magnífico. Tienes un talento natural, una sensibilidad que no se puede fingir.
—Es solo... —empecé a decir, pero ella me interrumpió.
—No es tu apellido el que está pintando, Cumberbatch. Eres tú. Tienes que creértelo.
Esa validación fue el primer momento en que me sentí "yo" y no un anexo de mi familia. Tomé el cuadro, aún fresco, y supe a quién pertenecía. Era para Ryan. Quería que él tuviera algo hermoso, algo mío, como él me había dado ese sándwich.
Salí del salón casi corriendo, con el lienzo en las manos, en dirección al gimnasio. Pero a medida que me acercaba, el silencio del pasillo empezó a volverse pesado. El eco de mis pasos resonaba contra las paredes y una sensación de frío me recorrió la nuca. Al llegar a las puertas dobles del gimnasio, me detuve en seco. Algo andaba mal. No se escuchaban los silbatos del entrenador ni el rebote de los balones.
Había pasado demasiado tiempo en calma. Y en este lugar, la calma siempre precedía a la tormenta.
Empujé las puertas del gimnasio con el corazón golpeándome las costillas. Al principio, la inmensidad del lugar me engañó; vi a Ryan a lo lejos, sentado en las gradas, solo. Mi respiración comenzó a normalizarse y una emoción que ni siquiera sabía que tenía —una mezcla de alivio y entusiasmo por mostrarle el cuadro— iluminó mi rostro.
Pero a medida que me acercaba, la luz de los ventanales altos reveló la verdad. La sonrisa se me borró de golpe.
Ryan tenía la cabeza baja, pero al escuchar mis pasos, la levantó. Su labio inferior estaba partido y un hilo de sangre fresca corría por su barbilla. Sus ojos estaban empañados, cargados de esa fatiga emocional que duele más que el golpe físico.
—¿Dónde están? —solté, y mi voz sonó como un latigazo. La furia me recorrió la columna vertebral, sustituyendo cualquier rastro de calma—. ¿Dónde están esos malditos idiotas?
Ryan se limpió la sangre con la manga de su sudadera y sacudió la cabeza, tratando de forzar una sonrisa que solo lo hizo lucir más roto.
—No fue nada, Justine. Me tropecé con un balón... de verdad, no importa —intentó evadirme, pero sus ojos se desviaron hacia lo que yo sostenía—. ¿Qué es eso? ¿Es lo que pintaste?
Me quedé helada por un segundo, queriendo gritarle que dejara de proteger a quienes lo destruían, pero su mirada de curiosidad infantil hacia el lienzo me desarmó. La rabia se transformó en una tristeza profunda.
—Es el cuadro —dije, suavizando el tono mientras me sentaba a su lado—. La maestra dijo que tenía talento... y yo quería que te lo quedaras tú. Es para ti, Ryan.
Él tomó el lienzo con una delicadeza extrema, como si temiera que el color se desprendiera al tocarlo. Sus ojos recorrieron los azules de mi Noruega recordada y, por un momento, se olvidó de su labio roto y del gimnasio vacío.