In The Middle of The Night

| Capítulo: VII |

Ryan Stocking

El fin de semana se sentía como un desierto. El silencio en casa era tan denso que podía escuchar el zumbido de la vieja nevera desde mi habitación. Justine se había ido de la ciudad por un compromiso familiar, y su ausencia me dejaba una sensación de vacío que no sabía cómo llenar.

Mi padre no estaba. Probablemente terminaría el turno antes de tiempo, o lo echarían por tercera vez este mes por el rastro de alcohol en su aliento. Mi madre, como de costumbre, era solo una sombra que habitaba la casa de forma intermitente, presente en cuerpo pero ausente en todo lo demás. Estaba solo. Solo con mis pensamientos y con el dolor sordo de los moretones que empezaban a sanar.

Me tumbé en la cama, mirando las manchas de humedad en el techo. Necesitaba escapar. Necesitaba sentir algo que no fuera cansancio o miedo. Cerré los ojos e intenté invocar la imagen de Samantha, el rostro que solía usar como refugio, una fantasía segura y lejana. Pero mi mente estaba rebelde.

Mientras el calor subía y mis manos buscaban un alivio desesperado en la penumbra de la habitación, la imagen de Samantha empezó a desdibujarse. Intenté retenerla, pero fue inútil. De repente, lo que vi no fue un ideal platónico, sino unos ojos profundos y una voz que me llamaba "Stocking" con esa mezcla de frialdad y ternura que solo ella tenía.

Fue el rostro de Justine el que inundó mi mente. Recordé el roce de sus manos bajo el sauce, el olor de su perfume mezclado con el aire fresco y la forma en que me miró cuando le entregué ese sándwich. La intensidad del recuerdo me golpeó con una fuerza que no esperaba; no era solo deseo, era una necesidad de pertenecer a alguien, de ser visto. La urgencia me arrastró con más fuerza que nunca, motivada por una conexión que se sentía peligrosamente real, hasta que el mundo se redujo a ese instante de liberación solitaria.

Cuando finalmente el pulso se calmó, la caída fue inmediata.

Me quedé inmóvil, con la respiración entrecortada, sintiendo el frío de la habitación regresar de golpe. Me sentí vulnerable, expuesto ante mi propio reflejo. Me extrañó —y me aterró un poco— que fuera ella quien finalmente hubiera roto mis barreras, incluso en mi imaginación. El vacío después del acto no era de culpa, sino de una realización silenciosa que no me atrevía a nombrar.

Justine no era un refugio temporal. Se estaba convirtiendo en el centro de algo que yo no sabía cómo manejar. Me giré de lado, abrazando la almohada, deseando que el lunes llegara pronto. Porque en la soledad de mi cuarto, me di cuenta de que ya no me bastaba con imaginarla; necesitaba saber que, al otro lado de la ciudad, ella también estaba pensando en mí.

[...]

El domingo por la tarde, el peso del silencio en mi casa era casi insoportable. Estaba sentado en el borde de la cama, contando las horas para que el lunes me devolviera la rutina, cuando el teléfono vibró sobre la mesa de noche.

Un mensaje. Un nombre.

Justine: ¿Salimos?

Sentí un vuelco en el pecho, una descarga de adrenalina que me hizo ponerme de pie en un segundo. No hubo dudas, ni preguntas sobre a dónde o para qué. Me alisté con una rapidez torpe, tratando de domar mi cabello y ocultar cualquier rastro del cansancio acumulado del fin de semana.

Minutos después, la vi. Estaba apoyada en su auto cerca del parque. Al vernos, no hubo necesidad de grandes saludos; solo esa sonrisa mutua, cargada de una complicidad silenciosa que solo nosotros compartíamos. Era como si el aire se volviera más fácil de respirar en cuanto ella estaba cerca.

Caminamos hacia nuestro banco de siempre con un par de helados en la mano. El sol de la tarde empezaba a caer, bañándolo todo con un tono dorado. Justine comenzó a hablarme de su viaje, de la ciudad, de las personas extrañas que había conocido y de lo tedioso que había sido el compromiso familiar.

—Y entonces, mi tía empezó a insistir con que debía inscribirme en ese curso en el extranjero, ¿puedes creerlo? Ryan... ¿me estás escuchando?

La escuchaba, pero a la vez no. Mi cerebro había decidido ignorar las palabras para concentrarse en algo más urgente. Estaba perdido en los detalles de su rostro. Me fijé en la forma en que sus rizos caían libres sobre su frente, en el pequeño hoyuelo que se le formaba cerca de la comisura de los labios cuando gesticulaba con énfasis. Sus ojos, profundos y expresivos, brillaban con una luz que no les había visto en la escuela. Había una calidez en su piel y una honestidad en su expresión que me hacían sentir que estaba viendo a la verdadera Justine, sin el hielo, sin las murallas.

—Sí, claro... el extranjero —logré articular, aunque mi voz sonó un poco más baja de lo normal.

Ella entrecerró los ojos, divertida, dándose cuenta de mi distracción. —No tienes ni idea de lo que acabo de decir, ¿verdad, Stocking?

—Lo siento —admití, sintiendo que mis mejillas se calentaban—. Es solo que... te extrañé. Y es difícil concentrarse cuando finalmente estás aquí.

El silencio que siguió no fue incómodo. Justine bajó la mirada hacia su helado y, por un segundo, juraría que vi un rastro de rubor en sus mejillas. En ese parque, bajo la luz del atardecer, el resto del mundo —los golpes de Matthew, la ebriedad de mi padre, la soledad de mi habitación— se sentía como una película borrosa de la que finalmente podíamos escapar.

Justine bajó la mirada, jugueteando con la cuchara de su helado. Por un momento, su aire de seguridad desapareció, dejando paso a una timidez que la hacía ver mucho más joven, más humana.

—Bueno... supongo que la ciudad también se sentía un poco vacía sin alguien a quien llamar "Stocking" —respondió en un hilo de voz, evadiendo mi mirada con una media sonrisa nerviosa.

Me dio un ligero empujón con el hombro, tratando de disipar la tensión eléctrica que se había formado entre nosotros. Yo me quedé mirando el horizonte, donde el sol empezaba a teñir las nubes de un violeta oscuro. Sentí que era el momento de darle algo de mí, algo real, para equilibrar la balanza después de todo lo que ella me había confiado.




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