In The Middle of The Night

| Capítulo IX |

Justine pov

No dormí. Pasé la noche contando las sombras en el techo de mi habitación, con las palabras de Ryan en la biblioteca pesándome más que el propio cansancio. No quería perderlo; él era el único rastro de humanidad que me quedaba en este desierto de asfalto y privilegios.

Llegué al instituto buscándolo, pero Ryan parecía haberse vuelto invisible. Hasta el almuerzo.

Lo vi sentado al fondo del comedor, solo, con los hombros hundidos. Su figura proyectaba una derrota que me quemó la garganta. Compré una bandeja y un par de manzanas, decidida a sentarme frente a él y obligarlo a entender que, aunque yo eligiera la guerra, él siempre sería mi paz. Pero antes de llegar, el mundo se detuvo.

Matthew y su grupo pasaron por detrás de su silla. Sin detenerse, con una crueldad mecánica, Matthew puso su mano sobre la nuca de Ryan y empujó con fuerza. El rostro de Ryan impactó de lleno contra el plato de puré y sobras.

El estallido de risas fue inmediato. Un coro de burlas estúpidas que celebraban la humillación. Ryan levantó la cabeza lentamente, con la comida resbalando por su rostro, y sus ojos se encontraron con los míos. Mi visión se tiñó de un rojo absoluto.

—¿Les parece gracioso? —mi voz no fue un grito, fue un siseo que cortó el aire.

Ellos me ignoraron, celebrando su "victoria" mientras se alejaban. Mi mano actuó por instinto. Tomé la manzana de mi bandeja y la lancé con toda mi fuerza. El proyectil voló por el comedor e impactó con un "crack" seco justo en la nuca de Matthew.

Él se detuvo en seco, llevándose la mano a la cabeza, y se giró con los ojos inyectados en sangre. —¿Qué demonios te pasa, Cumberbatch? —rugió, caminando hacia mí.

No retrocedí ni un milímetro. Me posicioné para pelear, sintiendo el peso de mis antepasados en cada músculo. Matthew, cegado por la furia de ser humillado por una chica, soltó un golpe directo a mi rostro. El impacto me hizo tambalear, el sabor a hierro llenó mi boca, pero antes de que pudiera devolverlo, una sombra se lanzó sobre él.

Fue Ryan.

Con una fuerza que parecía imposible para alguien tan noble, Ryan se abalanzó sobre Matthew, derribándolo contra las mesas. Lo vi perder el control; sus puños llovían sobre Matthew con la furia acumulada de meses de silencio. Era un animal herido devolviendo cada golpe recibido.

Uno de los amigos de Matthew intentó jalar a Ryan para quitárselo de encima, pero yo no se lo permití. Lo agarré del cabello por detrás, tirando con fuerza hasta que su cabeza se echó hacia atrás, y comencé a golpearlo. El caos se desató. Entre la multitud, vi a Rae intervenir; se movía como un espectro, repartiendo golpes precisos y cínicos a los otros amigos de Matthew.

—¡Basta! ¡Al suelo todos! —los gritos de los prefectos y maestros finalmente rompieron la pelea.

...

En la oficina de la directora Evans, el olor a desinfectante y perfume caro era nauseabundo. Matthew estaba sentado en una esquina, con el labio partido y el orgullo en cenizas, mientras la directora lo miraba con una lástima familiar que me revolvió el estómago.

—Matthew, sal de aquí y ve a la enfermería. No puedo creer que estas bestias te atacaran de esta forma —dijo ella, con una voz cargada de un favoritismo asqueroso. Luego, clavó sus ojos en nosotros—. En cuanto a ustedes... Rae, estás suspendido indefinidamente. Y Ryan... —sonrió con una malicia pura—, he decidido que tu beca queda revocada hoy mismo. No permitiremos que un delincuente de los suburbios manche nuestra reputación.

Ryan se hundió en la silla. Sus manos, aún manchadas con la sangre de Matthew, empezaron a temblar. El mundo se le estaba cayendo encima.

Me puse de pie. Lentamente. El silencio en la oficina se volvió tan denso que parecía físico.

—Ni se atreva —dije, y mi voz sonó como el acero golpeando el mármol. Me incliné sobre su escritorio, invadiendo su espacio personal hasta que pudo ver el reflejo de su propio miedo en mis ojos—. Usted es una incompetente y una cobarde. Ha alimentado al monstruo de su sobrino durante años, pero se acabó el juego.

—No me amenaces, Justine —chilló la directora, aunque su voz temblaba—. Ya sé que eres una problemática, que tu familia...

—¡No mencione a mi familia! —golpeé el escritorio con ambas manos, haciendo que los portarretratos saltaran—. Usted no sabe con quién está tratando. Yo soy Justine Cumberbatch. Mi apellido fundó los cimientos sobre los que este colegio se sostiene. Si usted se atreve a tocar un solo hilo de la beca de Ryan, le juro por lo más sagrado que para mañana esta oficina será un depósito de basura.

Me acerqué más, susurrando con una furia fría que la hizo retroceder en su silla. —Tengo el poder para borrarla a usted, a su sobrino y a toda su maldita descendencia de este mapa social con un solo chasquido de mis dedos. No soy una "chica problemática", soy la dueña del tablero en el que usted cree que juega.

—No... no te tengo miedo —tartamudeó ella, intentando recuperar una dignidad que ya no tenía.

—Debería tenerme —sentencié, enderezándome y ajustándome la chaqueta—. Debería tener más miedo del que ha sentido en toda su mediocre vida. Porque si vuelvo a escuchar las palabras "revocar beca" saliendo de su boca, lo siguiente que escuchará será a sus abogados diciéndole que lo ha perdido todo.

Miré a Ryan y a Rae. —Vámonos. Este lugar apesta a basura.

Salimos de la oficina. Los pasillos estaban desiertos, pero las cámaras de seguridad grababan nuestro paso. Ya no éramos el becado, el paria y la huérfana. Éramos una fuerza. Y mientras caminaba al lado de Ryan, que aún procesaba que yo acababa de quemar el mundo por él, supe que la guerra ya no era contra Matthew. La guerra era contra cualquiera que intentara apagarnos.

Caminamos por el pasillo central bajo el peso de mil miradas, pero nadie se atrevió a susurrar. Ryan caminaba rígido, con el pecho subiendo y bajando erráticamente, mientras Rae mantenía una calma gélida, limpiándose una mancha de sangre del pómulo con el dorso de la mano.




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