In The Middle of The Night

| Capítulo XI |

Justine Cumberbatch

El hospital de noche tiene una atmósfera irreal. El zumbido constante de las máquinas, el eco de los pasos en el pasillo y esa luz fluorescente que hace que todo parezca una fotografía antigua y descolorida. Carin se había quedado dormida en el sillón individual, con su elegancia intacta incluso en el cansancio, pero yo no podía cerrar los ojos. Cada vez que lo hacía, veía el cuerpo de Ryan colapsando frente a mi puerta.

Me acerqué a su cama. Estaba sumido en un sueño profundo gracias a los analgésicos. En la penumbra, las marcas de su rostro se veían más oscuras, casi negras. Acerqué mi mano a su mejilla, pero me detuve a un milímetro. Tenía miedo de que mi propia rabia, esa que me quemaba por dentro desde que Eryx apareció en casa, terminara por lastimarlo a él también.

—¿Qué te están haciendo, Ryan? —susurré para nadie.

Me senté en la silla metálica a su lado y saqué mi libreta. Empecé a trazar líneas sin sentido, pero mi mente volvía a los archivos de mi padre. Las piezas empezaban a encajar de una forma aterradora. Eryx quería el control de las acciones que me pertenecerían al cumplir los dieciocho. Mi padre lo sabía. Y el "accidente" ocurrió justo cuando los desvíos de fondos se hicieron insostenibles.

Si el mundo de afuera era una red de tiburones corporativos, el mundo de Ryan era una jaula de lobos domésticos. Y en ambos casos, la sangre siempre la poníamos nosotros.

Ryan Pov

Desperté a las tres de la mañana. El efecto del sedante era como una marea que se retiraba, dejando al descubierto todos los escombros de mi cuerpo. El dolor en las costillas era un fuego constante que me impedía respirar hondo.

Giré la cabeza con lentitud y la vi. Justine estaba dormida con la cabeza apoyada en el borde de mi cama, sobre sus brazos cruzados. Su cabello caía como una cortina oscura ocultando su rostro. Me quedé inmóvil, ignorando el pinchazo del suero en mi brazo, solo para verla.

Ella, la heredera de un imperio, la chica que podía destruir a una directora con un par de frases, estaba aquí. En una habitación de hospital pública, durmiendo en una posición incómoda solo para no dejarme solo. Sentí un nudo en la garganta que no tenía nada que ver con los golpes.

—Justine… —mi voz salió como un papel rasgado.

Ella se tensó y levantó la vista de inmediato. Sus ojos tardaron un segundo en enfocarse, pero cuando lo hicieron, la frialdad que siempre proyectaba se derritió por completo.

—Estoy aquí. ¿Qué necesitas? ¿Agua? ¿Llamo a la enfermera? —preguntó, poniéndose en pie con una urgencia que me hizo sonreír a pesar del dolor.

—Solo… saber que no fue un sueño —logré decir.

Ella se sentó en el borde del colchón, ignorando las normas del hospital. Tomó mi mano entre las suyas; sus palmas estaban frías, pero para mí eran el único calor que importaba.

—No fue un sueño, Stocking. Pero desearía que lo fuera. Desearía que no tuvieras que pasar por esto —su pulgar acarició mis nudillos—. ¿Por qué no me dejas ayudarte? Sé que no fueron las escaleras. Sé que fue él.

Cerré los ojos. El rostro de mi padre, desfigurado por la bebida y el odio, apareció en mi mente. —Si lo dices… si haces algo… él no se detendrá. Y tú tienes demasiados problemas con Eryx y tu abuela. No quiero ser otra carga en tu pizarrón de investigaciones, Justine.

—No eres una carga, Ryan. Eres la única parte de mi vida que no se siente como un negocio —sentí una gota caliente caer sobre mi mano. Justine estaba llorando en silencio—. No puedo perderte. No después de que me enseñaste que todavía puedo ver la luz.

Esa noche, bajo la vigilancia de las máquinas y el silencio de los pasillos, nos contamos cosas que nunca diríamos bajo la luz del sol. Ella me habló del miedo que sentía al ver a Eryx, de cómo sospechaba que la muerte de sus padres no fue un error del destino, sino una ejecución. Yo le hablé del miedo que sentía cada vez que escuchaba la llave girar en la cerradura de mi casa.

Éramos dos huérfanos de paz, tratando de construir un refugio con piezas rotas.




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