In The Middle of The Night

| Capítulo XII |

El olor a antiséptico y a limpieza industrial del hospital se me había pegado a la piel como una segunda capa. Durante tres días, el tiempo se había detenido entre esas paredes blancas y el pitido rítmico de los monitores. Pero hoy, finalmente, el aire del exterior golpeaba nuestros rostros.

Ryan caminaba con una rigidez que me encogía el corazón. Cada paso parecía un cálculo matemático para evitar que el dolor en sus costillas lo doblara. James sostenía la puerta del Volkswagen abierta, su expresión impasible ocultando la preocupación que yo sabía que sentía por el chico.

—Ryan, por última vez —dije, deteniéndome antes de que subiera al coche—. La casa de huéspedes está lista. Carin incluso pidió que cambiaran las cortinas por unas más gruesas para que pudieras descansar mejor. No tienes que hacer esto. No tienes que volver allí hoy.

Él se giró lentamente, apoyando una mano en el marco de la puerta. Sus ojos, todavía rodeados por ese tono amarillento que dejan los moretones al sanar, se encontraron con los míos. Había una determinación en ellos que me frustraba y me atraía a partes iguales.

—Justine, lo agradezco. De verdad. Carin ha sido… increíblemente generosa —su voz era baja, pausada—. Pero si me quedo ahora, me sentiré como un refugiado. Necesito saber que puedo entrar por mi propia puerta sin desmoronarme. Si no vuelvo ahora, el miedo ganará la batalla, y tú mejor que nadie sabes que no podemos permitirnos perder más terreno.

Mordí mi labio inferior, conteniendo una réplica mordaz. Tenía razón, y lo odiaba por eso. Ryan no quería ser una pieza rescatada en mi tablero; quería ser un jugador, incluso si eso significaba volver al lugar donde lo habían roto.

—Está bien —cedí, subiendo al coche tras él—. Pero bajo mis condiciones. James te llevará y se asegurará de que entres. Y mañana, a primera hora, estaré allí. No aceptaré un "no" por respuesta. Además… —hice una pausa, intentando suavizar la tensión de mis hombros— voy a llevarte algo de comer. He estado practicando con la receta de tarta de manzana de la tía de James. Si vas a estar en esa casa, al menos tendrás algo que sepa a gloria entre tanta miseria.

Ryan soltó una pequeña risa, una que le hizo llevarse la mano al costado por el pinchazo de dolor, pero sus ojos brillaron. —¿Tú cocinando, Justine Cumberbatch? Eso tengo que verlo para creerlo.

—No te burles, Stocking. Soy muy capaz de seguir instrucciones cuando me lo propongo —le respondí, aunque en el fondo sabía que era una excusa para tener una razón legítima para golpear su puerta al día siguiente.

El trayecto fue silencioso. A medida que nos alejábamos de las avenidas arboladas y los jardines podados con precisión quirúrgica, la realidad empezaba a cambiar. El asfalto se volvía irregular, las fachadas de las casas perdían el color y el aire se sentía más pesado, cargado de una humedad estancada.

James detuvo el coche frente a la casa de Ryan. Me bajé con él, ignorando su gesto de "puedo hacerlo solo". Lo tomé del brazo con firmeza pero con cuidado, anclándolo mientras caminábamos hacia la entrada. La puerta de madera vieja parecía más intimidante que nunca.

—Recuerda lo que hablamos —susurré mientras él sacaba sus llaves con dedos temblorosos—. Estaré pendiente. Si escucho un solo ruido extraño, o si no me contestas el teléfono en menos de cinco minutos, James derribará esta puerta antes de que puedas decir "accidente".

Él asintió, dándome una media sonrisa tranquilizadora antes de entrar. Me quedé en la acera viendo cómo la puerta se cerraba, sintiendo un vacío frío en el estómago.

{...}

La cocina de la casa Cumberbatch era un santuario de acero inoxidable y mármol, un lugar donde normalmente yo no pasaba más de cinco minutos para servirme un vaso de agua. Pero esa noche, el lugar estaba cubierto de harina y el aroma dulce de las manzanas con canela empezaba a invadirlo todo.

Carin entró con su elegancia habitual, observando el desorden con una ceja arqueada. —Vaya. No sabía que teníamos una aprendiz de repostería en casa —dijo, acercándose a la mesa de trabajo.

—Es para Ryan —respondí sin levantar la vista del rodillo—. Insistió en volver a su casa. Dice que necesita "marcar territorio".

Carin suspiró y se apoyó contra el mostrador. Sus ojos se suavizaron, algo que solo ocurría cuando estábamos solas y el peso del apellido no era tan sofocante. —Es un chico orgulloso, Justine. Me recuerda un poco a tu padre en ese sentido. Prefiere caminar bajo la lluvia que aceptar un paraguas si siente que no se lo ha ganado. Es una cualidad noble, pero peligrosa en un mundo como el nuestro.

—No voy a dejar que se moje, abuela —sentencié, metiendo la bandeja en el horno—. Si él no acepta el paraguas, yo construiré un techo sobre su cabeza sin que se dé cuenta.

—Lo sé —murmuró Carin—. Solo ten cuidado. La gente como el padre de Ryan... no entienden de sutilezas. Entienden de presencia. Asegúrate de que sienta la tuya cada vez que pongas un pie en esa calle.

Pasé el resto de la noche empacando los postres en una caja de mimbre, cuidando cada detalle como si de ello dependiera mi propia vida. No era solo comida; era un mensaje. Una advertencia para Dwane Stocking y un bálsamo para Ryan.

RYAN POV

El silencio en mi casa era una entidad física. Después del bullicio controlado del hospital y la calidez de la voz de Justine, las paredes de mi cuarto se sentían opresivas. Dwane no me había dirigido la palabra desde que llegué; se limitaba a mirarme desde el sofá, una mezcla de confusión y cautela en su rostro, probablemente todavía procesando la visita de Justine y la presencia constante de James en la esquina de la calle.

Me acosté con cuidado, sintiendo cada una de mis costillas. El colchón se sentía demasiado duro, demasiado familiar. Cerré los ojos, intentando recordar el olor a sándalo de la habitación de Justine, la forma en que su mano se sentía pequeña pero invencible sobre la mía.




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