POV RYAN
Después de que el silencio incómodo con Dwayne en la cocina se volviera insoportable, me armé de valor y miré a Justine. Ella estaba ahí, sentada en una silla de madera vieja con la misma elegancia con la que se sentaría en un trono, terminando su trozo de tarta.
—¿Quieres... quieres subir? —pregunté, señalando con la cabeza hacia las escaleras—. Mi habitación no es la gran cosa, pero al menos hay silencio.
Justine asintió de inmediato, recogiéndolo todo con una eficiencia silenciosa. Subimos con cuidado. Mis costillas protestaban con cada escalón, pero tenerla a mi lado, sintiendo su perfume de sándalo luchar contra el olor a humedad de mi casa, hacía que el dolor fuera secundario.
Mi habitación era pequeña. Una cama individual, un escritorio lleno de libros de texto usados y mi vieja computadora portátil, que emitía un zumbido constante como si estuviera a punto de rendirse. Justine entró y, por un momento, me sentí morir de vergüenza. Ella estaba acostumbrada a techos altos y sábanas de seda; aquí, el techo tenía una mancha de humedad en la esquina y el espacio era tan reducido que nuestras rodillas se rozaban al sentarnos en la cama.
—Me gusta —dijo ella, sorprendiéndome. Se acercó a mi estantería y pasó los dedos por los lomos de los libros—. Tienes ediciones que son difíciles de conseguir, Ryan. Se nota que estos libros han sido leídos mil veces.
Pasamos la tarde así. Compartiendo anécdotas de la infancia; ella me contó cómo solía esconderse en la biblioteca de su padre para evitar las clases de piano, y yo le conté cómo aprendí a arreglar cosas solo para que Dwayne no tuviera excusas para gritar. Pusimos una película en la computadora. La pantalla tenía un píxel muerto en la esquina y el sonido era metálico, pero no nos importó. Estábamos tan cerca que sentía el calor de su brazo contra el mío. El tiempo dejó de ser una medida lineal; las horas se fundieron en risas contenidas y confesiones en voz baja.
Cuando los créditos finales empezaron a rodar, la habitación estaba sumida en la oscuridad, solo iluminada por el resplandor azulado del monitor.
—Ven conmigo —le dije, levantándome con dificultad.
La guié hacia la pequeña ventana que daba al tejado. Salir por ella requirió un esfuerzo acrobático que me hizo soltar un gruñido, pero una vez fuera, el aire fresco de la noche nos recibió. El tejado de tejas oscuras y algo sueltas se extendía ante nosotros, ofreciendo una vista inesperada: el cielo estaba despejado, y las estrellas brillaban con una intensidad que la ciudad solía ocultar.
—Este es mi lugar —susurré, sentándome con cuidado y señalando hacia arriba—. Cuando Dwayne bebía demasiado o cuando el mundo abajo se volvía demasiado ruidoso, subía aquí. Me imaginaba que era parte de las estrellas. Allí arriba no hay dolor, no hay deudas, no hay golpes. Es el único lugar donde me siento realmente libre.
Justine se sentó a mi lado, abrazándose las piernas. La luz de la luna bañaba su rostro, dándole un aspecto etéreo, casi irreal.
—Gracias por mostrarme esto, Ryan. Es... es especial. Entiendo por qué vienes aquí.
—Puedes compartirlo conmigo cuando quieras —dije, mirándola fijamente.
Justine negó suavemente con la cabeza, con una sonrisa triste. —No, Ryan. Este es tu refugio. Para poder compartir algo así, tendría que ser un momento diferente... algo que lo hiciera especial para ambos.
Las palabras salieron de mi boca antes de que mi cerebro pudiera detenerlas. —¿Algo especial como... como un beso?
El silencio que siguió fue atronador. Vi cómo el cuello de Justine se teñía de un rojo súbito que subió hasta sus mejillas, incluso bajo la luz plateada de la luna. Me retracté de inmediato, sintiendo el pánico subir por mi garganta.
—¡Lo siento! No... yo no quería decir eso, fue una estupidez, el sedante todavía debe estar afectándome... —empecé a balbucear, moviendo las manos con nerviosismo.
Justine no se movió. Se quedó mirándome, y su respiración se volvió un poco más agitada. La distancia entre nosotros parecía haberse acortado sin que nos diéramos cuenta. El mundo se detuvo. Podía ver el reflejo de las estrellas en sus ojos y el ligero temblor de sus labios. La tensión era eléctrica, una cuerda tirante que amenazaba con romperse. Por un segundo, estuve seguro de que iba a suceder. Ambos nos inclinamos apenas unos milímetros, el espacio entre nosotros cargado de una promesa que ninguno de los dos se atrevía a reclamar.
Pero el momento se rompió. Justine parpadeó y desvió la mirada, aclarándose la garganta.
—Yo... debería irme. Es tardísimo —dijo, levantándose con movimientos torpes.
—Espera —la detuve, tomando su mano—. Por favor. Quédate un poco más. Solo... no quiero estar solo hoy. Dwayne está muy tranquilo y eso me pone nervioso.
Ella me miró, dudosa, pero la súplica en mi voz ganó la batalla. Volvimos a entrar por la ventana. Estábamos agotados, tanto física como emocionalmente. Nos acostamos en la cama, todavía vestidos, uno frente al otro sobre las mantas. Continuamos charlando, nuestras voces volviéndose cada vez más pesadas, hasta que la conversación se convirtió en susurros ininteligibles y, sin darnos cuenta, el sueño nos venció.
POV JUSTINE (Mañana siguiente)
Me desperté por una vibración constante. Estaba desorientada. El colchón era más duro de lo habitual y el olor no era el de mi habitación. Entonces lo sentí.
Estaba abrazada a Ryan. Mi cabeza descansaba en su pecho y mis piernas estaban entrelazadas con las suyas de una manera tan natural que me asustó. Él todavía dormía, con una expresión de paz que nunca le había visto. Su mano descansaba protectoramente sobre mi espalda. Era un momento de una ternura tan pura que me quedé paralizada, disfrutando del calor de su cuerpo un segundo más.
Pero la vibración no se detenía. Venía de mi celular, que estaba en el suelo.
Me alejé de Ryan con cuidado, tratando de no despertarlo, y alcancé el teléfono. Cuando la pantalla se iluminó, sentí que el corazón se me caía a los pies. La sangre se me congeló en las venas.