In The Middle of The Night

| Capítulo XVI |

POV JUSTINE

El primer día de clases siempre había sido para mí un trámite burocrático, una fecha más en el calendario que marcaba el regreso al aislamiento social que yo misma había cultivado. Pero hoy era diferente. Hoy, el pulso me latía en las sienes con una urgencia desconocida. Necesitaba hablar con Ryan. Había pasado las últimas semanas encerrada en mi habitación, dejando que el eco de sus mensajes de voz fuera la única banda sonora de mi vida, y la culpa me estaba asfixiando.

Extrañaba su compañía de una forma que no era común en mí. He vivido sola gran parte de mi vida, convencida de que Carin, James y mi perro Aslan eran el único universo que necesitaba. Pero Ryan había abierto una brecha en mi armadura, y ahora que no estaba, el frío se sentía insoportable.

Tomé mi mochila, pero al intentar dar el primer paso hacia las escaleras, un pinchazo agudo en mi tobillo derecho me recordó mi torpeza de la noche anterior. Mientras bajaba a la cocina por agua, escuché ruidos extraños en el costado derecho del jardín. Mi instinto, siempre alerta tras la visita de Eryx, me llevó a investigar. Vi a alguien vestido de negro entre los sauces y, en mi afán por atrapar al intruso, mi tobillo se dobló con ese crujido familiar que ya conocía bien.

Gracias a Dios no fue una fractura, solo un esguince de grado uno. Nada de qué preocuparse, estaba acostumbrada a que mi cuerpo me traicionara en los momentos menos oportunos. El dolor era sordo y constante, pero podía soportarlo. No iba a permitir que un tobillo hinchado arruinara mi reencuentro con Ryan.

Carin, en su habitual tono de protección sofocante, me sugirió que me quedara a reposar. — Estás exagerando, abuela —le dije, terminando mi cereal a toda prisa—. Tengo que ir. Hay cosas que no pueden esperar a que un ligamento sane.

Me subí al coche y James arrancó hacia la casa de los Stocking. Mis dedos tamborileaban en mi pierna con un nerviosismo eléctrico. Pedir disculpas no estaba en mi vocabulario habitual; era un terreno pantanoso donde me sentía vulnerable, ridícula. Pero por él, estaba dispuesta a hundirme un poco.

Sin embargo, cuando llegamos, la casa parecía desierta. Bajé del auto, ignorando el dolor punzante en el pie, y toqué la madera vieja. La puerta se abrió para revelar a un Dwayne que apestaba a alcohol desde un metro de distancia. Me aparté instintivamente, tratando de ocultar mi asco.

— Buen día, señor Stocking. ¿Se encuentra Ryan? — Él no está —dijo Dwayne, arrastrando las palabras con una pesadez peligrosa—. Se fue hace rato. No te esperó.

Mi semblante cambió. Una mezcla de preocupación y decepción me golpeó el pecho. ¿Por qué no había esperado a James? Sabía que pasaríamos por él. Regresé al coche y le pedí a James que acelerara hacia el instituto. En el camino, intenté concentrarme en terminar el escrito para la clase del profesor Jean, pero las palabras se emborronaban frente a mis ojos.

Entré al salón con la esperanza de encontrarlo en su lugar de siempre, pero el pupitre estaba vacío. Mi ansiedad creció a medida que los demás estudiantes tomaban asiento, llenando el aire con sus risas banales y sus historias de vacaciones. El profesor Jean entró, dejó su maletín con un golpe seco y empezó la clase.

Justo cuando estaba a punto de darme por vencida, dos golpes secos en la puerta me devolvieron el alma al cuerpo. — Adelante —dijo el profesor.

Era él. Ryan entró con la mirada fija en el suelo, evitando cualquier contacto visual. Caminó hacia su asiento, justo al lado del mío, y se sentó con una rigidez que me resultó gélida.

— Hola... —susurré. Mi saludo fue casi inaudible, una súplica de paz. No recibí respuesta. Él abrió su cuaderno, concentrado en una página que parecía no tener nada escrito. — Ryan... quería pedirte disculpas. Por lo que pasó en Greenwood. Fui injusta contigo y conmigo misma.

Él guardó silencio un largo momento. Cuando finalmente me miró, sus ojos no tenían el brillo cálido de las estrellas en el tejado; estaban cubiertos por una pátina de indiferencia que me dolió más que cualquier grito de Carin. — Te disculpo —dijo, con una voz seca, profesional—. Por cierto, no te molestes en apuntarme en el trabajo de literatura. El poema lo hice por mi cuenta. Lo entregaremos de forma individual.

Sentí como si me hubieran vaciado un balde de agua helada.

— ¿Qué dices? —jadeé, confundida—. Se supone que era nuestro proyecto. Lo planeamos juntos.

— Pues ya ves que no —sentenció, volviendo su vista al frente.

— Bien —respondí, tragándome el nudo de orgullo que amenazaba con cerrarme la garganta.

El profesor Jean empezó a llamar a las parejas. Cuando llegó nuestro turno, me acerqué a su escritorio y, con la voz más firme que pude fingir, le informé que por problemas personales lo haríamos por separado. Él asintió, acostumbrado a mis excentricidades, y me cedió la palabra.

Me paré frente a la clase. Mis manos temblaban ligeramente mientras sostenía la hoja. — "Te busco en la sinfonía del viento y en los rayos abrasadores del sol... busco entre el mar el rugir de tu voz y en las nubes del cielo la triste canción. Querido, muy querido amor, te fuiste para no volver, aunque me cansaré esperaré por tu volver".

Una lágrima solitaria cayó sobre el papel, humedeciendo la tinta. El profesor me extendió un pañuelo en silencio. Ese poema era para mis padres, para ese vacío que Ryan había empezado a llenar y que ahora volvía a abrirse como una herida fresca. El salón estaba en silencio absoluto; por una vez, no había burlas.

Regresé a mi asiento, sintiéndome expuesta. Ryan, al ver mi estado, pareció flaquear por un segundo. Estiró su mano y rozó la mía sobre el pupitre. — ¿Estás bien? —preguntó, y en su voz hubo un rastro del chico del tejado.

— ¿Y qué más te da a ti? —respondí, retirando mi mano con brusquedad. El dolor me hacía ser cruel, una táctica de defensa que conocía demasiado bien.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.