In The Middle of The Night

| Capítulo XVII |

POV RYAN

Me dolía el pecho con cada palabra que le soltaba a Justine. En tan poco tiempo, esa chica se había convertido en el centro de gravedad de mi mundo, pero de alguna manera retorcida, sentía que tenía que dejarla ir. Si ella no podía corresponderme, si mi vida era un incendio constante, no podía arrastrarla conmigo. Ella merecía la paz que yo no tenía.

Me dirigía a mi siguiente clase, Arte, intentando procesar el vacío que había dejado nuestra interacción en el salón, cuando el grupo de Matthew me interceptó. Como si fuera una nueva y macabra costumbre, Matthew pasó su brazo por mis hombros, apretando con una fuerza que me recordaba quién tenía el control en la cadena alimenticia del instituto. Me estaban alejando del aula, guiándome hacia el patio trasero, esa zona gris donde las reglas del profesor Jean no llegaban.

— Matthew, tengo que ir a clase —le dije, forcejeando débilmente. El dolor de mis costillas aún me recordaba que él no era alguien con quien jugar—. En serio, si me descubren, mi falta será injustificada. Podrían suspenderme y perdería la beca.

— Recuerda con quién estás, Stocking —respondió Matthew con una sonrisa depredadora, sin suavizar el agarre—. Además, no seas aburrido. Vamos a divertirnos un poco. Ya eres uno de los nuestros, ¿no?

Llegamos a un rincón oculto tras los talleres. El aire ya olía a tabaco y a esa libertad peligrosa de quienes se saben impunes. Todos empezaron a abrir sus mochilas, sacando latas y botellas de alcohol con una naturalidad insultante. Era una de sus "fiestas" clandestinas, esas que la directora Evans ignoraba convenientemente mientras el apellido de los involucrados fuera lo suficientemente influyente.

— ¡Hey, piensa rápido! —gritó Matthew, lanzándome una lata de cerveza fría. La atrapé por instinto, sintiendo el metal helado contra mis palmas sudorosas.

— Lo siento, pero no bebo —dije, tratando de devolverla.

— Pues si estás con nosotros, es casi un deber. No seas una nena, Stocking. Bebe.

Suspiré, sintiendo una mezcla de cansancio y una extraña necesidad de apagar el ruido de mi mente. Le di el primer sorbo y el sabor amargo y metálico me hizo querer escupir. Pero Matthew no me dejó. Su mano se posó sobre la lata, inclinándola con fuerza, obligando al líquido a bajar por mi garganta hasta que el ardor me hizo toser.

— Esto sabe horrible —dije, limpiándome la boca con el brazo y haciendo una mueca de asco.

— Pero mira... — Matthew rió, tirando la lata vacía al césped con desprecio—. Te la has acabado toda.

Y después de esa, vino otra. Y otra. Y otra más. Perdí la cuenta de cuántas latas pasaron por mis manos, pero pronto el mundo empezó a inclinarse. El dolor de mi corazón y de mis costillas se fundió en una neblina mareante. En algún momento, mis piernas cedieron y caí sentado sobre el césped, riendo como un desquiciado por algo que ni siquiera recordaba. Estaba perdiendo la dignidad, y lo peor era que no me importaba.

Llevábamos horas allí. Lo supe porque los pasillos empezaron a llenarse de nuevo: era el descanso. A lo lejos, vi una silueta que reconocería incluso en medio de un incendio. Justine venía hacia mí. Su caminar era rápido, decidido, y su rostro era una máscara de furia y angustia.

— ¿Dónde rayos te has metido? —exclamó al llegar frente a mí, ignorando a los demás—. He pasado medio día buscándote. Y solo mírate... ¿estás borracho? Ryan, ¿estás borracho? ¡Maldición!

Se inclinó para intentar levantarme, pero Matthew la tomó del brazo con brusquedad. — Oye, lárgate y déjanos tranquilos, Cumberbatch. Él está con nosotros ahora. Le dio un leve empujón, y la rabia que sentí fue más fuerte que el alcohol. Me puse de pie de un salto, tambaleándome.

— Solo mira lo que le has hecho, imbécil —le gritó Justine a Matthew, devolviéndole el empujón con una ferocidad que me asustó—. Él no es así. Tú lo estás arrastrando a esto.

— Nadie lo ha obligado —respondió Matthew con suficiencia.

Justine se abalanzó hacia él, dispuesta a golpearlo, pero la detuve. La tomé de los hombros y la arrastré unos metros lejos del grupo, sintiendo cómo el mundo daba vueltas a mi alrededor.

— ¿Qué quieres, Justine? —mi voz sonó más áspera de lo que pretendía, distorsionada por el alcohol.

— Quiero saber qué está pasando contigo. ¡Eso es lo que quiero! —respondió ella, cruzándose de brazos, con los ojos inyectados en una preocupación que me partía el alma.

— Mira, esto es lo que soy ahora. O me aceptas así, o te alejas de una vez —sentencié. El alcohol me daba un valor suicida, una crueldad que no era mía pero que necesitaba usar para alejarla.

— No, te equivocas. Tú no eres este tipo, Ryan. Sé de qué se trata esto... es por lo que pasó, ¿verdad?

— No se trata de nada. Por favor, lárgate —elevé la voz, viendo cómo la gente empezaba a murmurar a nuestro alrededor.

— ¿Es porque no te correspondí? Si es por eso, déjame explicarte...

— ¡No quiero saber nada de tus razones! ¡Te lo diré una vez más: vete ahora! —rugí, sintiendo cómo el nudo en mi garganta amenazaba con cerrarse—. ¡No quiero saber nada más de ti!

El silencio que siguió fue devastador. La expresión de Justine cambió de la furia a una vulnerabilidad absoluta. Su labio empezó a temblar y sus ojos se llenaron de lágrimas en cuestión de segundos. Quise tomar su mano, quise pedirle perdón y decirle que la amaba, pero mi cuerpo no respondió. Ella apartó el brazo bruscamente cuando intenté acercarme.

— Espero que sepas lo que haces —dijo ella, con una voz temblorosa que se fue endureciendo a cada palabra—. Espero que luego esto no tenga consecuencias, Ryan. No hagas estupideces.

Se dio la vuelta, pero tras dar unos pasos, se detuvo y giró sobre su eje. Sus ojos eran ahora dos pozos de hielo, una mirada dura que me atravesó el pecho. — Oh, y una cosa más... —hizo una pausa necesaria—. Esta fue TU decisión.

Se marchó sin mirar atrás, con la espalda recta y el paso firme, dejándome allí, con el sabor amargo de la cerveza y el alma hecha pedazos. Fui un estúpido, lo sabía, pero era lo mejor. Tenía que serlo.




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