Justine Cumberbatch:
Ese chico ebrio e hiriente no es Ryan. No es el chico que me mostró las estrellas desde su tejado ni el que sostuvo mi mano en el hospital con una ternura que me desarmaba. No es mi Ryan.
Caminaba por los pasillos del instituto sintiendo un vacío frío en el pecho. No quería llorar; la vulnerabilidad era un lujo que no podía permitirme, pero estar cerca de él me había vuelto blanda, más sensible, peligrosamente humana. La campana sonó, un estruendo metálico que me indicó que llegaba tarde al laboratorio. Me quedé sola en el corredor, viendo cómo las últimas puertas se cerraban, cuando mi celular vibró en mi bolsillo.
Al ver que el número era desconocido, una punzada de ansiedad me recorrió la nuca. Contesté.
— Es mejor que dejes de buscar lo que no te conviene, niñita, o pagarás las consecuencias —dijo una voz rasposa, una distorsión oscura que parecía arrastrarse desde el fondo de una tumba.
— Qué poca originalidad, bobo —respondí, forzando un tono de fastidio para ocultar el temblor de mis manos—. ¿En serio? ¿Amenazas telefónicas? supongo que el presupuesto para villanos ha bajado.
— Estoy hablando en serio, Justine. Es mejor que dejes las cosas como están. El pasado es un cementerio; si sigues cavando, terminarás dentro de él.
— Excelente. Bueno, ¿y me podría decir quién es usted, "Señor Misterio"? ¿O tengo que adivinarlo por el tono de su patetismo?
— Te estamos dando la oportunidad de salir del camino sin retorno. Nosotros no damos segundas oportunidades —la voz se volvió más fría, despojada de cualquier matiz humano—. Si no paras con la investigación sobre la muerte de tus padres o si no, vas a morir exactamente igual que tus malditos padres. Entre metal retorcido y llamas.
Me paralicé. El aire se escapó de mis pulmones y una rabia incandescente sustituyó al miedo. — Mira, maldito hijo de puta —dije entre dientes, bajando la voz hasta que sonó como una promesa de muerte—. No te tengo miedo. Prometo que cuando te encuentre, te arrancaré los ojos y haré que te los tragues mientras te veo desangrarte.
— Ya veremos —respondió él con una calma aterradora—. Por cierto, qué linda se ve Carin desde donde estoy. El jardín de los Cumberbatch es muy... vulnerable.
El clic de la llamada terminada resonó como un disparo. De inmediato llamé a mi abuela, pero el tono de llamada se repetía una y otra vez sin respuesta. El pánico me impulsó a correr. Salí del instituto ignorando los gritos de los guardias, corrí hasta que mis pulmones ardieron y casi me arrolla un auto al cruzar la calle, pero nada me importaba más que llegar a casa.
Cuando entré, irrumpí en su habitación. Carin estaba allí, ajena al mundo, con sus auriculares puestos y un libro en el regazo. El alivio fue tan violento que me lancé sobre ella, abrazándola con una fuerza que la hizo soltar un grito de asombro.
— ¿Pero qué pasó, cariño? —preguntó, quitándose los cascos.
— ¿Por qué rayos no contestas el teléfono? —la reprendí, con la voz rota—. Casi me da un infarto.
— Tengo los auriculares puestos, Just. Sabes que detesto las interrupciones cuando leo. ¿Por qué no estás en la escuela?
Dudé. Sabía que decirle la verdad la destruiría, que volvería a encerrarme bajo una guardia de diez hombres. No podía permitir que el miedo de hace un año volviera a gobernarnos.
FLASHBACK:
11 de Julio
Era Julio 11, justo el día de mi cumpleaños y mi abuela estaba preparando un pastel de chocolate, solo faltaba decorarlo; yo estaba buscando el jarabe de cereza y en ese momento llego Will, el jefe de seguridad para avisar que llegó un paquete especial para mi.
–¿Seguro que no dejaron información sobre el remitente?– le pregunté mientras me quitaba el delantal lleno de harina para luego tomar en mis manos la caja.
Will: –No señorita Cumberbatch.
–Bien, gracias Will puedes retirarte.
Este se marcha de inmediato dejándome en la cocina con mi abuela quien aún se encuentra trabajando en el pastel.
Carin: –¿Quien te envío eso Just?– dice sin despegar la mirada del pastel.
–No tiene remitente.- abro la caja y encuentro primeramente una carta.
"Pequeña Francelle, espero que estés disfrutando de tu cumpleaños número 17, es impresionante ver como pasa el tiempo.
Te envió este regalo con la intención de que de alguna manera comprendas que no hay nada que buscar e investigar acerca de la fatídica muerte de tus amados padres, debes dejar que el tiempo siga su curso natural, me refiero que no desearía tener que interrumpir los planes del destino al hacerte daño, eres muy joven como para desperdiciar tu tiempo en un caso ya esclarecido. No quiero que lo tomes como amenaza al contrario deberías tomarlo como un memorándum.
El contenido de la caja es un pequeño ejemplo de lo que te podría pasar si sigues con esto.
Te apreciamos mucho y mis mejores deseos para ti, te mando un abrazo."
Dentro de la caja principal había otra, tallada con una precisión bizarra. Tenía la forma de un torso humano, con las costillas y los órganos detallados en una madera rojiza tan realista que parecía carne viva. Desprendía un olor fétido, a muerte estancada.
— ¡Mierda! —exclamé, retrocediendo al ver el contenido. Era un gato decapitado. Sus órganos internos habían sido extraídos y esparcidos por la madera barnizada. Corrí al baño y vomité hasta que me dolió el estómago, llorando de pura impotencia.
Poco después, la cocina se llenó de oficiales. El oficial Turner y el detective García observaban la caja con una indiferencia que me resultaba insultante. — ¿Tienes alguna idea de quién pudo hacerlo, Justine? —preguntó García, sin soltar su libreta.
— Créame, si lo supiera, no habría sido necesario llamarlos a ustedes —respondí con amargura.
— Como no hay remitente ni huellas claras, la investigación será complicada. No podemos hacer mucho por ahora.