Justine Cumberbatch:
Mi plan estaba trazado, aunque por las noches, cuando el silencio de la mansión se volvía insoportable, me parecía una locura suicida. Iría a la exposición de Richard Jones-Royce bajo el disfraz de una estudiante de periodismo. Usaría la curiosidad académica como un bisturí para diseccionar al artista y llegar al fondo de esa caja macabra que me enviaron hace un año. Era arriesgado, pero la paciencia nunca fue una de mis virtudes cuando se trataba de buscar justicia para mis padres.
Sin embargo, las semanas se arrastraban con una lentitud agónica. La soledad, que antes era mi zona de confort, ahora se sentía como una celda fría. Extrañaba a Ryan. Extrañaba las tardes en su habitación, sus torpes intentos de hacerme reír y esa calidez que no sabía que necesitaba hasta que la perdí. Carin, que tiene un radar infalible para mi estado de ánimo, no dejó de presionar hasta que me acorraló en la biblioteca.
— Justine, estoy harta de que evadas el tema —sentenció, cerrando su libro con un golpe seco—. Necesito saber por qué Ryan ya no viene, por qué ya no mencionas su nombre.
— Está bien —puse los ojos en blanco, sintiendo el nudo en la garganta—. No te lo haré tan largo. El día de la colina... pasaron cosas. Ryan me besó.
La cara de mi abuela fue un poema: asombro, incredulidad y una chispa de emoción que intentó ocultar tras su máscara de elegancia. Se quedó en silencio, analizándome.
— Me duele que no me lo contaras —murmuró finalmente—, pero lo importante aquí es: ¿te gusta él?
— ¿Cómo crees, Carin? —respondí de inmediato, fingiendo una ofensa que no sentía—. Es obvio que no.
Carin soltó una carcajada sarcástica. Ella siempre sabía cuándo estaba mintiendo. — Nena, si no te gustara, no te habrías alejado con tanto pavor. Te conozco; lo habrías olvidado al día siguiente. El hecho de que te duela tanto su ausencia confirma que ese beso significó algo para ti. Justine, si hubieras visto cómo te miraba... eras la luz de su oscuridad, la mano que lo rescató del abismo. Date una oportunidad.
— Aunque quisiera, ya no puedo —susurré, sintiendo el picor de las lágrimas—. Él me dejó claro que no me quiere en su vida. Me gritó que me fuera.
— ¿Y le creíste? —Carin negó con la cabeza—. Fuiste una tonta, Justine. Esas no fueron palabras de Ryan; fue el miedo o el despecho hablando por él.
Me quedé callada, dejando que sus palabras calaran. Tal vez tenía razón, pero ahora tenía una misión más urgente. — Dejaré que las cosas sigan su curso natural. Por cierto, este fin de semana iré a una exposición de arte.
— ¿Desde cuándo te interesa el arte tan de repente? — Desde que vi tu rostro de diosa del Olimpo esta mañana —le dije, tomando su cara entre mis manos para besar su mejilla—. Eres una obra maestra, Carin Cumberbatch.
Logré sacarle una carcajada sonora, pero por dentro, el estómago se me revolvía. El fin de semana se acercaba, y con él, el encuentro con el tallador de cadáveres.
POV RYAN
Matthew me había invitado a una fiesta en casa de Samantha. Estaba nervioso; las historias sobre las fiestas de la élite del instituto eran legendarias por su exceso y desenfreno. Me miré al espejo una última vez, ajustando mi ropa, tratando de convencerme de que pertenecía a ese mundo de luces neón y música alta.
Llegué cerca de las nueve. La vibración de los bajos se sentía en el pavimento desde dos calles antes. En el césped de la entrada ya había varios chicos inconscientes, víctimas tempranas del alcohol. Me adentré en la casa, sorteando cuerpos y vasos rojos, hasta que alguien me indicó que Matthew estaba en la piscina.
El ambiente allí era aún más intenso. Chicas en bikini, alcohol fluyendo y una atmósfera de impunidad total. Samantha estaba sola cerca del borde, bebiendo una cerveza con la mirada perdida.
— Hola, Sam —dije acercándome.
— Ryan, pensé que no vendrías —sonrió ella, sus ojos ya algo nublados—. ¿Por qué no te metes al agua?
— No traje ropa extra —respondí, pero antes de terminar, ella me tiró del brazo y caí de golpe al agua.
Salí a la superficie tosiendo, mientras ella reía sin cesar. Se acercó a mí, envolvió sus piernas en mi cintura y sus brazos en mi cuello, besándome con una intensidad desesperada. Intenté dejarme llevar, pegándola contra la pared de la piscina mientras ella me quitaba la camisa. Sus mordiscos en mi hombro y su respiración agitada en mi cuello deberían haberme excitado, pero mi mente seguía proyectando la imagen de Justine en la colina.
— ¿Y si mejor buscan una habitación? Par de vírgenes —la voz de Matthew cortó el momento como un cuchillo.
— Púdrete, Matthew —respondió Samantha, mostrándole el dedo medio sin soltarme.
Matthew se alejó riendo, pero el hechizo se rompió por completo cuando un estruendo pesado golpeó el agua al otro extremo. Uno de los amigos de Matthew, Greg, había caído al fondo. Los demás empezaron a reír, burlándose de sus manoteos erráticos.
— Mierda, no sabe nadar. Hay que ayudarlo —dije, tratando de zafarme de Samantha.
— Déjalo, solo está jugando —dijo ella con una indiferencia que me dio asco.
Me solté de su agarre y nadé hacia Greg. Ya no se movía. Lo saqué a la superficie y lo arrastré hasta la orilla. Estaba pálido, sin pulso. El pánico se apoderó de los presentes, que de pronto guardaron silencio. Inicié las maniobras de RCP: 30 compresiones, respiración, otra vez.
— Vamos, amigo, respira —suplicaba entre dientes.
Al tercer ciclo, Greg expulsó una bocanada de agua y aire, tosiendo violentamente. Lo puse en posición lateral de seguridad mientras algunos aplaudían, pero la tensión en el aire era palpable. Matthew se acercó, palmeándole la espalda a Greg con una falsa camaradería que ocultaba algo oscuro.
— ¡Maldito idiota! —gritó Greg, empujando a Matthew con las pocas fuerzas que le quedaban—. ¡Te dije que no sabía nadar y me empujaste! ¡Pude morir como Steve!