Ryan Stocking:
Las palabras de Matthew seguían martilleando en mis oídos mientras caminaba de regreso a casa. "No fue solo mi culpa", había dicho Greg. El aire gélido de Winterwood me cortaba la piel, y la ropa empapada se sentía como una armadura de hielo pesado que me recordaba mi imprudencia. Al parecer, los rumores que circulaban en los pasillos más oscuros del instituto eran ciertos: Steve no se había marchado, ni se había ahogado por accidente. Matthew lo había matado.
Llegué a casa tiritando. Dwayne estaba dormido en el sofá, con el televisor encendido proyectando luces estroboscópicas sobre su rostro cansado. Por un momento, me quedé mirándolo. Me gustaba verlo así; en el sueño no era el hombre que me recordaba lo miserable que era, era simplemente él, en su versión más pura y silenciosa. Busqué una manta y lo arropé con cuidado, un gesto de piedad que probablemente él no habría tenido conmigo.
Subí a mi cuarto y me metí en la ducha. Mientras el agua caliente relajaba mis músculos, mi mente voló hacia ella.
Oh, Justine.
La necesitaba. El rechazo que le había gritado en el patio del instituto me quemaba por dentro. Me obligaba a decirme que debía arrancarla de mi corazón, que amarla era dejarla ir, pero no tenía tanta fuerza de voluntad. Ella fue mi ángel, la única que vio la luz que se apagaba en mí y me tendió la mano cuando yo ya me había rendido ante el abismo. Y sin darme cuenta, las lágrimas empezaron a mezclarse con el agua de la ducha. La amaba, y ese amor era lo único que me mantenía humano en este lugar podrido. Quizas el decir que la amo es precipitado pero desde el primer momento ella me mostro que esa luz que creia apagada en mi y tenerla cerca era la gloria en la misma tierra, me puedo equivocar en muchas cosas menos en sentir lo que siento.
Al salir, vi su reflejo en el espejo empañado por un segundo. Una Justine decepcionada, con esa mirada seria que solía darme antes de que rompiéramos lo nuestro. Me giré, pero no había nada. La extrañaba tanto que mi mente estaba empezando a jugarme trucos crueles. Tomé el celular y la llamé. Una, dos, tres veces. Nada. Entendí que me estaba ignorando, y con toda la razón del mundo. Tiré el celular a la cama y me hundí en un sueño lleno de sombras.
EL DÍA SIGUIENTE
El sol de la mañana no trajo consuelo. Desayuné un poco de cereal con leche a punto de caducar en una cocina silenciosa; mis padres ya se habían marchado a sus respectivas vidas secretas. Mis manos sudaban mientras caminaba hacia el instituto. Sabía que tenía que enfrentarla, pero no sabía cómo.
En la entrada, José, uno de los pocos amigos de Matthew que no parecía haber vendido su alma, me detuvo.
— Oye, lo de anoche con Greg... fue increíble, hermano. Nadie movió un dedo excepto tú. — Cualquiera lo habría hecho —mentí, sintiendo el peso del secreto de Matthew en mis bolsillos.
— No te equivoques, Ryan. A nadie le importaba Greg. Pero oye... ¿qué pasa entre Sam y tú? Ayer se veían muy...
Hablando de la reina de Roma.
Antes de que pudiera reaccionar, Samantha se abalanzó sobre mí. Sus manos se enredaron en mi cuello y capturó mis labios en un beso intenso, cargado de un hambre que yo no compartía, pero a la que mi cuerpo respondió por puro instinto de supervivencia social. El beso se profundizó, volviéndose ruidoso y desesperado.
Y entonces, lo sentí. Un escalofrío me recorrió la columna, una vibración de desastre inminente. Miré por encima del hombro de Samantha y el mundo se detuvo.
Justine estaba allí.
A unos metros de distancia, ella nos observaba. Su rostro, habitualmente una máscara de porcelana fría, se había agrietado. Pude ver el dolor crudo en sus ojos, una decepción tan profunda que me hizo sentir como el ser más despreciable del planeta. Fue un segundo eterno donde su mirada acusadora me atravesó el pecho, recordándome cada promesa implícita que habíamos hecho.
Traté de dar un paso hacia ella, de explicarle que esto no significaba nada, que era un error nacido de la confusión. Pero Justine retrocedió de inmediato, negando con la cabeza con una mueca de asco y tristeza. Se dio la vuelta y desapareció entre la multitud de estudiantes con un paso veloz, como si estuviera huyendo de algo tóxico.
— Parece que viste un fantasma —dijo Samantha, dándome un beso rápido en la mejilla antes de irse—. Te veo luego.
Me quedé allí, atónito, con el sabor de Samantha en los labios y el alma de Justine alejándose de mí. Soy un completo imbécil. No hay otra palabra. Lo peor es que la primera clase del día era Literatura.
Caminé hacia el salón sintiendo que me dirigía a mi propia ejecución. Sabía que Justine no iba a gritarme, no iba a montar un escándalo; ella haría algo mucho peor. Simplemente me borraría. Me miraría como si fuera un espacio vacío, como si los momentos en el hospital y los besos bajo las estrellas nunca hubieran existido.
Me senté en mi pupitre, sintiendo el vacío del asiento a mi lado. El aire en el aula se sentía pesado, cargado con el olor de su perfume que todavía flotaba cerca de mí. No sabía cómo darle la cara. Estaba considerando seriamente saltarme la clase, pero la cobardía ya me había costado demasiado. Tenía que quedarme allí, a pocos centímetros de la chica que amaba, sabiendo que para ella, ahora yo no era más que otro habitante de la oscuridad de Matthew.
La puerta se abrió y ella entró. No me miró. Ni siquiera hubo una fracción de segundo de duda en su trayectoria. Se sentó, sacó sus libros y empezó a escribir, ignorando mi existencia con una perfección aterradora. El silencio entre nosotros era un muro de concreto, y yo estaba atrapado del lado equivocado.