Justine Cumberbatch
Me gustaría decir que me dio igual ver a Ryan con la tonta y cabeza hueca de Samantha Benedict. Me gustaría decir que mi corazón de piedra no sintió ni una fisura al verlos, pero mentiría. Al verlo besarla, algo dentro de mi pecho se retorció con una violencia que me dejó sin aliento. Sentí un impulso primario de caminar hacia él, de borrarle esa expresión de la cara con un golpe y preguntarle a gritos si todo lo que juró sentir por mí se había esfumado en una tarde de alcohol y malas decisiones. Pero me detuve. Él no valía el espectáculo, ni yo valía la humillación.
Entré al salón de Literatura sintiendo que el aire pesaba toneladas. Como si se tratara de un cliché de una novela barata, mi compañero de mesa era él. Me desplomé en la silla y entrelacé mis dedos sobre la madera, apretándolos hasta que los nudillos se pusieron blancos. El profesor Jean entró y comenzó a hablar, pero sus palabras eran solo un ruido de fondo. Mi atención estaba anclada en el calor que desprendía el cuerpo de Ryan a pocos centímetros del mío.
No me miraba, pero sentía su respiración agitada, errática. Por el rabillo del ojo, vi cómo su mano temblaba levemente sobre el pupitre. Yo me concentré en el cuestionario que nos habían entregado, tratando de ignorar que el chico que me había rescatado del abismo ahora olía a una mezcla de perfume de mujer barata y arrepentimiento.
“Si supieras que vas a morir exactamente dentro de un año, ¿cómo cambiaría tu manera de vivir?”, cuestonaba la pregunta del papel.
Apreté el bolígrafo. Si me quedara un año, dejaría atrás esta máscara de frialdad. Me gustaría amar y dejar que me amen, sin miedo. Pero el presente era un chico de ojos esmeralda que me ignoraba después de haberme destrozado. Viviria todo las experiencias posibles y sobre todo viviria sin miedo.
La campana sonó, marcando el final de la clase. Los estudiantes se apresuraron a salir, pero yo me quedé sentada, fingiendo guardar mis cosas con una lentitud exasperante. Sabía que él no se movería. Cuando el último alumno cruzó el umbral y la puerta se cerró con un clic definitivo, el silencio en el salón se volvió insoportable.
— Debemos hablar —su voz... Dios, esa voz volvió a estremecer todo mi interior. Tenía tanto tiempo de no escucharla que el sonido me golpeó como una ola física.
— No hay nada de qué hablar, Stocking. Me lo dejaste claro ayer en el patio —respondí sin mirarlo, cerrando mi mochila con un movimiento seco.
— Justine, por favor. Solo escúchame.
Me levanté para marcharme, pero su mano rodeó mi brazo con firmeza. Me obligó a girar y quedé atrapada en la intensidad de sus ojos verdes, esos que alguna vez brillaron solo para mí. Antes de que pudiera protestar, tiró de mí con fuerza, acortando la distancia hasta que choqué contra su pecho. Sus brazos me rodearon como una celda de la que, en el fondo, no quería escapar.
— Suéltame —mascullé, aunque mi voz carecía de la autoridad necesaria.
— No. No hasta que entiendas que lo que viste ahí afuera no es lo que parece. Ella no significa nada. Fue una estupidez, una reacción al vacío que dejaste cuando me apartaste en la colina.
— No necesito tus explicaciones —traté de sonar segura, forcejeando contra su pecho, pero su fuerza era superior—. No me importa lo que hagas con tu vida, ni con quién decidas besuquearte en los pasillos.
— Mientes —susurró él, y su aliento cálido rozó mi frente—. Repítelo hasta que te lo creas, pero ambos sabemos que te importa. Justine, estar lejos de ti me está matando. Es una agonía despertar y saber que no puedo llamarte, que no puedo verte. Perdóname... por lo que dije, por lo que hice. Fui un imbécil, pero eres la única que está en mis pensamientos, la única que ha estado en mi corazón desde el primer día.
Su cercanía era embriagadora. Podía oler su perfume, sentir el latido acelerado de su corazón contra el mío. Ryan pasó la punta de su nariz por mi mejilla, un roce lento y deliberadamente sensual que me hizo flaquear las rodillas. Bajó hacia mi cuello, dejando un rastro de fuego en mi piel.
— Solo dime que me necesitas —susurró contra mi oído, su voz volviéndose profunda, ronca—, y seré todo tuyo. De la forma que quieras. Pero no me pidas que siga viviendo en este silencio.
Cerré los ojos por un segundo, sintiendo cómo mi resolución se desmoronaba. Te necesito, gritó mi mente. Sus labios buscaron los míos con una desesperación que me dejó sin aliento. Fue un intento de beso profundo, cargado de una intensidad que amenazaba con devorarnos a ambos. Por un instante, mis manos se aferraron a su camisa, respondiendo a la profundidad de su contacto.
Pero justo antes de que el beso se sellara por completo, la imagen de él con Samantha Bennedict cruzó mi mente como un relámpago de hiel. La rabia regresó, fría y cortante.
Lo empujé con todas mis fuerzas, logrando separarnos. Ryan retrocedió, jadeando, con la mirada nublada por el deseo y la confusión.
— ¿Pero qué demonios pasa contigo? —alcé la voz, sintiendo cómo las lágrimas de frustración picaban en mis ojos—. ¿Crees que puedes ignorarme, gritarme que me largue y luego venir aquí a intentar seducirme como si nada hubiera pasado?
— Justine, yo...
— Este no eres tú, Ryan —lo corté, mirándolo con una decepción que me quemaba la garganta—. El chico que yo conocí, el que era honesto y valiente, no se escondería detrás de juegos baratos de sensualidad ni de botellas de alcohol. En serio extraño al Ryan de antes. Solo espero que algún día, si es que todavía existe, decida volver.
No esperé su respuesta. Tomé mi mochila y salí del salón lo más rápido que pude, huyendo de los restos de un amor que se sentía como ceniza en mis manos, mientras el eco de sus disculpas se perdía en el pasillo vacío.