Todavía me costaba procesar que lo que tanto había esperado finalmente fuera real. Por primera vez en mucho tiempo, las piezas del rompecabezas parecían encajar.
Al terminar las clases, busqué a Justine con la mirada, pero se había esfumado. Supuse que tendría sus propios asuntos, así que no le di mayor importancia. Sin embargo, mi optimismo se topó con un muro cuando me encontré con los chicos; sus rostros no auguraban nada bueno.
—¡Hola! ¿Qué cuentan? —saludé, intentando mantener la ligereza.
—Al grano, Stocking —intervino Matthew, cruzándose de brazos con una rigidez autoritaria—. ¿Qué hacías con Justine Cumberbatch?
—Solo charlábamos. ¿Hay algún problema con eso?
—Oh, pequeño Ryan... —Matthew soltó una carcajada carente de humor—. Ella ya no pertenece a tu círculo. No deberías ni respirar su mismo aire. ¿Olvidaste lo que nos dijiste? Se supone que querías borrarla de tu mapa. Decide ahora mismo de qué lado estás.
Fruncí el entrecejo, sintiendo cómo la indignación me subía por el cuello.
—Esto tiene que ser una broma. ¿Desde cuándo necesito una autorización para decidir con quién hablo? ¿Y qué significa eso de "decide"?
—No estás entendiendo el panorama —Matthew dio un paso hacia mí, bajando la voz—. Mira todo lo que has ganado por estar con nosotros: estatus, protección, respeto. ¿Vas a tirar todo eso a la basura por una chica que ya no suma nada a tu vida?
—Primero que nada —le interrumpí, manteniendo la voz baja pero firme—, no te atrevas a intentar controlar con quien debo hablar o no. Y segundo, no voy a negociar mi integridad ni mis amistades por un sentido de pertenencia tan barato.
Me di la vuelta y comencé a caminar, dejando el eco de mis palabras en el aire.
—¿Y qué va a pasar con Sam, eh? —gritó Matthew a mis espaldas—. ¡Ella no se va a quedar de brazos cruzados!
Dudé un segundo, con la tentación de volver y terminar la discusión, pero la ignoré. Sabía que esto traería consecuencias, pero Justine valía cada maldito problema que se avecinara.
[...]
Esa noche, mientras observaba el cielo estrellado desde mi ventana, mi mente era un caos de felicidad absoluta. Saqué el celular y busqué el contacto de Justine. Pasé el dedo por mis labios, sonriendo como un idiota al recordar el sabor de su beso; mi corazón se aceleró de una forma casi ridícula.
El tono de llamada rompió el silencio de la habitación.
—¿Hola? —la voz de Justine, ligeramente ronca por el sueño, inundó el auricular.
—¿Te desperté? —pregunté con una sonrisa inevitable.
—¿Tú qué crees? —respondió ella con su sarcasmo habitual.
—Lo siento...
—¿Por qué llamas a mitad de la noche, Stocking? Deberías estar durmiendo.
—Lo sé, pero necesitaba escuchar tu voz. No podía cerrar los ojos sin asegurarme de que lo de hoy no fue un sueño. Y ahora que te escucho, sinceramente, prefiero seguir despierto hablando contigo.
Escuché un pequeño silencio del otro lado; supe que se había ablandado.
—¿Te gustaría salir este sábado? —solté antes de perder el valor.
—¿Este sábado? Oh, no creo... tengo planes.
—¿En serio? —el ánimo se me cayó al suelo—. ¿Vas a salir con alguien más?
—Sí, con un chico. Muy alto, guapo, de cabello rubio cobrizo y unos ojos verdes que te hipnotizan con solo mirarlos.
—Vaya, bien por ti... —mascullé, sintiendo una punzada de celos amargos.
—¿Celoso? Eres tú, bobo —su risa cristalina fue el mejor alivio—. Pero tendrá que ser por la noche. Durante el día tengo que hacer unas gestiones importantes.
—¿Quieres que te acompañe?
—No creo que te guste, Ryan. Es un lugar... frío. Aburrido.
Nos quedamos hablando hasta que la madrugada se volvió mañana. No me importaba el cansancio; su voz era el único placebo que mi sistema necesitaba.
[...]
Justine Cumberbatch
Era sábado. El día de la exposición de Richard Jones-Royce.
Me gustaría decir que el pulso no me temblaba, pero mentiría. Este no era un evento social; era un peldaño más en la escalera que me llevaría al asesino de mis padres. Guardé en mi bolso los cuadernos, un par de lápices y la grabadora. Al mirarme al espejo, el reflejo me devolvió una imagen que me cortó el aliento: vestida así, era la viva imagen de mi madre. Sonreí con melancolía. Ella se había ido, pero su esencia corría por mis venas.
—Hola... ¿Seguro que aún quieres venir conmigo? —le pregunté a Ryan al otro lado de la linea.
[...]
—No puedo creer que me llamaras para esto —comentó Ryan mientras caminábamos hacia la entrada del museo—. ¿Desde cuándo te interesan las exposiciones de arte de vanguardia? Nunca te oí mencionar algo así.
—Sorpresa —me limité a decir.
—Hablo en serio, Justine. Hay algo detrás de este repentino interés, ¿verdad?
—Lo hay.
—¿Y qué es?
—Es mejor que no lo sepas por ahora, Ryan. Tú solo intenta... disfrutar del arte.
Entramos al museo y la atmósfera nos golpeó de inmediato. Las luces tenían un tono rojizo denso, casi visceral. Las paredes exhibían óleos y piezas de madera tallada con una temática perturbadora.
Nos detuvimos frente a un cuadro de gran formato: una mujer de piel traslúcida yacía en el suelo, desnuda y con los ojos vendados; una cinta sellaba su boca y sus manos estaban atadas a la espalda. Su tórax estaba abierto quirúrgicamente mientras aves de rapiña se daban un festín con sus órganos. En el fondo, hombres con trajes impecables sostenían cadenas conectadas al cuello de otras mujeres en condiciones similares. Era una oda a la deshumanización.
—No me siento muy bien... —susurró Ryan, palideciendo.
—Estás helado —puse mi mano en su mejilla; estaba realmente afectado.
—Necesito aire. Ahora mismo —dijo antes de salir casi huyendo del salón.
—Parece que tu novio es un poco sensible, ¿no crees? —una voz masculina y aterciopelada resonó a mis espaldas.
Me giré sobre mis talones. Frente a mí estaba Richard Jones-Royce. Se veía mucho más joven que en las fotos de prensa, con un aura de elegancia peligrosa.