In The Middle of The Night

| Capítulo XXIV |

Justine Cumberbatch

Salimos del museo en un silencio denso. Me sorprendía que Ryan no hubiera soltado un sermón todavía, considerando que acababa de presenciar cómo me enfrentaba a un tipo peligroso por una pista de asesinato.

Necesitaba cafeína para procesar la adrenalina, así que lo guié hacia una cafetería cercana. Él me abrió la puerta sin decir palabra, con una cortesía mecánica que me ponía los pelos de punta. Pedí un capuchino para él y un café con leche para mí. Nos sentamos en la terraza, frente a frente, bajo la luz mortecina de la tarde.

—Así que ese era tu "interés repentino" por las artes —soltó finalmente, entrelazando sus dedos sobre la mesa y clavando su mirada en la mía—. Me usaste de escudo.

Me encogí de hombros, sosteniéndole la mirada con fingida indiferencia.

—Estás consciente de que es peligroso, Justine. Ese tipo no es un artista excéntrico, es un tipo que se mueve en círculos oscuros.

—Exageras, Ryan.

—¡No exagero! —su voz subió un tono—. ¿Qué hubiera pasado si sus guardaespaldas no fueran tan "amables"? ¿Si Richard fuera el asesino?

—Pues hubiera sido perfecto —respondí con frialdad—. Así no tendría que seguir esperando para hacerlo pedazos yo misma.

—¡Por favor! Deja ya ese papel de vengadora solitaria —me regañó, visiblemente frustrado—. ¿Ir a la habitación de un hotel de un desconocido? Es la trampa más vieja del mundo. Creí que eras más inteligente que esto.

—¿Tú qué sabes? —murmuré, sintiendo que la rabia me ganaba—. Al final del día, la única que se arriesga soy yo. No es tu problema.

—¡Deja de pensar solo en ti por un maldito segundo! —Ryan se inclinó hacia adelante—. Piensa en Carin. ¿Qué sería de ella si te pasa algo?

—¡Sé cuidarme sola, no necesito un guardaespaldas!

—¡Pues dejas de comportarte como una niña!

—¡Y tú deja de actuar como si fueras mi padre! ¡Te preocupas por nada!

—¡ME PREOCUPO PORQUE ME IMPORTAS! —gritó, y el silencio que siguió en la terraza fue ensordecedor—. ¡Porque te quiero, maldita sea!

Me quedé helada. Ryan estaba rojo, con la respiración agitada y una expresión de vulnerabilidad que me desarmó por completo. Toda mi armadura de "chica mala" se desmoronó. No pude evitarlo; una pequeña sonrisa escapó de mis labios y terminé soltando una risita nerviosa. Se veía tan tierno en su frustración.

—¿De qué te ríes ahora? —suspiró él, pasándose una mano por el cabello, derrotado.

—Ven aquí —dejé el dinero del café en la mesa, tomé su mano y tiré de él. Ya no quería discutir.

[...]

Ryan Stocking

Cuando sus dedos se entrelazaron con los míos, el mundo volvió a su eje. La seguí por las calles sintiendo que, si esto era un sueño, no quería despertar nunca.

—Así que te preocupas por mí... —murmuró ella con un tono juguetón que me hizo arder las orejas.

—Sabes que sí.

—Y me quieres... —me miró de reojo, disfrutando de mi sonrojo—. Te ves adorable cuando te pones así.

Caminamos hasta el muelle, donde el olor a salitre y el sonido de las olas calmaban el caos de la ciudad. Justine se sentó en la borda, dejando que el viento despeinara su cabello en todas direcciones. Parecía una aparición bajo la luz de la luna.

—¿Tengo algo en la cara? —preguntó, notando mi escrutinio.

—Tienes unos ojos que hipnotizan —respondí, acercándome más—. Y unos labios que parecen prometer el cielo y el infierno al mismo tiempo. Sinceramente, cruzaría cualquier infierno con tal de que besarle fuera mi recompensa.

Aun con el rastro de la discusión reciente en el aire, tomé su rostro entre mis manos. La besé con una delicadeza casi sagrada. Al principio se tensó, pero luego rodeó mi cuello con sus brazos, acortando cualquier distancia. Fue un beso lento, lleno de una necesidad que las palabras no alcanzaban a cubrir.

—Deberíamos irnos —susurró ella contra mis labios cuando nos separamos para tomar aire—. Se hace tarde.

Me miró con una chispa de comprensión, como si supiera que estaba recordando la última vez que huyó después de un beso.

—No te preocupes —añadió con una sonrisa—. Esta vez no voy a salir corriendo.

Subimos al autobús para un viaje de dos horas de regreso. Justine se quedó pegada a la ventana, observando el paisaje nocturno, mientras yo simplemente la observaba a ella. Todo era perfecto hasta que el celular vibró en mi bolsillo.

Era mi padre. El pánico me cerró la garganta.

—¿Dónde mierda estás? —su voz llegó cargada de una furia líquida.

—Estoy... ocupado. ¿Qué pasa? —traté de sonar normal, pero mi mano empezó a temblar.

—Ven ahora mismo o juro que lo lamentarás. Ya lo sé todo, Ryan. Sabías que tu madre me estaba engañando y te quedaste callado como el imbécil que eres. Si la última vez te dejé vivo, esta vez no tendré tanta piedad.

Colgó antes de que pudiera articular palabra. Sentí que el oxígeno desaparecía del autobús. Las lágrimas empezaron a agolparse en mis ojos, pero me negué a quebrarme frente a Justine.

—¿Ryan? ¿Pasa algo? —ella tomó mi mano, acariciando mis nudillos con el pulgar.

—Sí —respondí en un hilo de voz. No podía ocultárselo más. La máscara se había roto.

Justine se giró hacia mí, alarmada. Me tomó de las mejillas y, al ver que una lágrima traicionera rodaba por mi cara, su expresión se endureció. Le conté lo que había pasado: la llamada, la amenaza de mi padre y el secreto de mi madre que me había estallado en las manos.

—Espera... —Justine frunció el entrecejo, conectando los puntos—. ¿Me estás diciendo que el que te dejó en el hospital la última vez fue tu propio padre? ¡Ryan, eso es un intento de homicidio! Tenemos que ir a la policía ahora mismo.

—No, Justine... no puedo. Es mi padre.

—Es un monstruo —espetó ella, furiosa—. Ryan, no puedes volver a esa casa solo. Es una sentencia de muerte.

—Tengo que resolverlo.

—Eres un terco de primera —dijo ella, dándose por vencida, pero con la mirada encendida—. Está bien. Pero no vas a ir solo. Voy contigo.




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