In The Middle of The Night

| Capítulo XXV |

Ryan Stocking:

Sentí una mano firme golpeando mi hombro de forma rítmica. Abrí los ojos con pesadez, encontrándome con la mirada cansada del chofer, un hombre de tez oscura que parecía ansioso por terminar su turno.

—Llegamos. Es hora de bajar —me informó con voz monótona antes de regresar a su asiento.

Bajé la mirada hacia la chica que aún rodeaba mi torso con sus brazos. Sonreí al verla; respiraba con una calma envidiable, totalmente ajena al mundo. Pasé mi mano con una delicadeza casi temerosa por el contorno de su rostro, deteniéndome en su barbilla.

—Es hora de despertar —susurré cerca de su oído. Ella respondió con un gruñido soñoliento que me arrancó una risa involuntaria.

—Un poco más... —murmuró Justine, aferrándose a mi chaqueta como si fuera su único ancla.

—No podemos, el chofer espera. Ya estamos aquí.

Tras unos balbuceos ininteligibles, se separó de mí con esfuerzo. Bajamos del autobús y el aire frío de la noche nos golpeó el rostro.

—Bien... ¿te pido un taxi? —pregunté, aunque conocía la respuesta.

—Ni se te ocurra. Te acompaño —sentenció ella con esa firmeza que no admitía réplicas.

—Diga lo que diga, no cambiarás de opinión, ¿cierto?

—Cierto. Vamos, se está haciendo tarde.

Caminamos en un silencio que, aunque no era incómodo, se sentía cargado. Había algo en el ambiente, una presión invisible que me apretaba el pecho. Estábamos a veinte minutos de mi casa y, aunque tener a Justine a mi lado solía hacerme sentir completo, un mal presentimiento empezó a reptar por mi columna vertebral como un insecto gélido.

A lo lejos, las luces de la calle revelaron algo inusual: sombras moviéndose frenéticamente en mi jardín. Mi corazón dio un vuelco violento. El mal presentimiento se convirtió en pánico puro. Corrí. Corrí ignorando el dolor de mis costillas, dejando a Justine atrás, con los pulmones ardiéndome mientras esquivaba a los vecinos que se agolpaban en la entrada con rostros de espanto.

Entré a la casa atropellando a quien se cruzara en mi camino. Y entonces, el tiempo se detuvo.

La imagen era una carnicería. Mi madre yacía en el suelo, rodeada por un charco carmesí que se extendía sobre la madera. A unos metros, mi padre sostenía el arma con una mano temblorosa y ojos desorbitados. Me desplomé junto al cuerpo inerte de mamá, sin ser consciente de que ya estaba sollozando. El mundo se volvió sordo; solo escuchaba el martilleo frenético de mi propio corazón contra mis costillas.

Un grito desgarrador, un sonido que no parecía humano, escapó de mi garganta mientras acunaba el cuerpo sin vida de la mujer que me dio la vida. En ese instante, los recuerdos me golpearon: ella cuidándome de niño, sus escasas pero reales muestras de afecto... me aferré a la idea de que, en el fondo, ella me amaba.

—Tú... ¡Tú fuiste el único culpable! —rugió Dwayne con una rabia tóxica—. ¡Nada de esto hubiera pasado si me lo hubieras dicho! ¡PERO PREFERISTE CALLAR!

La tristeza se evaporó, calcinada por una furia ciega que me hirvió la sangre. Dejé el cuerpo de mi madre con cuidado y me puse en pie, decidido a terminar con esto, sin importarme si moría en el intento. Pero antes de que pudiera dar un paso, una mano firme atrapó la mía, tirando de mí con una fuerza sorprendente.

Justine Cumberbatch

El tumulto fuera de la casa de Ryan era un caos de susurros y miradas morbosas. Él había corrido desesperado y yo no tardé en seguirlo. Al entrar, la escena me golpeó como un impacto físico. Por un segundo, me vi reflejada en él; sentí ese vacío punzante que solo deja la pérdida violenta. Comprendía su dolor mejor que nadie.

Vi a Ryan tensarse, listo para abalanzarse sobre su padre, pero Dwayne estaba armado. No podía dejar que cometiera un suicidio. Lo atraje hacia mí, sujetándolo con fuerza.

—¡Déjalo! Está armado y la policía viene en camino —le supliqué al oído.

—El mató a mi madre... tiene que pagar —respondió él con la voz quebrada, temblando de odio.

—Lo sé, y pagará, pero no te regales así. Es peligroso.

—Y volvería a hacerlo —soltó Dwayne sin un ápice de remordimiento, con una frialdad que me revolvió el estómago.

Fue el detonante. Ryan soltó mis manos con una brusquedad violenta y, antes de que pudiera reaccionar, voló hacia su padre. Sus manos se cerraron alrededor del cuello de Dwayne con una fuerza sobrehumana, estampándolo contra la pared. El rostro de su padre comenzó a tornarse de un púrpura enfermizo mientras el aire se le escapaba de los pulmones. El arma cayó al suelo con un golpe seco.

Dwayne, movido por el instinto de supervivencia, estrelló su puño contra la barbilla de Ryan. El impacto fue tan brutal que Ryan cayó de espaldas, aturdido. De inmediato, su padre se posicionó sobre él, descargando una lluvia de golpes ciegos sobre su rostro.

No lo pensé. La furia me cegó. Corrí y salté sobre la espalda de Dwayne, rodeando su cuello con mi antebrazo en una llave de estrangulamiento. Apreté con cada gramo de fuerza que tenía, deseando que sintiera el mismo miedo que le había provocado a Ryan toda su vida. Tiré de él hacia atrás hasta que sus manos buscaron mi agarre inútilmente, desesperadas por un hilo de oxígeno.

Lo solté solo cuando sus fuerzas flaquearon y quedó moribundo en el suelo. Corrí hacia Ryan, arrodillándome a su lado.

—¿Estás bien? —pregunté con el corazón en la garganta. Él asintió débilmente, intentando incorporarse con mi ayuda.

Pero entonces, el aire fue desgarrado por un estruendo metálico. ¡BANG!

Un dolor abrasador, como si me hubieran clavado un hierro al rojo vivo, explotó en mi hombro. El impacto me mandó directo al suelo, obligándome a caer sobre mis rodillas. Mis sentidos empezaron a fallar; la habitación comenzó a dar vueltas y el calor de mi propia sangre empapó mi ropa de inmediato.

Escuché un segundo disparo, pero ya lo sentía lejano, como si estuviera bajo el agua. La luz de la sala se fue atenuando hasta volverse sombras. Lo último que alcancé a ver, antes de que la oscuridad me reclamara por completo, fue el rostro de Ryan gritando mi nombre, una imagen borrosa de pura agonía que se desvaneció en la nada.




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