Ryan Stocking
Sentí mi alma desprenderse de mi cuerpo de una manera desgarradora. Ver a Justine, el centro de mi universo, desplomarse sobre la vieja madera, como una muñeca rota, fue un impacto que me dejó vacío. Casi en el mismo instante, el cuerpo del hombre que se hacía llamar mi padre cayó inerte tras el estruendo de los disparos de los agentes. En ese momento, mi mente suplicaba que todo fuera una de mis tantas pesadillas recurrentes; deseaba despertar y que todo fuera, al menos, relativamente normal. Pero la cruda realidad me golpeaba con el frío del metal y el olor a pólvora.
Pasaba los días y las noches sumido en un pozo de autorreproche. ¿Qué había hecho tan mal para merecer este infierno? ¿Qué deuda de una vida pasada estaba pagando ahora? El dolor era una masa informe y pesada en mi pecho, casi imposible de soportar. Todo sucedía con una rapidez vertiginosa, pero para mí, cada segundo se estiraba como una tortura medieval.
Cuando los paramédicos me alejaron de ella para subirla a la ambulancia, sentí que me arrancaban la piel. No quería separarme; quería ser su escudo, protegerla aunque fuera dolorosamente tarde. Miré mis manos: estaban bañadas en su sangre. El rojo vibrante parecía una acusación silenciosa, una señal de que yo era el único culpable. Ella estaba muriendo por mis errores, por mi maldita incapacidad de detener a ese monstruo a tiempo. Aunque mis sollozos me ahogaban, los oficiales me mantuvieron al margen, arrebatándome lo único que me daba paz mientras veía cómo se llevaban mi felicidad entre sirenas y luces azules.
[...]
Carin y yo compartíamos el silencio sepulcral de la sala de espera. Justine estaba en el quirófano, luchando por su vida, mientras que en algún otro rincón de este mismo hospital, mi padre se debatía entre la vida y la muerte con un pronóstico desalentador. Me sentía estúpido por sentir una punzada de angustia por él; una parte de mí, esa que se negaba a morir, aún lo quería, a pesar de que él se había encargado de romperme de todas las formas imaginables.
Las horas se volvieron eternas, cada tic-tac del reloj de la pared era un golpe directo a mis nervios. Observé a Carin: estaba encorvada, con los codos apoyados en las rodillas y el rostro oculto tras sus manos. Se veía destrozada, una imagen especular de mi propia impotencia.
—Carin... ¿quieres que te traiga un poco de café? —mi voz sonó extraña, ajena.
Ella levantó la cabeza. Sus ojos, antes llenos de una fuerza inquebrantable, estaban rojos y empañados por las lágrimas.
—Está bien —logró garraspear. Su voz estaba rota, hecha trizas.
—No me tardo —prometí.
Fui casi corriendo por los pasillos, necesitaba moverme, sentir que hacía algo productivo para no colapsar. Bajé al primer piso buscando la máquina de café que recordaba haber visto. A unos metros, divisé a una chica pelirroja que parecía estar en una guerra personal con el aparato.
—¡Por un demonio! ¡Solo pido un poco de café! ¿Tan difícil es? —le espetó a la máquina con una mezcla de rabia y agotamiento.
—¿Necesitas ayuda? —le pregunté, tocando su hombro con cautela. Estaba tan al límite que cualquier contacto me hacía saltar, pero ver a alguien más sufriendo me dio un segundo de claridad.
—Te lo agradecería mucho —se hizo a un lado. Tenía pecas salpicando su nariz y unos ojos de un azul cielo tan brillante que contrastaban con la palidez de su rostro cansado. —Seguro pensarás que soy una loca que escapó de psiquiatría por pelear con una cafetera, pero hoy... hoy no ha sido un gran día.
—Te entiendo perfectamente —respondí mientras manipulaba el panel. Tras unos segundos de pelea, la máquina finalmente cedió y el líquido oscuro empezó a llenar el vaso.
—Tan fácil como eso... —suspiró ella con una pizca de alivio. —Muchas gracias... —entornó los ojos, tratando de leer mi etiqueta inexistente.
—Ryan. Soy Ryan.
—Un gusto, Ryan. Soy Emilia —me tendió una mano pequeña que estreché con cuidado. Nos quedamos en un silencio incómodo, rodeados por el zumbido de las máquinas y el ajetreo lejano de las enfermeras.
—Yo voy a... sacar otro poco para... —señalé la máquina, queriendo romper la tensión.
—Oh, sí, claro. Yo debería irme —dijo ella retrocediendo con lentitud. —Gracias de nuevo.
—No hay de qué.
Llené los vasos para Carin y para mí, pero antes de marcharme, la voz de Emilia me detuvo.
—¿Oye, no te gustaría dar una vuelta? ¿O tienes que volver ya?
Dudé. Mi mente estaba en el quirófano, pero mi cuerpo gritaba por un minuto fuera de esas paredes blancas que olían a muerte.
—Tengo que volver, pero... —miré el pasillo hacia los ascensores. Si Justine hubiera salido, Carin ya me habría llamado. —Creo que puedo tomarme unos minutos. No tardaremos, ¿cierto?
—Será rápido. Solo para despejar los cables —sonrió con tristeza.
Salimos por la puerta de emergencias hacia un pequeño patio interno. El aire gélido de la noche caló mis ropas, erizándome la piel, pero se sintió glorioso comparado con el aire viciado del interior. Le di un sorbo al café, mirando hacia el cielo oscuro, tratando de encontrar una respuesta en las estrellas.
—Y dime, Ryan, ¿eres de aquí? —preguntó Emilia, intentando mantener la conversación a flote.
—Sí —respondí escuetamente. —¿Y tú?
—Algo así. Estaba de paso con mi papá. Él está aquí, en cuidados intensivos. Cáncer terminal. Su último deseo era visitar este lugar, pero se complicó... le dio un infarto hoy mismo.
Su voz se quebró y yo sentí una oleada de empatía que me distrajo de mi propio dolor por un momento.
—Lo siento mucho, Emilia. De verdad.
—Está bien —se limpió una lágrima rápida. —¿Y tú? ¿Quién te tiene aquí atrapado?
—Una amiga... bueno, la chica que me gusta. Es complicado —confesé, dándome cuenta de que ni siquiera sabía cómo etiquetar lo que Justine y yo éramos, aunque para mí ella lo fuera todo. —Recibió un disparo. Está en el quirófano ahora mismo.