Al sostener su mano, una marea de recuerdos se proyectó en mi mente, transportándome a cada risa compartida y a cada mirada fugaz. Acerqué sus dedos, aún pálidos, hasta mis labios y besé el dorso de su mano con una sutileza que rayaba en lo sagrado. En ese contacto, me sentí finalmente seguro, completo; el caos del mundo exterior se desvanecía. No deseaba nada más que este bucle infinito: tenerla a ella y que ella me tuviera a mí.
Podría haber pasado horas, días enteros, simplemente escoltando su sueño. Mis ojos se deleitaban en la paz de sus facciones, ahora libres de la mueca de dolor del jardín. No sé cuánto tiempo transcurrió en esa vigilia silenciosa, pero finalmente el agotamiento físico reclamó su parte. Mis párpados comenzaron a pesar como el plomo y, sin soltar la mano de la princesa de mi retorcido mundo, caí en la profundidad de un sueño sin sueños.
(...)
—Ryan, despierta... —la voz de Carin llegó desde muy lejos, acompañada por un leve movimiento en mi hombro.
Abrí los ojos de golpe, con el corazón disparado por el instinto de alerta. Mi primer movimiento fue girar la cabeza hacia Justine, temiendo que el monitor cardíaco hubiera dejado de sonar. Al ver que seguía respirando con pausa, solté el aire que mis pulmones habían retenido por puro terror.
—¿Qué pasa? —pregunté, forzando a mi voz a recuperar su centro.
—Todo está bien —murmuró Carin con voz cansada—. Solo quería decirte que puedes ir a casa, darte una ducha y descansar. Yo me quedaré con ella.
—No te preocupes, estoy bien —respondí, aunque me dolía hasta el último músculo—. Mejor ve tú. Necesitas cambiarte y despejarte un poco. Prometo llamarte en el segundo exacto en que abra los ojos.
Carin dudó, mirando la camilla con una mezcla de amor y angustia.
—No quiero dejarla, pero necesito arreglar unas cosas en casa... —admitió—. No quiero causarte más molestias, Ryan.
—No es molestia, Carin. Es donde quiero estar. Ve tranquila, está en buenas manos.
—Hm, ya he escuchado eso antes —negó ella levemente con una sombra de amargura. El comentario me dolió como una estocada física: Dwayne. Pero Carin forzó una pequeña sonrisa de disculpa—. No me tardo. Por favor, llámame si ocurre algo, por mínimo que sea.
Tras una última mirada persistente, Carin cruzó el umbral de la habitación. Me quedé solo con el eco rítmico de las máquinas. Pasaron quizás cinco minutos en los que me perdí de nuevo en el mapa de su rostro, hasta que sentí algo eléctrico: la mano que yo envolvía con la mía me devolvió un apretón, débil pero inequívoco.
Arrastré la mirada hacia nuestras manos, con el pulso acelerado.
—¿Tengo un mono bailando en la cara o por qué me ves tanto? —la voz de Justine emergió apenas audible, ronca por la anestesia y cargada de ese sarcasmo que tanto me había faltado.
Mi corazón experimentó una explosión de alivio tan violenta que casi me marea. ¿Era real? ¿Estaba ocurriendo?
—Genial. Ahora te quedaste mudo —reprochó ella con un asomo de sonrisa en la comisura de sus labios.
—Just... —fue lo único que logré articular a través de mis labios temblorosos.
Sin poder contenerme más, me incliné sobre ella y la envolví en un abrazo desesperado, deseando congelar ese momento para toda la eternidad. Quería que mis brazos fueran escudos inquebrantables contra cualquier bala futura. Un pequeño gemido de dolor escapó de ella y me separé de inmediato, maldiciéndome internamente por mi falta de cuidado.
—Más cuidado la próxima vez, ton... —se detuvo en seco, frunciendo levemente el ceño mientras me escudriñaba—. ¿Estás... estás llorando?
Ni siquiera me había dado cuenta de que el llanto había vuelto a surcar mis mejillas. Eran lágrimas que ya no sabían a sangre ni a pólvora, sino a pura gratitud.
—Estás aquí —susurré, con la voz quebrada.
—Efectivamente —respondió ella, intentando mantener su fachada de hierro, aunque sus ojos brillaban con una intensidad inusual.
—Yo... lo siento tanto, Just. Si tan solo te hubiera llevado a casa, si no te hubiera involucrado...
Antes de que pudiera hundirme más en el pozo de la culpa, ella colocó su dedo índice sobre mis labios, sellando mis palabras. El contacto fue leve, pero me dejó sin aliento.
—Pero no fue así —sentenció ella con suavidad—. Y no importa. Recibiría mil balas más por ti, Ryan. ¿Sabes por qué? Porque... porque me importas. Y yo... yo te quiero.
Susurró lo último casi para sí misma, como si fuera un secreto que no debía salir a la luz, pero esas palabras tuvieron el poder de resucitarme. Si estuviera muerto, esa confesión me habría devuelto la vida en un latido.
—Justine... —murmuré su nombre como una plegaria.
Con una lentitud casi agónica, me acerqué a ella. Busqué su mirada, esperando ese permiso invisible que solo el alma otorga. Fue ella quien acortó la distancia restante, uniendo nuestros labios en un baile cálido y profundo. No fue un beso de despedida ni de miedo; fue el pacto de dos amantes que, tras haber cruzado el infierno, decidían unir sus almas para no tener que caminar nunca más en la oscuridad. En ese beso, el dolor de las heridas de ambos finalmente comenzó a sanar.