Justine Cumberbatch:
Ryan no se separó de mi lado ni un solo segundo mientras estuve en el hospital, y mucho menos cuando finalmente me dieron el alta. Él y mi abuela se confabularon para atenderme como si fuera una muñeca de porcelana; me movían, me alimentaban y me vigilaban con una intensidad que, aunque nacía del amor, empezaba a asfixiarme. Me molestaba sentirme inútil, esa sensación de invalidez que te recorre cuando no te dejan ni sostener un vaso de agua por miedo a que te canses. Pero aunque me negara rotundamente, sus miradas de súplica ganaban siempre la batalla.
Durante ese tiempo, Ryan comenzó a quedarse a dormir en casa. Al principio me resultaba extraño ver sus pertenencias en el cuarto de huéspedes, pero pronto entendí que era una necesidad mutua. No quería que estuviera solo en esa casa donde las paredes aún guardaban el eco de los disparos y el aroma de la tragedia. Admiro su capacidad para ponerse una máscara de serenidad cuando está conmigo, pero las noches no mienten. Varias veces, cuando logro escabullirme de la vigilancia de mi abuela y bajo a la cocina por un poco de agua, lo he escuchado romperse en el silencio del pasillo. Me duele en el alma saber que se hace el fuerte por mí mientras su mundo sigue en ruinas.
Quisiera saber cómo recoger sus pedazos.
Hoy era una de esas noches en las que el sueño se sentía como un lujo inalcanzable. Me encontraba en la penumbra de la cocina, saboreando un té frío de limón, esperando que el frescor calmara la inquietud de mis pensamientos. De todas las cosas que imaginé que marcarían mi vida, jamás visualicé un agujero de bala en mi hombro, y mucho menos que el verdugo fuera el padre de Ryan. Hubo un instante, justo antes de que todo se apagara, en el que creí que la muerte me había alcanzado. Fue una sensación extrañamente gélida.
—¿Tampoco puedes dormir? —la voz de James me hizo dar un brinco, casi derramando el té.
—Me asustaste —respondí, tratando de normalizar los latidos de mi corazón—. Así es. ¿Quieres un poco de té?
—Me encantaría —James se acercó y sacó otro vaso. Mientras le servía, noté que su mirada estaba fija en mí, cargada de una intensidad que me puso nerviosa.
—¿Tengo monos bailando en la cara o por qué me ves tanto? —le cuestioné con un intento de humor.
James negó con la cabeza, tomando el vaso con manos lentas. Bajó la mirada un instante antes de volver a encontrar la mía.
—Te pareces tanto a ella, Justine... —su voz estaba teñida de una melancolía que me oprimió el pecho.
—Eso dicen —suspiré. Esas palabras siempre eran un arma de doble filo: me daban una conexión con mi madre, pero también me recordaban su ausencia.
—No sabes cuánto le pedí a Dios que te cuidara —continuó él, con un nudo en la garganta—. La idea de perderte a ti también... Dios, me volvería loco. Ya los perdí a ellos, no sabría qué hacer si la vida me arrebatara lo último que me queda de su legado.
Me acerqué a él y lo abracé con todas mis fuerzas, ignorando el leve tirón en mi hombro. James ha sido mi roca; es lo más cercano a un padre que conoceré jamás. Mi vida sin su guía sería un mapa sin brújula.
—Hey, tranquilo. Aquí estoy —susurré contra su pecho—. ¿Sientes el calor de mi cuerpo? Estoy viva y no pienso irme a ningún lado. Todavía tienes muchos caprichos que cumplirme.
James soltó una risa ronca y me estrechó con cuidado.
—Por favor, no vuelvas a hacer nada estúpido que ponga en riesgo tu vida. Sabes que te quiero como a una hija.
—Lo sé. Yo también te quiero, James.
—Bien, es hora de ir a la cama, señorita —sentenció recuperando su tono protector.
—De acuerdo —asentí, aunque antes de marcharme recordé algo importante—. James, ¿puedo pedirte un favor?
—¿De qué se trata?
—Quería saber si puedes ir a casa de Ryan con el equipo de limpieza y mantenimiento. Quiero que reparen lo que haga falta, que limpien todo... que cambien el ambiente. No quiero que cuando él decida volver, lo reciba una casa abandonada y llena de sombras. Quiero que se sienta como un nuevo comienzo.
James se quedó pensativo, analizando mi petición. Por un momento creí que diría que era demasiado pronto.
—Es muy noble de tu parte, Justine. Está bien, iré mañana mismo a inspeccionar y pondré a todos a trabajar.
—Gracias. Y una cosa más —me detuve en el primer escalón y me giré con una sonrisa traviesa—. Linda pijama, James. ¿Qué diría Carin si te viera con esos ositos?
Me burlé y subí las escaleras de prisa antes de que pudiera reclamarme. Sin embargo, al llegar arriba, un dolor punzante y eléctrico me recorrió el brazo, justo en la zona de la herida. Me detuve en seco, respirando hondo, apretando los dientes.
—Eres patética, Justine... apenas fueron treinta escalones —me recriminé en un susurro, presionando mi mano sobre el vendaje. El doctor tenía razón: la agitación era mi peor enemiga.
Al pasar por la habitación de Ryan, me detuve. El silencio que emanaba de allí era demasiado pesado. Giré el pomo con una lentitud milimétrica y abrí la puerta. La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por la luz plateada de la luna que entraba por la ventana abierta. Ryan estaba allí, de pie frente al marco, con los hombros caídos y la mirada perdida en el horizonte. Sus mejillas brillaban bajo la luz lunar; había estado llorando.
Me acerqué a él como una sombra, cuidando de no hacer ruido, hasta que estuve a su lado. Puse mi mano sobre su hombro.
—Hola —susurré.
Él dio un respingo, sorprendido, y de inmediato se frotó el rostro para ocultar el rastro de sus lágrimas.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con la voz pastosa.
—No podía dormir. Y veo que tú tampoco. ¿Cómo te sientes?
—Bien, bien... solo pensativo —respondió él, bajando la mirada.
—Ryan —puse mi mano en su mejilla, obligándolo a mirarme. Mi piel se sintió cálida contra la suya—. No es necesario que seas de acero conmigo. Sabes que puedes soltar la carga.