Justine Cumberbatch:
A la mañana siguiente, el resplandor de una luz matutina implacable me obligó a abrir los ojos. Me tomó unos segundos recordar dónde estaba, hasta que sentí el calor bajo mi mejilla: el pecho de Ryan. Mis brazos aún rodeaban su torso y su respiración pausada me indicó que seguía profundamente dormido. No era de extrañar; la noche anterior nos había consumido el alma antes de dejarnos descansar.
De repente, el silencio de la casa fue roto por la voz de Carin. Estaba abajo, interrogando a los empleados con una urgencia que me puso los pelos de punta. Cuando escuché sus pasos aproximarse con determinación a la habitación de Ryan, el pánico me devolvió la agilidad que el disparo me había quitado. Si me encontraba aquí, estaba frita.
Con una rapidez que desafió el dolor de mi hombro, me deslicé fuera de la cama y me oculté tras la puerta justo cuando esta se abría de par en par.
—¡Ryan, despierta! —exclamó mi abuela, sacudiendo al pobre chico sin ninguna contemplación.
Él despertó de un salto, desorientado y con los ojos nublados por el sueño.
—¿Qué... qué pasa? —balbuceó, tratando de enfocar la vista.
—¡Justine no está en su habitación! No está en la sala, ni en la cocina. ¿Dónde está mi nieta?
—Pero ella... —Ryan comenzó a buscarme con la mirada hasta que sus ojos chocaron con los míos tras la puerta. De inmediato, le hice una seña desesperada para que guardara silencio y la distrajera. —Yo... ¿ya le preguntaste a James? —logró decir, recuperando la compostura.
Aproveché ese segundo en que Carin le daba la espalda para intentar salir de puntillas, conteniendo la respiración. Pero antes de que pudiera poner un pie en el pasillo, la voz imponente de mi abuela detuvo el mundo.
—Justine Cumberbatch. Ni un paso más.
Me quedé helada.
—A mi habitación. De inmediato —ordenó con una autoridad que no admitía réplicas. Sabía que ese tono significaba que el juicio final había llegado. Luego, señaló a Ryan con un dedo acusador—. Y tú, jovencito... estoy profundamente decepcionada de ti.
Ryan se quedó pálido, hundido en la cama, mientras yo caminaba tras Carin como quien camina hacia el patíbulo. Una vez en su recámara, me indicó que me sentara. El silencio era asfixiante.
—¿Me puedes explicar qué hacías en la habitación de un muchacho a estas horas? —preguntó, cruzándose de brazos.
—No podía dormir y necesitaba hablar con alguien. Él estaba despierto, conversamos y... simplemente nos venció el sueño. No pasó nada más, lo juro.
—"Te pareció buena idea" —repitió ella con sarcasmo—. ¿Entiendes el riesgo de meterte en la cama de un chico con la testosterona por las nubes? ¡Por Dios, Justine, usa la razón!
—Estás malinterpretando todo —respondí, empezando a perder la paciencia—. No todos son iguales, y Ryan no es así. Solo nos acompañamos.
—Justine, yo a tu edad...
—Exactamente, esa eras tú —la interrumpí, sintiendo que la rabia me ganaba—. No me midas con tu vara.
Carin inhaló profundamente, cerrando los ojos como si buscara paciencia en algún lugar remoto de su mente.
—Ve a tu habitación y cámbiate —dijo finalmente sin mirarme—. El doctor vendrá en unos minutos para revisar esa herida. ¡Y báñate, por el amor de Dios!
—¿Tan difícil es confiar en mí? —solté antes de salir.
—No quiero escuchar nada más. ¡Fuera!
Salí disparada hacia mi cuarto y cerré la puerta con un portazo que debió sacudir los cimientos de la casa. Solo alcancé a oír su grito a lo lejos: "¡No olvides cerrar con llave!". Me metí a la ducha, dejando que el agua caliente relajara mis músculos tensos mientras la voz de Bryan Adams inundaba el baño. Necesitaba despejar mi mente de la desconfianza de mi abuela y del ardor punzante de mi hombro. ¡Qué manera de empezar el día!
[...]
Ryan Stocking
Me sentía miserable. La palabra "decepcionada" escrita en el rostro de Carin me pesaba más que cualquier golpe físico. Sin embargo, en el fondo de mi corazón herido, no me arrepentía. Haber dormido junto a Justine, sentir su cercanía tras casi perderla, había sido mi única medicina real.
Me lavé la cara en el espejo del baño y me quedé observando al extraño que me devolvía la mirada. Un tipo roto, con cicatrices que no solo estaban en la piel, un sobreviviente de intentos fallidos de dejarlo todo. Quisiera decir que he sido fuerte, pero el reflejo me gritaba la verdad: he caído tantas veces que ya no sé cómo es estar de pie.
Salí de la habitación con la intención de ir a la cocina, pero al final de la escalera, Carin ya me esperaba con su taza de café y una libreta de notas. Quise retroceder, pero sus ojos ya me habían atrapado.
—¿Acaso piensas evitarme todo el día? —preguntó sin levantar la vista de sus apuntes.
—Lo siento —fue lo único que mi garganta seca pudo articular.
—Lo sé. Ven, siéntate. Necesitamos hablar.
Me acerqué con los nervios de punta. Carin se quitó las gafas y me miró con una seriedad que me hizo sentir pequeño.
—Iré al grano. Lo que pasó anoche fue una falta de respeto hacia mi casa y hacia mi nieta. La confianza que deposité en ti es algo frágil, Ryan, y hoy se ha agrietado.
—Entiendo su punto, Carin, de verdad —dije, buscando las palabras adecuadas—. Pero por favor, déjeme explicarle. Solo una vez.
Ella guardó silencio un momento y asintió levemente. Entonces, le abrí mi corazón. Le conté sobre la angustia de las pesadillas, sobre el dolor de haber perdido a mi madre de esa forma y cómo Justine, con su simple presencia, era lo único que mantenía mis sombras a raya. Le aseguré que jamás, ni en un millón de años, le faltaría al respeto a la chica que amo.
Al terminar, Carin suavizó la expresión y pasó una mano por su rostro, luciendo repentinamente cansada.
—Entiendo... lamento haberme dejado llevar por mis prejuicios. Todo esto es difícil para ti y no debí reaccionar con tanta sospecha. Iré a disculparme con ella.