In The Middle of The Night

|| Capítulo XXX ||

Ryan Stocking

¿Fechas difíciles? La frase de Carin se quedó instalada en mi mente, girando como un disco rayado.

Se me había quitado el apetito, pero me obligué a terminar lo que había en el plato. Al terminar, me ofrecí a lavar la loza; era lo mínimo que podía hacer en una casa que me había acogido sin preguntas. Carin se retiró a su habitación para resolver asuntos pendientes, dejándome a solas con mis dudas. Me debatía entre darle a Justine el espacio que exigió con aquel portazo o ir tras ella. Al final, el instinto ganó: no podía dejarla sola con sus sombras.

Recorrí los rincones de la propiedad hasta que, en un rincón apartado del jardín trasero, divisé su cabellera café. Me acerqué con cautela, pero me detuve al notar que no estaba sola. A su lado, un enorme perro de pelaje dorado y mirada noble descansaba con la cabeza apoyada en su regazo.

—Hola —susurré, rompiendo el silencio del jardín.

—Hola —respondió ella, sin levantar la vista.

—¿Cómo vas?

—Podría estar mejor, pero no me quejo. ¿Tú cómo estás? —Su voz carecía de esa chispa vibrante que la caracterizaba; sonaba hueca, cansada.

—Estoy bien, supongo. No he muerto aún.

Justine giró la cabeza lentamente. Su mirada, fría y afilada como el hielo, me cortó la respiración.

—¿Se supone que eso debería ser gracioso?

—Perdón... no intentaba ofenderte. Fui un idiota —balbuceé, maldiciendo mi falta de tacto.

Dios, no sabía cómo manejar esto. El silencio se volvió pesado, solo interrumpido por el jadeo del perro. Justine apretó el puente de su nariz con los dedos y soltó un suspiro largo, como si estuviera expulsando todo el peso del mundo.

—Discúlpame tú —dijo por fin—. Solo que... hoy estoy muy sensible. Aunque me cueste la vida admitirlo.

Me acerqué y tomé su rostro entre mis manos con una suavidad extrema, obligándola a conectar con mis ojos.

—Sabes que puedes contarme lo que sea. Siempre estaré aquí para ti.

—¿Lo prometes? —Su voz se volvió pequeña, infantil.

—Lo prometo. Siempre que me lo permitas.

Ella tomó una bocanada de aire, como quien se prepara para saltar a un abismo.

—No soy buena abriendo mi corazón, ya lo sabes. Pero tú... tú sacas un lado de mí que ni yo conocía —hizo una pausa dolorosa—. Esta semana se cumplen siete años desde que mis padres murieron. El aniversario me pone de un humor fatal.

En ese punto, sus ojos comenzaron a cristalizarse.

—No tienes idea de cuánto los extraño. Extraño a mi mamá gritando que sacara a Aslan al patio porque se había hecho pipí en la alfombra... o cuando llegaba de la escuela y ella se desvivía por saber cómo me había ido. Extraño la calidez de mi padre; llegaba agotado de trabajar, pero nunca lo demostraba si yo le pedía jugar.

Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas, libres de cualquier máscara de dureza.

—Lo que más me aterra, Ryan, es el olvido. A veces siento que la voz de mi madre se desvanece en mi mente. El recuerdo es lo único que me queda de ellos... y siento que lo estoy perdiendo —rompió en sollozos y se refugió en mi pecho. La rodeé con fuerza, besando su cabeza mientras ella repetía entre lágrimas: —¡No quiero olvidarlos! ¡No quiero!

—No lo harás —le aseguré, apretándola contra mí—. Mientras los sigas amando, ellos vivirán en cada paso que des. Ellos están en ti.

Justine levantó el rostro. Con mis pulgares sequé el rastro de su tristeza y deposité un beso tierno en la punta de su nariz.

—Gracias, Ryan. De verdad aprecio que me escuches.

—Escucharte es mi parte favorita del día —le dije, logrando arrancarle una pequeña sonrisa.

—Que grosera soy, no te he presentado formalmente. Ryan, él es Aslan. Ha sido mi guardián desde que era niña. Aslan, él es Ryan.

—Un gusto, Aslan —intenté acariciar la cabeza del perro, pero el animal lanzó un mordisco rápido que casi me cuesta un dedo. Retiré la mano justo a tiempo—. Vaya... al parecer no le caigo muy bien al feroz guardián.

Justine soltó una carcajada limpia, la primera del día.

—Al parecer, no le gusta que me toques —rió ella—. Es muy celoso.

—Entonces que se vaya acostumbrando —respondí con una sonrisa, deleitándome con el sonido de su risa.

[...]

Caminamos un rato en silencio, hasta que Justine soltó la pregunta que yo evitaba enfrentar.

—Y... ¿no vas a visitar a tu padre al hospital?

El aire pareció espesarse. Era un debate que me quemaba por dentro; no sabía si era capaz de ver a la cara al hombre que destruyó mi hogar.

—No lo sé todavía.

—Creo que deberías ir —dijo ella, mirándome con una seriedad que me desconcertó.

—Me sorprende que me digas eso. Fue él quien intentó matarte.

—Lo sé —asintió con calma—. Pero no tiene caso cargar con ese odio ahora que... bueno, ahora que se está apagando.

—¿Está muriendo? Es lo mínimo que merece —espeté con una rabia que me amargó la boca.

Justine se detuvo y me miró a los ojos con pesar.

—Este que está hablando ahora... no eres tú, Ryan.

Me dolió porque tenía razón. Pero el rencor era una costra difícil de arrancar.

—Lo siento, pero no puedo pensar en otra cosa que no sean sus golpes. A él no le importaba si me mataba, Justine. Me pegaba sin compasión —la miré, y vi en sus ojos algo que odiaba—. Por favor, no me mires así.

—¿Así cómo?

—Con lástima —sentencié.

Me alejé de allí, necesitando que el aire frío del jardín despejara mi mente. Justine tenía razón en que el odio me estaba consumiendo, pero perdonar a Dwayne se sentía como traicionar mi propio dolor. Trataba de buscar un solo recuerdo bueno, un solo gesto de amor de su parte para justificar una visita, pero no encontraba más que sombras y silencio.




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