In The Middle of The Night

| Capítulo XXXI |

Ryan Stocking

Parado frente a esa puerta de madera laminada, los recuerdos me golpeaban como ráfagas de viento helado. No estaba preparado; cada fibra de mi ser gritaba que diera media vuelta y huyera. Mi pierna temblaba con una ansiedad rítmica, mientras mis dedos, de forma inconsciente, se hundían en mi cuero cabelludo, amenazando con arrancar una sección de cabello. El policía que custodiaba la entrada permanecía en un silencio sepulcral, observando mis movimientos erráticos con una mezcla de sospecha y lástima.

Ni siquiera había cruzado el umbral y ya sentía el peso de su mirada sobre mí. El miedo a Dwayne Stocking era una enfermedad crónica que me erizaba la piel. Cuando finalmente obligué a mi mano a rodear el pomo, una descarga eléctrica recorrió mi espina dorsal. El corazón me martilleaba las costillas con tal violencia que me faltó el aire. No pude hacerlo.

Giré sobre mis talones y corrí hacia los baños, dejando una estela de pétalos desprendidos del ramo que llevaba conmigo. Frente al espejo, me eché agua fría en el rostro, tratando de ahogar al niño aterrorizado que seguía viviendo en mis ojos.

—Vamos, Ryan... —me susurré, viendo mis ojos rojos y cristalinos—. No es la primera vez que lo enfrentas, pero sí puede ser la última.

Dwayne siempre tuvo ese poder: hacerme sentir como una basura insignificante sin siquiera decir una palabra. Me había convencido de que mi valor era nulo. Pero hoy, el ciclo tenía que romperse. "Solo hazlo", me repetí. "Si te guardas esto, el veneno terminará por matarte a ti".

Regresé a la habitación. Esta vez, giré el pomo con una decisión nacida de la desesperación. La puerta soltó un chirrido agudo, anunciando mi entrada. La imagen que me recibió fue devastadora: el hombre que tantas veces me había roto las costillas con sus botas de punta de acero ahora yacía postrado, conectado a tubos, luciendo una vulnerabilidad que casi me hace sentir lástima. Casi.

—Te estabas tardando —soltó él. Su voz era un hilo aireado, despojado de su antiguo rugido.

—Pues ya estoy aquí —respondí, blindándome con una capa de indiferencia.

—No creí decirlo, pero me alegra verte. Has crecido mucho. Te ves... fuerte.

—No es gracias a ti, eso te lo aseguro.

—¿Por qué tanta rudeza, hijo? —preguntó, como si nuestra historia fuera un malentendido menor.

—¿Y te atreves a preguntar? —negué con la cabeza, asqueado—. Sé que si no estuvieras muriendo en esta cama, no me estarías hablando así. Me alegra que el destino te haya puesto donde estás. ¿Puedo preguntarte algo?

—No me digas... "¿por qué lo hice?" —respondió con una sonrisa cínica, leyendo mis pensamientos—. Ya sabes la respuesta. Ella me traicionó.

—No me conformo con esa basura de respuesta. Que ella te fuera infiel no justifica que la mataras. Tú la llevaste al límite; nunca la trataste como a un ser humano.

—Y si tuviera la oportunidad, lo volvería a hacer —soltó sin un ápice de remordimiento—. Soy un mal nacido, un maldito... todo lo que pienses es cierto. No hay redención para mí, Ryan.

El cinismo en sus ojos me dio náuseas. No podía creer que ni al borde de la tumba buscara perdón.

—¿Y por qué le disparaste a Justine? —mi voz subió de tono, cargada de odio.

—Ella no era el objetivo —confesó, clavando su mirada en la mía—. Quería matarte a ti. Pero la chica se atravesó... y bueno, supongo que fue su castigo por ayudar a quien me traicionó.

Sentí el impulso de rodear su cuello con mis manos y terminar lo que el destino había empezado, pero me detuve. Él quería eso. Quería que yo fuera como él.

—Es increíble que ni agonizando dejes de ser despreciable —dije, recuperando la calma—. Pero quiero que sepas algo. No te odio porque no te daré el lujo de ocupar un espacio en mi mente. Perdonarte no es por ti, es por mí. Porque odiarte me está matando y yo quiero vivir en paz, la paz que contigo jamas logre sentir. Papá... te perdono este dolor. Eres el ejemplo perfecto de todo lo que no quiero ser. Vete en paz, si es que puedes. Al fin y al cabo eres mi padre, aunque el título te quede demasiado grande.

Lancé el ramo de rosas sobre sus piernas cubiertas por la sábana blanca y me di la vuelta sin esperar respuesta. Al cruzar la puerta, sentí que una cadena de hierro se desprendía de mi cuello. Era libre.

Caminé por las calles que me vieron crecer mientras el aire helado del invierno que se aproximaba me purificaba los pulmones. Necesitaba estar solo. Necesitaba volver al epicentro del desastre para reconstruirme. Mi casa.

Al llegar, me detuve en seco. Un auto desconocido estaba estacionado frente a la entrada y la puerta principal estaba abierta de par en par. El pánico volvió a subir por mi garganta. ¿Un asalto? ¿Algún cómplice de mi padre? Tragué saliva y subí los escalones con una lentitud agónica.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —pregunté, sintiéndome patético. Mi mente ya estaba imaginando lo peor cuando escuché pasos acercándose.

—¿Señorito Ryan? ¿Qué hace aquí?

Solté el aire con un sonido sordo de alivio. Era James.

—James... por Dios, casi me das un infarto.

Él soltó una carcajada genuina, algo que jamás había visto en su rostro de estatua.

—Por su expresión, creo que esperaba ver a un asesino serial —bromeó James—. Diantres. Se suponía que la remodelación sería una sorpresa de la señorita Justine, pero es evidente que se ha arruinado. Finjamos que esto no ha pasado.

Entré por completo y me quedé sin habla. El viejo suelo desgastado había desaparecido; ahora, una elegante madera de roble blanco cubría cada centímetro. La baranda de la escalera, las paredes, la iluminación... todo tenía un estilo moderno y cálido. Ya no olía a encierro ni a tragedia; olía a pino y pintura fresca.

—Aún faltan detalles —continuó James—. Ahora que está aquí, puede decirnos qué quiere cambiar. Justine quería que este lugar fuera su refugio, no su prisión.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.