In The Middle of The Night

| Capítulo XXXII |

Narrador omnisciente:

Justine caminaba de lado a lado, sus dedos entrelazados crujían bajo una presión casi masoquista. El silencio en la habitación de Carin era denso, solo interrumpido por el rítmico pasar de las hojas del libro de su abuela. Tras unos minutos de esa danza nerviosa, la mujer mayor apartó la vista de las páginas y se quitó los lentes con un suspiro de resignación.

—¿Podrías parar? Vas a romper tus dedos y me estás mareando —le dijo por fin, retirándose las gafas.

—Lo siento, es que estoy desesperada y mi mente está maquinando cosas que me hacen sentir ansiosa —se justificó Justine, sentándose en la orilla de la cama.

—Créeme, es lo suficientemente mayor para cuidarse solo; él está bien. Tranquilízate.

—¿Cómo puedes estar tan segura? —le cuestionó.

—Intuición de abuela.

La joven sonrió, pero aquello no era suficiente para calmar su inquietud. En ese momento, su mente jugaba en su contra, mostrándole escenarios que iban desde una ida a casa de Samantha hasta una bala en la frente. Sin duda, ella preferiría mil veces una bala en su propia frente que imaginarlo con Samantha.

—Justine, ¿tú amas a Ryan? —nuevamente prestó atención a su nieta, esta vez con más intriga.

—Amar es una palabra muy fuerte —dijo con indiferencia, tratando de ocultar que la pregunta la había descolocado.

—Al igual que tus sentimientos hacia él —contraatacó—. Justine, no hay que ser un genio para saber que a ti te gusta ese niño. No está mal; lo que sí está mal es que trates de ocultarlo, es obvio todo lo que pasa entre ustedes. —A este punto, las mejillas de Justine estaban sonrosadas—. Lo que aún me sigo preguntando es por qué aún no han oficializado nada.

—Tú sí que estás loca —dijo levantándose y recibiendo una desaprobadora mirada por parte de su abuela—. Lo siento, no fue la palabra correcta. Quizás todas esas novelas de amor que tanto lees te están haciendo ver cosas donde no las hay.

—Podré ser lo que quieras, pero menos una tonta; soy tu abuela. No hay nadie más que te conozca mejor que yo.

La joven sabía que su abuela tenía toda la razón, pero le era casi imposible admitirlo.

—Somos muy buenos amigos —dijo acercándose a la gran ventana, por la cual se podía ver gran parte del jardín y la calle.

—Eso es lo que dices, pero no quieres ver ni aceptar lo que está frente a tus ojos. ¿A qué le temes?

Fue esa pregunta la que alertó a la chica. Ella sabía muy bien que esa era la verdadera razón: un miedo que la dominaba, un temor que la había estado atormentando por muchos años.

—Abuela, mejor dejemos esto hasta aquí y enfoquémonos en lo que de verdad importa, ¿de acuerdo?

Carin no tuvo otra opción más que guardar silencio y dejar de insistir. Creía que era algo difícil para Justine, aunque no terminaba de comprender el porqué. El silencio reinó en la habitación mientras Carin continuaba con su lectura; por otro lado, Justine eligió retirarse a su habitación.

Una vez dentro, se tumbó en la suave cama con la vista clavada en el techo. Otra pregunta vino a su mente: ¿Dónde estaba Richard Jones-Royce? Luego de salir del hospital, lo primero que hizo fue intentar contactarlo, pero se enteró de que, por desgracia, había desaparecido y hasta la fecha no se sabía nada de su paradero. Sabía que no era una casualidad. Justo cuando iba a obtener información sobre quién asesinó a sus padres, el tipo desaparecía. Era claro que estaban detrás de ella, vigilando cada paso. Lo que más la abrumaba era no saber qué hacer; peleaba contra un enemigo que le llevaba diez pasos de ventaja, y no tener idea de quién era le dificultaba actuar sin que ellos premeditaran sus movimientos.

La misma idea que tenía desde hacía mucho vagaba por su mente y, ahora más que nunca, se sentía tentada a ejecutarla, ya que no había nadie que razonara con ella.

[...]

La joven caminaba por las frías calles de Brampton maldiciendo internamente no haber traído un suéter para cubrirse. Maldecía también el ceder a sus impulsos y dirigirse a un destino que no sabía si sería bueno para ella. Al llegar ante las grandes puertas de cristal del hotel, se acercó con paso dudoso. El portero le abrió una de las puertas y ella le agradeció con una sonrisa. Ya en el lobby, era hora de llevar a cabo su plan.

—Hola, buenas tardes, me gustaría una habitación.

—Con mucho gusto, permítame ver cuáles están disponibles —dijo la recepcionista buscando en la computadora.

—¿La 613 está disponible? —preguntó abruptamente.

—Lo siento, pero esa está fuera de servicio —mencionó la mujer aún viendo la pantalla, aunque se notaba extrañada por la petición—. Pero la 615 está disponible —le sugirió.

—¿Está en el mismo piso?

—Por supuesto.

—La quiero.

La recepcionista asintió y le tendió una hoja para que la llenara con sus datos. Al entregarle las llaves, la mujer le echó un vistazo a la hoja y frunció el ceño al sentir una sensación familiar con el nombre; sin embargo, trató de ignorarlo. Por lo general, al Hilton lo frecuentaban personas importantes, así que supuso que era por eso.

Justine tomó las llaves y caminó hacia los ascensores. Marcó el piso 12 y, antes de que las puertas se cerraran, vio a dos hombres con actitud sospechosa observándola y acercándose, pero no lograron entrar. Su intuición la alertó: aquello no era nada bueno. Estaba nerviosa, pero no tanto como para huir; ya estaba allí y, pasara lo que pasara, encontraría algo.

Al llegar al doceavo piso, caminó por los silenciosos pasillos. Casi al final se encontraba su habitación, la 615, pero entrar en ella no era el objetivo. Parada frente a la puerta bloqueada por cintas policiales, dudó un momento, pero recordó su propósito. Puso un pañuelo sobre el pomo para evitar dejar huellas y giró. Como era obvio, estaba cerrada con llave.

Recurrió al plan B: tomó un pasador de su cabello y lo introdujo en la cerradura junto a una lima de metal que sacó de su bolso. Con un par de movimientos y un giro, la puerta cedió. Se aseguró de que nadie la hubiera visto y entró.




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