Los títulos de los capítulos están escritos en Esperanto, acompañados por su transliteración.
La elección de este idioma es un recurso simbólico y lingüístico. Un lenguaje milenario permite nombrar estados profundos de la experiencia humana con una densidad que a veces el lenguaje cotidiano no alcanza.
Cada palabra fue elegida por su significado existencial, no por su carga espiritual.
El objetivo no es explicar, sino sugerir.
No es traducir literalmente, sino señalar un estado interior.
El idioma funciona aquí como umbral: no impone una lectura, invita a atravesarla.