Incognito

OMERTO

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OMERTO

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La madrugada rompió el silencio del barrio con un grito.

—¡Rengo!

—¡Rengo!La noche perdió la calma.

Los perros respondieron como un coro de ángeles infernales, despertando a todos.

La ventana se abrió apenas

.—¿Qué te pasa, loco?

—¿Por qué gritás?

—Perdoná… no sabía cómo despertarte.

Necesitams una campana.

El Rengo lo miró fijo.

—¿Para qué?

—Para trabajar tranquilos.

Para alejarnos del problema.

Hubo un silencio breve.

—Tenés razón

—dijo el Rengo

—.Pero no podías esperar hasta mañana.

—No. Tenía que ser ahora.Ya tengo a la persona indicada.

—Mañana en el bar

—cerró el Rengo.

Al día siguiente, el Turco llegó con la campana.

La dejó sobre la mesa de siempre.El Rengo apareció después.

—Se suma al equipo

—dijo el Turco

—.Omerto.

—¿Omerto?El Rengo soltó una risa corta.La cara del recién llegado se endureció.

—Más respeto, viejo

—dijo el Turco.

—Disculpá… se me fue la mano.Un gusto.Se sentaron los tres.El Turco habló de discreción.De silencio.De confidencialidad.

—Me tengo que ir

—dijo

—.Mañana a las diez, acá.Rengo, pagás el desayuno.

—¿Yo?

—Que pague Omerto.

Si es nuevo, que sejuegue.Algo no cerraba.Primero la risa.Después eldesayuno.

—Simple, Turco.

Ahí, a la izquierda, eso se llama timbre.Lo tocás y yo salgo

.¿Tan difícil es?

—No lo vi.

—Vos nunca ves nada.

—Decime,

—¿qué pasó ahora?

Necesitams una campana.El Rengo lo miró fijo.

—¿Para qué?

—Para trabajar tranquilos.Para alejarnos del problema.Hubo un silencio breve.

—Tenés razón

—dijo el Rengo

—.Pero no podías esperar hasta mañana.

—No. Tenía que ser ahora.Ya tengo a la persona indicada.

—Mañana en el bar

—cerró el Rengo.Al día siguiente, el Turco llegó con la campana.

La dejó sobre la mesa de siempre.El Rengo apareció después.

—Se suma al equipo

—dijo el Turco

—.Omerto.

—¿Omerto?

El Rengo soltó una risa corta.La cara del recién llegado se endureció.

—Más respeto, viejo

—dijo el Turco

.—Disculpá… se me fue la mano.

Un gusto.

Se sentaron los tres.

El Turco habló de discreción.De silencio.De confidencialidad.

—Me tengo que ir

Dijo.

—.Mañana a las diez, acá.Rengo, pagás el desayuno.

—¿Yo?

—Que pague Omerto.Si es nuevo, que sejuegue.Algo no cerraba.Primero la risa.

Después eldesayuno.

Dejá, yo pago

dijo Omerto, calmo

.—Bien

—cerró el Turco

—.Mañana.Cuando quedaron solos, el Rengo miró a Omerto.

—Yo te conozco de algún lado.¿De dónde sos?

—Del barrio Aislado.

—Ah… conozco.¿Tenés relación con el Cabezón?a

—Puede ser.

Listo. Ya me cierra todo.Esa misma noche, el Rengo fue alAislado

.—¿Qué hacés, Cabeza?

Se abrazaron fuerte.

—Decime algo

—dijo el Rengo

—¿Omerto?

ElCabezón lo miró serio.

—Yo no te dije nada

.—Dale

—Es bocón.El Rengo asintió.

—Gracias

—Sabés que acá estoy.

Al díasiguiente, Omerto noapareció

.—¿Qué le habrá pasado?

—preguntó el Turco, inquieto.

El Rengo sonrió.

Mudo.




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