No escribí estas líneas para justificarme.
Tampoco para señalar culpables.
Llegar hasta acá fue asumir que cada paso tuvo un costo, y que ese costo fue mío.
El camino no se enderezó solo.
Se enderezó cuando dejé de mirar afuera y acepté mirar de frente.
Ahí entendí que el error no define, pero enseña.
Que la caída no condena, pero marca.
Y que cambiar no es traicionarse, sino decidir no repetirse.
Hoy no busco absolución.
Busco coherencia.
Caminar con lo que soy, con lo que fui, y con lo que aprendí a no volver a ser.
Si algo queda claro al final, es esto:
el destino no empuja, espera.
Y cuando uno se hace cargo, el camino —por fin— deja de pesar.